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La ciudad conoce su herida

Las cifras señalan que en Santander un 28,1 por ciento de la población vive en riesgo de exclusión social. Es una cifra que no aparece en los indicadores smart que contabilizan nadie sabe qué cosas.

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Palacete del Embarcadero de Santander. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Palacete del Embarcadero de Santander. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Llueve. A ratos de una manera brutal y salvaje. Después sale el sol, tan rotundo que parece que intenta romper las costuras del cielo. A ratos casi lo consigue. Qué joven parece Santander entonces, como una mujer inalcanzable a la que no le importa la resaca de la noche anterior. Se limita a encender un cigarro, se sube la falda con indiferencia y desaparece por Hernán Cortés mientras nosotros nos quedamos a solas con los suspiros.

Pero esas mañanas radiantes de sol escasean a medida que el otoño se traga el verano. Bajo la luz tenue de los días nublados la ciudad tiene otro rostro, ese que los turistas accidentales miran sin llegar a ver, un rostro de novia abandonada a los pies del altar, en el que el salitre se ha comido el maquillaje y el lápiz de labios es incapaz de disimular la sonrisa torcida de unas avenidas donde los charcos se convierten en trampas para los incautos que estrenan zapatos.

Es la ciudad vieja, triste, que desde la farola de Numancia le grita a los transeúntes que no la abandonen, que no quiere morir sola. La ciudad no baila, no ríe, en los días nublados de otoño. Tiene pánico del invierno, porque conoce su herida.

Santander no baila, la ciudad no ríe, en los días nublados de otoño. Tiene pánico del invierno, porque conoce su herida.

En esa ciudad que parece desangrarse en el hormigón mojado de los edificios se despiertan cada mañana miles de personas con las manos llenas de preguntas. Las cifras, esa cosa fría de los cuadernos pautados en los que los niños aprenden caligrafía, señalan que en Santander, un 28,1 por ciento de la población vive en riesgo de exclusión social. Es una cifra que no aparece en los indicadores smart que contabilizan nadie sabe qué cosas.

La ciudad conoce su herida. Vive en las calles que nadie visita. La ciudad cierra los ojos, mira al cielo, implora sol, volver a ser joven, para olvidar, sentada en una terraza de El Sardinero, que hay cincuenta mil pares de manos arrancado jirones de su belleza. 

Las cifras hacen innecesarias columnas como esta, los porcentajes oxidan las buenas intenciones. En algún lugar de esta ciudad que sabe por dónde se le escapa la vida, alguien a quien nunca le han pedido opinión, conoce todas las respuestas a las preguntas que no se formulan. Un 28,1 por ciento de voces que no se escuchan acaban encendiendo un silencio que abrasa.

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