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Pensar con los pies en el suelo

Cualquier idea por el hecho de que se le haya ocurrido a uno o no “mate a nadie” no es posible ni legítima

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Posum quia posse videntur, Pueden porque creen que pueden. Señalaba Virgilio en el libro V de la Eneida, la importancia de la idealización previa de la victoria en la contienda y en el juego, como condición previa para vencer.

Pero, ¿qué otro destino tiene un sueño infundado que un despertar decepcionante?

La cabeza puede pergeñar el mejor de los proyectos pero luego -en tiempo de vigilia- viene la práctica y uno se encuentra: la torpeza de manos y pies, la incapacidad o ausencia del equipo, la falta de presupuesto, la carencia de infraestructura y con la obligatoriedad de cumplir las normas y los derechos del vecino…

Parece evidente que uno nunca puede ganar al contrario si cree de antemano que va a perder, pero nunca debemos olvidar -por muy fanfarrones que seamos- que en cualquier encuentro/enfrentamiento/ discusión ocurre como en el deporte; hay al menos tres posibilidades: empatar, ganar o perder. En aceptar estas variantes y algunas normas –comúnmente asumidas- consiste el juego limpio.

Pero presuponer -el entrenador, el equipo, el general, el líder político o la afición- que podemos alcanzar lo soñado por el simple hecho de imaginarlo y que ganaremos porque así lo hemos “visionado” en sueños, es mucho suponer, una premonición falsa, un apriorismo infundado. Cualquier idea por el hecho de que se le haya ocurrido a uno o, no “mate a nadie” no es posible ni legítima. Hay ideas que son intrínsecamente perversas o indecentes y, si no se ajustan a la ley -que es la norma común aceptada- son ilegales.

Por otra parte hay variantes que se generan en la práctica, que el sueño no puede prever siquiera, ni controlar y otras muchas que son simplemente imprevisibles o aparecen como una bola de nieve en el desarrollo de los acontecimientos. Suponer que cuanto soñamos podemos conseguirlo es propio de la infancia y base del idealismo que puede llevarnos a u callejón sin salida individual y colectivo, como al niño que se cree capaz de volar y se lanza al vacío o, a los miembros de una secta que creen llegado el día del fin del mundo.

Un idealista iluminado, si es político y/o religioso, puede llevar a un pueblo o a la humanidad al desastre. La historia próxima está poblada de ejemplos.

Decimos “querer es poder” y es muy importante tener un ánimo de triunfo cuando uno intenta conseguir algo, sea ganar una apuesta, un concurso, pelear contra la enfermedad o vencer en las elecciones. Pero no solo hace falta creerlo sino poner los medios, intentarlo, argumentar desde el conocimiento y la razón, conocer las propias posibilidades y reconocer las del contrario… Así que, aunque pensemos en triunfar será prudente prever que podemos no hacerlo. No considerarlo implica despreciar las reglas del juego y puede llegar a ser peligroso y temerario, pues presupone la incapacidad del otro para triunfar y hace posible echar mano de cualquier justificación extradeportiva o extrapolítica para alcanzar la victoria…

Hay ideas que son intrínsecamente perversas o indecentes y, si no se ajustan a la ley -que es la norma común aceptada- son ilegales

El fin, por sacrosanto que sea, no justifica los medios, y no asumirlo conlleva al abuso, la difamación, la extorsión, la falsificación, el terrorismo o la guerra si es preciso.

De la derrota y del error se aprende si la actitud es positiva pues es la base del empirismo en la ciencia. Si es así, perder no será fracasar, pero si pensamos que la única salida, la única solución está en ganar, en que se cumpla nuestra ilusión,  tenemos todas las papeletas para una futura desesperación generalizada, el hundimiento del equipo… ecomo consecuencia por el ensalzamiento previo de una teoría, de una victoria infundada, la fe ciega en el líder o por subirnos a un tren con destino incierto…

Cuando ésto ocurre con un individuo es grave pero, si ocurre con un colectivo cuesta más reconocerlo y habremos llevado a ese grupo humano a la desesperación, una situación de difícil salida que costará superar individual y colectivamente. Entonces los líderes se derrumban y el proyecto se cae como un juego de naipes… se eluden las responsabilidades, se elige una “cabeza de turco” etc.

 

Si no aprendemos de los errores y nos movemos en el idealismo, la ensoñación y en la difusión de proyectos fundados en falsas expectativas, estaremos creando condiciones para repetir la historia.

El horizonte oferta periódicamente soñadores e iluminados así como seguidores ciegos, dispuestos a batirse el cobre -propio y del vecino- por conquistar las estrellas o la luna.

Pasados los años constatamos que somos muy torpes en el aprendizaje colectivo y no sabemos qué es peor para una sociedad, si la aparición de salvadores iluminados o de monaguillos fieles, aunque ambos suelen ir de la mano.

Por eso en estos tiempos de crisis y/o exaltación es importante reconocer los logros y aferrarnos a los principios democráticos, cuidándonos del inmovilismo y del idealismo.

*Marcos Hernando ha sido profesor de la Universidad del País Vasco

 

 

 

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