Unidos Podemos en Macedonia
Mientras redacto estas notas, a lo largo del fin de semana, aún no sé qué ha pasado en Vistalegre II, pero mi intención es que vean la luz a partir del domingo por la tarde. Que nadie entienda en esto otra cosa que un -otro- gesto de respeto hacia un proceso en el que no he participado, ni con mi voto ni con posicionamientos públicos de ningún tipo, pero que he seguido mordiéndome las uñas.
Supongo que habría que añadir en este punto que soy miembro de Izquierda Unida y del movimiento municipalista de confluencia Cambiemos Murcia, que he sido candidato el 26J al Senado por Unidos Podemos y que seguiré defendiendo en adelante este espacio amplio, amable y mestizo, que constituye la única alternativa al régimen plutocrático que padecemos.
Entiendo que la continuidad de Unidos Podemos como tal ha sido uno de los ejes del debate que los compañeros de Podemos han mantenido en este largo proceso congresual, si bien de forma algo soterrada. Se deduce, sin embargo, que los postulados de los diferentes equipos son diferentes en cuanto a UP. Haya ganado quien haya ganado, sin embargo, el espacio sigue ahí, en su inmensidad y su impasse, conteniendo el aliento, y será responsabilidad de la directiva resultante de VA2 reactivarlo o derruirlo. La postura de IU, EQUO y los comunes se inclina hacia la a. Falta despejar la última equis, la más importante.
Voy a hacer en este momento un `flashback´ para poder hablar de uno de mis temas favoritos: la ex-Yugoslavia. Supongo que la alerta de “batallita inminente” de muchos de mis amigos cercanos se estará activando en estos momentos (venga, hasta luego), pero me voy a permitir darle la brasa una vez más a quien aún no esté muy harto de que le cuente mis aventuras balcánicas.
Allá vamos. Sarajevo, verano de 2000. Un año después del final de la guerra de Yugoslavia. Un chaval de provincias desembarca en la capital de Bosnia tras un viaje de veinte horas sin dormir. La luz le pica en los ojos, el aire está lleno de olores inidentificables, no hay cintas transportadoras y en el pequeño aeródromo, a diferencia de los de Europa Occidental (el pibe acaba de recorrer unos cuantos), todo el mundo fuma y está de mala hostia. No hay turistas ni rótulos bilingües, sino algún que otro empujón y el lacónico rótulo (¡ésta me la sé!) Dobrodošli u BiH. Bienvenidos a Bosnia y Hercegovina. Circulen.
Siempre que alguien me pregunta por qué adoro hasta este punto esa conflictiva y olorosa región del mundo respondo que cómo podría no ser así, dadas esas circunstancias. Visualizad al chaval: 24 años, con su licenciatura y su máster calentitos bajo el brazo, recién salido de su pequeña Murcia prácticamente por primera vez en su vida, y recolocado de golpe en el centro de un vertiginoso mundo en descomposición y transformación, lleno de personajes tan ambiguos como absolutamente fascinantes: cooperantes, cascos azules, informantes, espías, muyahidines, vendedores y compradores de armas al por mayor, mafiosos, supervivientes del cerco, taxistas “héroes de guerra”, artistas y escritores extremos… Sumadle a eso el hecho de que, por algún motivo, todo el mundo quiere hablar con el zagal con cara de alelado, contarle su historia tal vez a cambio de algo (casi siempre solo un humilde cigarrillo Drina o dos), saber qué le ha traído sobre el terreno. Añadidle además que yo acababa de publicar mi primer libro y que, cómo no, me creía un genio de la literatura.
Solo tuve que aprender un poco el idioma y abrir bien las orejas para enamorarme, hasta las trancas y para siempre, de ese terreno que tanto significa para mí y donde tan feliz he sido durante tantos años. Con su cal y su arena, claro. También he hecho infinitamente el pardillo, una y otra vez. A los pocos días de llegar a Sarajevo me enseñaron un apartamento en un barrio bastante céntrico (la ciudad es alargada y su centro está en el extremo este, así que este factor es importante si no quieres pasarte la vida en los infames tranvías), a un precio ridículamente bajo. Firmé antes de que se hiciera de noche.
Si hubiese esperado tal vez me habría percatado de que me estaba mudando a la Grbavica (“Jorobadita”), un distrito bajo control serbio durante la guerra que no solo había quedado despoblado y gruyerizado, sino que sufría diversos castigos adicionales por parte del ayuntamiento y aún no tenía ni alumbrado público. ¿Cuántas veces me perdí en la oscuridad sobre la nieve, tratando de encontrar mi propio portal en mi propio barrio? Y sin embargo me quedé en ese apartamento varios años.
