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Europa inacabada: política, distancia y pertenencia

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Europa vuelve a mirarse en el espejo de sus propias incertidumbres, como si el tiempo hubiese acelerado de tal modo su curso que ya no bastara con reconocer lo que ocurre, sino que fuera preciso, antes incluso, aprender a orientarse en ello. Las recientes elecciones en Hungría han reabierto una cuestión que nunca terminó de cerrarse: hasta qué punto el proyecto europeo es capaz de sostener una coherencia interna entre sus principios declarados y las prácticas políticas que se desarrollan en su seno. No se trata de una anomalía aislada, ni de una excepción fácilmente delimitable, sino de una manifestación visible de una tensión más profunda, estructural, que atraviesa a Europa desde dentro.

Pero quizá el problema no resida solo en esa tensión, sino en el modo en que Europa se piensa a sí misma. Hay en esa mirada una tentación persistente: la de reconocerse en el espejo, como Narciso, complacida en una imagen que cree propia y suficiente, o como el retrato de Dorian Grey, que oculta en su superficie intacta las huellas de sus propias contradicciones. Europa se ha narrado durante mucho tiempo como el lugar de la razón, de los derechos, de la universalidad. Sin embargo, esa narración, cuando no se somete a crítica, corre el riesgo de convertirse en una forma de autocelebración que impide ver lo que queda fuera de su campo de visión.

Porque Europa, en realidad, no es una unidad compacta, ni un bloque homogéneo, sino un campo de fuerzas en el que conviven tradiciones, intereses, culturas políticas y expectativas que no siempre convergen. La pertenencia a la Unión no elimina esa diversidad, sino que la articula —a veces con éxito, otras con dificultad— en un marco común. Hungría pone de relieve, precisamente, ese límite: es posible formar parte del proyecto europeo y, al mismo tiempo, reinterpretar desde dentro algunos de sus fundamentos. No hay ruptura, sino desplazamiento; no hay salida, sino una redefinición silenciosa de lo que significa estar dentro.

Esta ambigüedad no es exclusiva del ámbito estatal. Se reproduce, con otras formas y otras intensidades, en los espacios regionales. La Región de Murcia, situada en el extremo sur de Europa, podría parecer ajena a estas tensiones políticas de gran escala. Sin embargo, su inserción en el entramado europeo es profunda. Las políticas agrícolas, las estrategias de sostenibilidad, la regulación de los mercados, la gestión de los recursos hídricos, el reconocimiento del Mar Menor como sujeto de derecho (único norma que existe el respecto en la UE): todo ello está atravesado por decisiones que se adoptan en el marco europeo. Europa no es, en este sentido, una abstracción distante, sino una realidad que incide directamente en la vida cotidiana.

Y, sin embargo, esa presencia efectiva convive con una percepción de lejanía. Las decisiones llegan, pero no siempre se comprenden; los efectos se experimentan, pero no siempre se asocian con su origen. Se produce así una forma de disociación característica de nuestro tiempo: se participa en un sistema cuyos mecanismos resultan opacos, cuyos procesos decisorios se perciben como ajenos. Europa aparece entonces como una instancia que actúa, pero no como un espacio plenamente compartido.

Entre Hungría y Murcia se dibuja, por tanto, una misma tensión, aunque adopte formas distintas. En el primer caso, se manifiesta como una reconfiguración política que cuestiona los equilibrios internos de la Unión. En el segundo, como una distancia silenciosa entre la integración formal y la apropiación real del proyecto europeo. Pero en ambos late una cuestión común: la dificultad de sostener un sentido compartido en un contexto de creciente complejidad.

Aquí es donde resulta necesario ensanchar la mirada. Pensar Europa únicamente desde sus propias categorías puede conducir a un círculo cerrado, a una autorreferencialidad que limita su capacidad de comprensión. Incorporar perspectivas que históricamente han quedado en los márgenes —miradas críticas que interrogan la centralidad europea— permite desplazar el eje del análisis. No para negar lo que Europa ha sido, sino para someterlo a examen. Para preguntarse hasta qué punto su universalismo ha sido, en ocasiones, una forma de particularismo expandido, o dicho llanamente: colonialismo o neocolonialismo (como los tratados de externalización de las fronteras); hasta qué punto su relato de emancipación ha convivido con prácticas de exclusión.

