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'Jurassic Park': tres reflexiones animalistas

Daniel Romero Campoy

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“Hace unos días se estrenó la última entrega de la icónica saga Jurassic Park, compuesta por dos trilogías. El título del metraje es Jurassic World: Dominion. Desde la primera película, allá por 1993, las escenas despertaron en mí, con apenas ocho años, una curiosidad inusual sobre las cuestiones éticas. Eso sí, aunque no me era indiferente el bienestar de esos grandes 'reptiles', mis preguntas estaban más centradas en la responsabilidad de los actos de los humanos.

Ciertamente, Parque Jurásico puede verse como un mero taquillazo de acción repleto de dinosaurios. Sin embargo, es de esas obras que invitan (ligeramente) a la reflexión. Los espectadores pueden salir de la sala, además de la tripa llena de palomitas, con un buen un puñado de preguntas. Visualizar esta saga es como tener disponible un asiento libre para cuestionarse asuntos de bioética, tales como la manipulación genética, el impacto de la intervención humana en la naturaleza o, incluso, sobre la identidad del individuo. En este texto solo se hará una breve mención a tres ideas que puede llegar a sugerir el conjunto de largometrajes desde un enfoque animalista, es decir, desde la defensa de una fuerte consideración moral hacia el resto de animales en tanto que individuos con necesidades, preferencias e intereses propios.

Sintiencia. Los dinosaurios son dibujados con el aura de seres únicos, casi mitológicos, que han vuelto a la vida con todo su misterio y majestuosidad. Los dinosaurios importan (y mucho) a lo largo de los seis títulos. Su bienestar es defendido por numerosos protagonistas, pero ¿alguien se ha preguntado qué es lo que subyace bajo ese respeto? Me da la impresión de que estos animales (sí, los dinosaurios eran animales, como son las aves) solo valen tanto como el relato construido en torno a ellos. En otras palabras, interesan por ser seres novedosos, extintos y, en consecuencia, por las emociones (ternura o fascinación, por ejemplo) que despiertan en los humanos. Es decir, de forma indirecta y no porque posean un valor en sí mismos. Esto ocurre en la actualidad con el resto de animales que compartimos el planeta. Una ética animalista sostendría que los animales (sean dinosaurios o no) deben ser considerados moralmente, pues son individuos con la capacidad de tener experiencias subjetivas (sintiencia). Siendo necesario para ello cierto nivel de cognición y consciencia. Para estos sujetos lo relevante no solo es sentir placer y evitar el dolor, sino también su propia vida. Seguir existiendo para poder desplegar sus preferencias e intereses. En otras palabras, son alguien y no algo.

Dominación. Ya el título de Parque Jurásico indica que los dinosaurios fueron creados para satisfacer intereses humanos. Les dieron vida para ser una simple atracción de feria, para que los humanos se deleitaran con su presencia. Incluso en la última entrega, podemos comprobar que se trafica con su carne, son utilizados para peleas o hacinados en antiguas industrias porcinas. Así tratamos a los animales, como instrumentos al servicio de nuestro beneficio. En la inmensa mayoría de ocasiones, un beneficio trivial. Los cerdos son engendrados para nuestro paladar, las vacas por su leche o las ovejas por su lana. Dominar es sujetar, reprimir, domesticar la voluntad de un otro al arbitrio de quien ejerce ese poder. La vida de los dominados es reducida a su condición biológica, a la intranscendencia. Son simplemente un amasijo de huesos y carne. El dominado no posee derechos, como esclavo que es, porque su importancia moral ha sido desechada de forma natural y normalizada por el conjunto de la sociedad.

Especismo. Discriminar es realizar una diferenciación no justificada. Desde la ética animalista se insiste en que lo moralmemte relevante es la capacidad de tener experiencias subjetivas y no la pertenencia a un grupo, en este caso, una especie. Resaltando que incluso los criterios morales utilizados para reconocer la superioriedad humana ni siquiera se aplican a muchos de nosotros, como las personas con graves discapacidades mentales o bien los recién nacidos. De modo que el prejuicio o la discriminación basada en la mera pertenencia a una determinada especie se denomina especismo. Así ocurre respecto al trato desigual que damos a perros y cerdos, a pesar de las similitudes básicas que hay entre ambos. Aunque especismo también es priorizar sin justificación válida los intereses humanos respecto a los del resto de animales sintientes. Por eso, muchos humanos dan más importancia al placer de degustar un trozo de carne que a la vida de un ternero, un pato o un pulpo.

Podría ser interesante plantearnos cuál sería el trato que daríamos a los dinosaurios si cohabitaran con nosotros y nosotras. ¿Haríamos diferencias respecto al resto de animales? ¿Utilizaríamos a los más pequeños y sumisos como animales de compañía? ¿Les encerraríamos en parques temáticos como juguetes al servicio del entretenimiento? ¿Sería inmoral criarles para utilizar su carne y sus huevos? ¿Sería reprochable acabar con sus vidas al poco tiempo de nacer si aprovecháramos sus cadáveres? Y, sobre todo, ¿por qué? Sirvan estas preguntas como espejos de la sociedad actual.

Ahora, 29 años después, pienso que lo verdaderamente terrorífico no eran los rugidos atronadores ni tampoco los grandes depredadores, como el Tyrannosaurus rex, sino la indeferencia con la que actuamos los humanos y el desprecio que mostramos cotidianamente hacia la vida. Cuando ya de adulto veo las películas de Jurassic Park, las tripas no se me revuelven por el ataque inesperado de los velociraptores, sino por la dominación que ejercemos sobre el resto de seres sintientes (incluyendo los propios humanos). En ocasiones esta dominación es 'invisible', en otras es grotesca. Sinceramente, no podía haber imaginado mejor título para acabar la saga que ese, Dominion.

 

*Daniel Romero Campoy es profesor del IPA, Instituto de Protección Animal y colaborador de DeAnimals

“Hace unos días se estrenó la última entrega de la icónica saga Jurassic Park, compuesta por dos trilogías. El título del metraje es Jurassic World: Dominion. Desde la primera película, allá por 1993, las escenas despertaron en mí, con apenas ocho años, una curiosidad inusual sobre las cuestiones éticas. Eso sí, aunque no me era indiferente el bienestar de esos grandes 'reptiles', mis preguntas estaban más centradas en la responsabilidad de los actos de los humanos.

Ciertamente, Parque Jurásico puede verse como un mero taquillazo de acción repleto de dinosaurios. Sin embargo, es de esas obras que invitan (ligeramente) a la reflexión. Los espectadores pueden salir de la sala, además de la tripa llena de palomitas, con un buen un puñado de preguntas. Visualizar esta saga es como tener disponible un asiento libre para cuestionarse asuntos de bioética, tales como la manipulación genética, el impacto de la intervención humana en la naturaleza o, incluso, sobre la identidad del individuo. En este texto solo se hará una breve mención a tres ideas que puede llegar a sugerir el conjunto de largometrajes desde un enfoque animalista, es decir, desde la defensa de una fuerte consideración moral hacia el resto de animales en tanto que individuos con necesidades, preferencias e intereses propios.