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El futuro nunca fue lo que era

Un trabajo, un coche y más tarde, a lo lejos, doblando la esquina y cruzando los treinta, una casa en las afueras. Lo habíamos escuchado tantas veces que habíamos aprendido a temerlo.

Éramos tan ingenuos que incluso nos creíamos las letras de las canciones. Teníamos veinte años, puede que veintiuno, y cuando llegamos a los veintidós decidimos que nunca jamás íbamos a cumplir veinticinco porque a los veinticinco uno tenía un trabajo, empezaba a ganar dinero, se ponía una camisa, se la abrochaba hasta arriba y se empezaba a peinar como si de repente la vida hubiera dejado de tener interés.

Un trabajo, un coche con su seguro y su gasolina y más tarde, a lo lejos, doblando la esquina y cruzando los treinta, una casa en las afueras, un pastor alemán, un par de niños y una alarma conectada a un centro de vigilancia con el que protegerlo todo. Nos lo habían prometido una y otra vez, cuando el futuro todavía solía ser lo que era. Que así serían nuestras vidas. Lo habíamos escuchado tantas veces que habíamos aprendido a temerlo.

Así que nos hicimos punkis fuera de década y gritamos que no, que no habría futuro. Mezclábamos cerveza con licor de manzana, nos pasábamos la tarde en el balcón y siempre encontrábamos una excusa para guiñar un ojo y seguir sonriendo. No teníamos planes, porque al día siguiente siempre amanecía.

No éramos como Stefan Zweig, que se suicidó en Brasil porque los nazis iban ganando la guerra y el viejo mundo se asfixiaba. Éramos más bien como príncipes de Bizancio que fumaban puros y dejaban caer la ceniza sobre el mapa que señalaba la ruta de los invasores que golpeaban las puertas de la ciudad. Nos escondíamos detrás de un talento para la frivolidad que ahora echamos de menos.

El futuro llegó y cuando lo tuvimos delante descubrimos que no tenía nada que ver con aquella cosa que nos contaban en el colegio, estudiad porque así tendréis un buen trabajo y una vida que merezca la pena, confiad en nosotros porque nunca os daremos de lado.

No teníamos dinero, pero teníamos lluvia, y sol y café y un carné de la biblioteca. Y nadie te cobraba por sentarte en los bancos, por vomitar en la acera o por mirar de reojo los escaparates. Viajábamos en autobús y no queríamos cumplir los veinticinco porque nos habían dicho que a los veinticinco la vida empezaba en serio y a nosotros no nos interesaban las cosas serias.

Como poetas autodidactas habíamos venido a llevarnos la vida por delante y estábamos convencidos de que alargando los días hasta juntar un sol con el siguiente el tiempo se detendría y el futuro pasaría de largo sin vernos. Pero también en eso estábamos equivocados, al parecer.

El futuro llegó y cuando lo tuvimos delante descubrimos que no tenía nada que ver con aquella cosa que nos contaban en el colegio, estudiad porque así tendréis un buen trabajo y una vida que merezca la pena, confiad en nosotros porque nunca os daremos de lado. Era más bien un lugar sombrío donde teníamos que desenvolvernos sin instrucciones porque todo lo que habíamos aprendido era mentira.

Ahora, cuando nos miramos en el espejo nos cuesta trabajo reconocernos, perdidos en un futuro que nunca fue lo que era, engañados y un poco tristes. Nos miramos los unos a los otros como se miraba la gente en las fotos antiguas, nos encogemos de hombros y recordamos aquella época en la que fuimos ingenuos.

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