En fin, batallitas. Solo las recupero para crear atmósfera. Sigo con lo que venía a contar, que por ir resumiendo podría sintetizar en que en esa época sarajevita, currando por las mañanas como lector de español en la Facultad de Filosofía y por las tardes como hombre orquesta en una ONG con financiación catalana, desarrollé una pasión desmedida por ese país que ya al llegar a él era solo recuerdo: la Yugoslavia de antes de la catástrofe. La que pudo (esto tiene un nombre y es Jugonostalgija) haber sido y no fue. La Yugoslavia de una realidad paralela, donde a Suada y Olga no las mataron a tiros en un puente (siempre que alguien quiere alimentar una guerra en los Balcanes se va a un puente, a asesinar a alguien que lo está cruzando, o a dinamitarlo, o a profanarlo de alguna manera, como si fuese el templo de una religión enemiga.
Y bien, simbólicamente lo es: en una región montañosa y rica en ríos e identidades, el puente representa esperanzas universales, y como tal figura en el escudo de la ciudad de Sarajevo, en el título de la obra mayor del único Nobel de literatura en serbocroata -“Un puente sobre el Drina”, de Ivo AndriÄ- y en el topónimo -“Mostar”, que significa “pontonero”- de una de las poblaciones más hermosas). Donde las intrigas, continúo, de “los amigos occidentales” no han conseguido reventar la situación. Un país gigantesco, sin cicatrices, con una transición no traumática -ni probablemente completa- desde el socialismo. Un peso pesado en la periferia de la inminente UE (¿oléis ya el miedo que daba todo esto, en la Europa inmediatamente posterior a la caída del muro?). Un espacio hetedoroxo y próspero, radicalmente mestizo (no por nada una de sus repúblicas da nombre a la ensalada de frutas), que había disfrutado del mejor pasaporte del mundo -el que abría más puertas a un lado y a otro del telón de acero- en las décadas de los 70 y 80, a base de jugar con inteligencia y eclecticismo sus cartas diplomáticas.
Vale, ya pillamos por dónde vas, con la alegoría.
Se va notando, ¿verdad? Pero ojo, que yo no soy uno de esos profetas apocalípticos del término “balcanización”. Odio esa jodida palabra como quien odia a la gente que se dedica a calumniar a quien uno ama. No creo en esa predestinación que desde posiciones eurocéntricas se insinúa una y otra vez y que condena a la región a una guerra cada 50 años. Acepto que es una zona políticamente sísmica, atravesada por varias líneas de fractura entre diferentes placas tectónicas culturales: catolicismo / cristianismo ortodoxo / islam, por ejemplo, o Europa mediterránea / Mitteleuropa / Paneslavia / Imperio otomano. O alfabeto latino / cirílico. Etcétera etcétera. Pero si incontables son los factores que separan unas identidades de otras, a lo largo y lo ancho de la ex-Yugoslavia (se dice que los ancestros de serbios y croatas ya migraron hasta su territorio actual desde Siberia guerreando entre sí, en el siglo VII u VIII), también procede tener en cuenta la capacidad de trascendencia de unas sociedades que se han dado a sí mismas el poderoso símbolo del puente como blasón, y que comprenden la misma, vieja y hermosa lengua serbocroata.
El espacio que conocemos como Unidos Podemos se encuentra sometido a una presión casi insoportable. Las dos decepciones electorales consecutivas y la tensa correlación de fuerzas en el seno de la organización más joven e importante, sumadas a la guerra total declarada desde el tripartito del régimen (PP-C’s-PSOE), con todos sus amplios medios políticos e informativos, su red clientelar y su capacidad de influencia tanto en las cloacas como en las más altas instancias del estado, generan una tormenta perfecta que se desarrolla en este momento y que nos pone en serio peligro de implosión.
Como en la Yugoslavia de 1990, el río revuelto promete ganancias a pescadores de toda laya e incrementa la tentación de instalar una frontera para proteger nuestra propia zona de confort. Medraron entonces los politicuchos nacionalistas al frente de grupúsculos y chiringuitos que obtuvieron rédito electoral de prometer la recuperación de utopías identitarias (la Gran Serbia, la Gran Croacia, la Gran Macedonia (sic), etc, etc.). No faltan tampoco ahora injerencias externas de mero juzgado de guardia, con mención especial al grupo Prisa y sus mil formas creativas de meter cizaña a golpe de titular propagandístico.
Pero quiero creer que nada está perdido, que también quienes formamos parte de Unidos Podemos tenemos el símbolo del puente en la cabeza y el corazón, que sabemos más y vemos más lejos. Gane quien gane este fin de semana el liderazgo del espacio, la decisión sobre los posibles futuros de Unidos Podemos queda pendiente y habrá de ser tomada en común, y en ese otro proceso inminente sabremos si permanecemos juntos o dinamitamos los puentes, si optamos por el mestizaje o por la limpieza étnica, si ponemos en movimiento una alternativa amplia y plural al neoliberalismo o nos refugiamos en nuestras satrapías y nuestras fronteras, y ya quedamos si eso para votarnos en Eurovisión.