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Un extraño paseo

 John Atkinson Grimshaw | Moonlight, 1871

John Atkinson Grimshaw | Moonlight, 1871

Hace unos días di un paseo a mi perro de madrugada. El termómetro del coche parpadeaba indicando riesgo de hielo: tres grados, dos grados, cero grados. El perro, acomodado a los pies del asiento delantero, llevaba un par de días sin verme. Lo acababa de recoger, al filo de la media noche, y mientras conducía hacia casa me miraba fijamente como diciéndome: "Venga, no me hagas esto, vamos a correr un poco". Aunque a saber lo que pensaba o esperaba el perro de mí, si es que pensaba o esperaba algo. El caso es que interpreté que quería que yo lo pasease y no quise decepcionarlo.

Estaba muy cansado, sólo quería dejar caer mi cuerpo sobre la cama para entregarme seguidamente al sueño, pero ante su insistencia perruna di el intermitente y aparqué el coche a los pies de una farola solitaria desde la que nace un camino por el que suelo pasear a plena luz del día. Actué movido por el temor a decepcionar a mi perro (sin comentarios). El caso es que él se puso muy contento y yo me envolví en la bufanda, me abroché bien el abrigo, metí las manos en los bolsillos y me adentré en la noche.

El camino no estaba iluminado. Al principio la oscuridad era absoluta pero mis ojos se fueron acostumbrando y la negritud del principio se convirtió en una penumbra tolerable un poco después. No veía mucho pero algo veía, lo suficiente al menos para no desorientarme, para no caer en una zanja o en un arroyo. Caminé a buen ritmo para entrar en calor. El ejercicio y el frío me desperezaron y el paseo comenzó a tornarse placentero, así que decidí prolongarlo y caminar un par de kilómetros más hasta el río.

El perro iba y venía en la oscuridad orientándose con su oído y su olfato. Yo no sabía dónde estaba él pero él sabía en todo momento en dónde estaba yo. El perro no temía alejarse de mí para explorar los campos oscuros. Correteaba como si estuviese unido a mí por un Hilo de Ariadna que le indicaba siempre el camino de regreso. A veces, inquieto, yo lo llamaba y unos segundos después aparecía como para decirme: "Tranquilo, aquí sigo". Y después volvía a desaparecer veloz en la noche. 

A nuestro alrededor los animales nocturnos se comunicaban en sus idiomas secretos, quizás informándose los unos a los otros de nuestra llegada. Estaba helando y una niebla muy cerrada caía sobre los campos más cercanos al río. Me sumergí en ella y, casi a tientas, logré alcanzar la orilla. Me quedé allí unos minutos, mientras el calor de mi cuerpo comenzaba a abandonarme, escuchando el estruendo de un agua que no podía ver. No pude evitar sentir en ese momento un estremecimiento, algo como un temor irracional a que ese caudal invisible y oscuro me arrastrara. Decidí silbar para romper ese miedo extraño y el perro vino a mí jadeando. Lo acaricié o me acarició, yo ya no sé. Me miró sacándome la lengua, como burlándose de mí, y sentí que me decía: "Venga, ya está bien, hace frío, vámonos a casa". Así que, apretando nuevamente el paso para dejar de tiritar, me alejé de aquella corriente, de su vértigo, de su profundidad, de su escalofrío.

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