Votar siempre lo mismo también tiene consecuencias
En la Región de Murcia, miles de familias están pagando hasta 6.000 € al año para que sus hijos puedan estudiar un módulo de Formación Profesional y no digo nada de un grado universitario en centros privados. No porque quieran, sino porque muchas veces no tienen otra opción. La educación pública deliberadamente pierde recursos, la oferta se queda corta y la alternativa acaba siendo pagar o renunciar.
Mientras tanto, más del 60% del electorado sigue respaldando, elección tras elección, lo mismo. No es mala suerte. No es casualidad. Es el resultado de una forma de votar que lleva décadas renunciando a exigir resultados.
La Región es una de las comunidades con mayor continuidad política de toda España. La derecha gobierna casi sin interrupción desde hace más de treinta años. ¿El balance? Sueldos bajos, dependencia de un turismo de tercera, industria agroalimentaria intensiva y la construcción, fuga de jóvenes cualificados, servicios públicos tensionados y una economía frágil.
Pero el discurso sigue siendo siempre el mismo: bajar impuestos, libertad, y culpar de todos los males a los demás. La realidad es otra: menos impuestos para algunos, menos servicios para todos. Cuando se recorta financiación pública, el dinero no desaparece. Se traslada. Lo acabamos pagando en matrículas, en seguros privados, en academias, en clínicas, en residencias. En gastos que antes cubría lo común. No pagamos menos. Pagamos dos veces. Primero con impuestos, y después con nuestra cartera.
La política de privatización de la derecha no se anuncia a bombo y platillo. No llega con grandes titulares. Se hace poco a poco, con conciertos, externalizaciones, subvenciones selectivas y “colaboraciones público-privadas” que casi siempre benefician a los mismos. Se debilita lo público y se fortalece el negocio. Y cuando alguien se queda fuera, se le dice que es culpa suya.
Este modelo no sería posible sin una ciudadanía que, en buena parte, ha normalizado votar por inercia. Votar “a los de siempre”. Votar por miedo. Votar porque “los otros son peores”, aunque no se sepa exactamente por qué. Durante años se ha construido un relato donde criticar al gobierno es “ir contra los murcianos”. Donde cuestionar el modelo es ser desleal. Donde cambiar es peligroso. Así, la política se convierte en identidad. Y la identidad sustituye al pensamiento crítico.
Pero una democracia sin alternancia se degrada.
Sin alternancia no hay presión.
Sin presión no hay autocrítica.
Sin autocrítica no hay mejora.
Solo acomodamiento.
La alternancia no es una cuestión ideológica. Es una cuestión de salud democrática. Es la única forma de recordar a quien gobierna que no es dueño de las instituciones. La Región paga hoy el precio de no haber cambiado nunca.
Lo pagan los jóvenes que se marchan.
Lo pagan las familias que se endeudan.
Lo pagan los pacientes que esperan.
Lo pagan los estudiantes que no llegan.
Y, aun así, seguimos votando igual.
No se trata de señalar con el dedo a nadie. Se trata de hacerse una pregunta incómoda: ¿Realmente estamos mejor que hace veinte años? ¿Tenemos más oportunidades? ¿Más futuro? ¿Más igualdad? Si la respuesta es no, seguir haciendo lo mismo no es estabilidad. Es resignación.
La Región no está condenada al atraso. Tiene talento, recursos y gente preparada. Lo que le falta es una ciudadanía que deje de conformarse con lo mismo.
Votar no es elegir un equipo. Es evaluar resultados.
Y en la Región, los resultados llevan demasiado tiempo suspendiendo.