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Educación: Viejos tiempos

La Educación está en crisis, en una profunda crisis, diría. No me lo han contado, lo sé porque trabajo en ella. Tanto la Universidad, como la Secundaria y la Primaria, ésta en menor medida quizás, son motores viejos que avanzan con dificultad

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EFE

Estos días se viene hablando mucho de la Educación en España: bueno, mejor dicho de la Universidad, y más concretamente de la que lleva el nombre del emérito monarca; Juan Carlos. La noticia se explica porque según parece decenas de currículos de nuestros actuales dirigentes políticos han sido otorgados de manera fraudulenta o estos han inflado hasta lo indecible sus falsos méritos. Empezó con la todavía presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, y no hay fuerza política que no haya sido contaminada por el engaño de algún destacado militante.  El culebrón, sin duda, puede dar para mucho, y el asunto de fondo, nada trivial, refleja la consideración que merece la Educación a una parte nada desdeñable de la ciudadanía del país. Mucha vanidad, escasa Educación.

Sin embargo, a pesar de esta circunstancial actualidad la Educación vive fuera de la realidad. No solo porque una gran mayoría de docentes no conozca otra actividad laboral, sino porque calendario, materias, programas, y didáctica no responden a menudo a las necesidades y retos de nuestra sociedad. Les pongo un par de  ejemplos: el periodo vacacional de verano viene determinado por los tiempos en los que una sociedad rural necesitaba de los niños en edad escolar para recoger las cosechas. ¿Tiene alguna lógica seguir con ese calendario que data de hace más de un siglo?

Se hace hincapié en que los niños lean, pero, de verdad alguien cree que la lectura del Lazarillo de Tormes, publicado en 1554, puede ser el libro de cabecera de un alumno o alumna de 15-16 años. Tres lustros obligatorios de aulas es demasiado tiempo para jóvenes que las viven como un verdadero purgatorio por donde tienen que pasar forzosamente. Cualquier atisbo de creatividad se esconde entre las “marías” o  queda desterrado del sacrosanto “curriculum escolar”.

La Educación está en crisis, en una profunda crisis, diría. No me lo han contado, lo sé porque trabajo en ella. Tanto la Universidad, como la Secundaria y la Primaria, ésta en menor medida quizás, son motores viejos que avanzan con dificultad y en las que no se vislumbra una salida ni a corto ni a medio plazo. Como suele suceder en estos casos, no es uno, sino varios los factores que inciden en el mal funcionamiento,

El envejecimiento del profesorado es una realidad: en los institutos no es fácil encontrar enseñantes por debajo de la cuarentena. Parecido sucede en la universidades, y si los hay es en unas condiciones profesionalmente deplorables. Con la llegada de la crisis hace ya unos años gran parte de estos jóvenes emigraron en búsqueda de nuevos horizontes. No parece que hayan regresado. El relevo generacional está complicado, y es que a pesar de ser un colectivo blanco de las críticas por sus generosas vacaciones, los jóvenes ven muy pocos atractivos en la enseñanza.  A pocos les apetece pisar unas aulas donde se cuecen, y a menudo explotan, todos los conflictos sociales de nuestro entorno.

Tres lustros obligatorios de aulas es demasiado tiempo para jóvenes que las viven como un verdadero purgatorio por donde tienen que pasar forzosamente

Un factor fundamental es que la autoridad o el respeto que tenía la figura del enseñante hace tiempo no solo ha volado de las aulas, sino  también de los propios hogares. Parece evidente que muchos padres vuelcan en los educadores sus frustraciones. A su vez estos ven en los padres poco aprecio por su labor y les acusan de convertir los centros en aparcaderos diurnos. Nadie con sentido común puede esperar que la escuela sea sustitutiva del entorno familiar, pero algunos padres actúan como si lo fuese. Vivimos en un permanente estado de ansiedad, donde las exigencias materiales se priorizan frente a las emocionales. El credo de “como no tengo tiempo para estar contigo, te compro lo que te apetezca”  está bastante extendido. Pero existen también otros factores.

En la  Educación, los políticos se ponen de perfil. Es una patata caliente en la que los intereses de la comunidad escolar quedan supeditados a los votos. Los pactos, tan extendidos en el campo de la política, son ajenos al campo educativo. No es difícil imaginar que un sólido pacto educativo aliviaría algunos de los problemas más acuciantes, entre ellos el del abandono escolar; España tiene la tasa más elevada de la Unión Europea. El problema no pasa por una mayor funcionarización de la enseñanza, contrariamente a lo que los sindicatos han venido creyendo hasta ahora, pero tampoco por una precarización indigna.

El conocimiento y la ciencia no son vitalicios, sin embargo sí lo son los funcionarios de la enseñanza hasta su jubilación. La apatía y la falta de innovación de algunos son igualmente remuneradas que el esfuerzo y el profesionalismo de otros. Sacar una oposición parece más meritorio que el superar una evaluación diaria. Entre la precarización y la seguridad económica del funcionariado, pocos dudan.

En los países nórdicos y en algunos más cercanos, como el Reino Unido, el ejercicio de la docencia no pasa ni por la precarización ni por el pesebre vitalicio. Como en cualquier otra actividad profesional el esfuerzo diario es lo que cuenta. La renovación pedagógica es parte de la formación de los profesionales, y en muchas ocasiones las clases son compartidas y valoradas por otros compañeros, haciendo del aula un lugar abierto,

Claro, no son las únicas diferencias, en los mencionados países no tienen montada una tómbola en las que se reparten entre los correligionarios los másteres que a los ciudadanos de a pie les cuesta esfuerzo personal y económico sacar ni los titulares del ministerio de Educación cantan con fervor “Soy el novio de la muerte” en vez del “Gaudeamus Igitur”. Así nos luce.

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