Desde esa apertura, Europa deja de ser un sujeto que se contempla a sí mismo y pasa a ser un espacio que se construye en relación con otros. Ya no se trata de sostener una imagen, sino de habitar una pluralidad. No de reafirmar una identidad cerrada, sino de hacer posible una convivencia que reconozca la diferencia sin convertirla en frontera.

Esta exigencia se vuelve más urgente en un escenario marcado por la incertidumbre. Durante décadas, Europa se pensó a sí misma como la culminación de un proceso de racionalización política, económica y jurídica. Esa imagen, sin desaparecer del todo, se ha visto erosionada por una serie de crisis que han puesto de manifiesto la fragilidad de sus equilibrios. La pandemia, las tensiones geopolíticas, las transformaciones económicas y tecnológicas han introducido un grado de incertidumbre que desborda los marcos tradicionales de interpretación.

En este contexto, la política europea ya no puede apoyarse en la expectativa de un progreso lineal. Más bien se mueve en un terreno inestable, donde las decisiones deben adoptarse en condiciones de incertidumbre y donde las consecuencias de esas decisiones son difíciles de prever. La relación entre economía y política, que durante mucho tiempo pareció resuelta a favor de la primera, vuelve a plantearse en términos problemáticos. La primacía de los criterios economicistas muestra hoy sus límites frente a demandas sociales, territoriales y ambientales que no pueden reducirse a esa lógica.

La Región de Murcia ofrece, en este sentido, un ejemplo elocuente. Su modelo económico, profundamente vinculado a la agricultura intensiva y a la gestión de recursos escasos como el agua, se encuentra en el cruce de múltiples políticas europeas. Las exigencias de sostenibilidad, las regulaciones ambientales, las dinámicas del mercado interior: todo ello configura un marco en el que las decisiones locales están condicionadas por orientaciones globales. Y, sin embargo, la traducción de esas orientaciones en prácticas concretas no es automática ni lineal. Requiere mediaciones, adaptaciones, interpretaciones que, a menudo, generan tensiones.

Estas tensiones no son simplemente técnicas. Remiten a la cuestión más amplia del sentido del proyecto europeo. ¿Es Europa un espacio de coordinación económica, o es también una comunidad política capaz de generar vínculos de pertenencia? ¿Puede sostenerse sobre la base de normas y procedimientos, o necesita algo más, una experiencia compartida que le otorgue legitimidad? Las respuestas a estas preguntas no están dadas de antemano. Se construyen, en todo caso, a través de las prácticas, de las decisiones, de los conflictos.

En este sentido, los límites de Europa no son solo geográficos. Son límites políticos, culturales, incluso simbólicos, que se redefinen continuamente. Europa no es un mapa cerrado, sino un espacio en movimiento, cuya configuración depende de decisiones que nunca son neutrales. Incluir o excluir, integrar o diferenciar, avanzar o detenerse: cada una de estas opciones contribuye a dibujar sus contornos.

Lo que está en juego, en última instancia, es la posibilidad de sostener un proyecto común en un mundo marcado por la incertidumbre. No se trata de recuperar una ilusión perdida, ni de restaurar un modelo que ya no responde a las condiciones actuales. Se trata, más bien, de asumir la complejidad como punto de partida, de reconocer que Europa no puede ofrecer respuestas simples a problemas complejos.

Tal vez, entonces, la cuestión no sea si Europa debe seguir mirándose en el espejo, sino qué tipo de espacio quiere habitar. Si uno cerrado sobre su propia imagen, o una habitación abierta, capaz de acoger otras voces, otras experiencias, otras formas de entender lo común, desde las propias periferias como Murcia hasta la propia Bruselas. Entre el reflejo complaciente y la apertura inclusiva se juega, hoy, algo más que una identidad: se juega la posibilidad misma de Europa como proyecto político compartido.