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Resacas ochomarzales

la meta de la igualdad, aunque lejana, está al alcance de todas las mujeres y los hombres debemos acompañar activamente si queremos ser reconocidos como seres humanos

Un momento de la concentración durante la huelga feminista, en Bilbao.

Un momento de la concentración durante la huelga feminista, en Bilbao.

Inicio estas líneas aún impactado por la resaca del 8 M. Me confieso bastante pragmático, poco soñador, como persona; procuro convencerme de que la machacona tozudez de la realidad deja escaso margen para deseos difíciles de perseguir; intento rebajar entusiasmos que no suelen durar el análisis más elemental y prefiero trabajar intensamente para conseguir pequeñas, pero persistentes mejoras para el entorno que me rodea. De ahí que tuviese un cierto recelo a medida que se aproximaba el 8M de este año.

Había sido tan impactante la celebración del año anterior, que creía poco mejorable las de este año. Me había ilusionado tanto con las grandiosas movilizaciones vividas en 2018 que las mejoras para el colectivo femenino, no parecían crecer en paralelo. Pensaba, en fin, -con ese nerviosismo tan pesimista que nos suele rondar ante las grandes citas- que este año sería distinto, que tanta esperanza depositada se vería defraudada.

Y es que síntomas para el desánimo había: el bloqueo mental sufrido con la sentencia judicial a la “Manada” en la primavera pasada, la inacabable agonía de la violencia contra la mujer (con un inicio de año de triste récord), el mantenimiento, cuando no incremento de la brecha salarial o las inapropiadas declaraciones de algunas opciones políticas en temas de mujer que buscan un rendimiento electoral y no una solución definitiva. Malos augurios, que, sin embargo, fueron rápidamente vencidos por la respuesta ciudadana de este año, una vez más.

La víspera ya se percibía ese aire que se vive en las cercanías de los grandes acontecimientos. Abundaban los comentarios ante encuentros inminentes, se buscaban lugares comunes desde los que iniciar propias manifestaciones, se acordaban mensajes propositivos, se cerraban eslóganes reivindicativos Rostros y gestos se preparaban para el gran día. Se vivía ese ambiente prefestivo que ya es festivo en sí mismo.

El 8 de marzo de 2019 amaneció cubierto, tontorrón. Los pronósticos anunciaban un tiempo similar al de días pasados: nubosidad escasa, temperaturas en ascenso. Quien más quien menos miraba al cielo esperando que no fuese a jugar una mala pasada, después de una primavera tan precoz como la que estamos viviendo. Sólo fue un amago. Las nubes se fueron rompiendo a la vez que las mujeres comenzaron a reunirse en grupos, en piquetes. La actividad laboral estaba bajo mínimos y la presencia humana en las calles iba en aumento a  fuerte ritmo. Quedaba un mundo hasta las 12, la hora de inicio de la manifestación, pero casi nadi quería retrasarse. Sólo algunos despistados, que seguían pensando que era un viernes cualquiera, se extrañaban de ver tanta mujer, tanto morado en prendas, banderas, distintivos. Como aquellos dos bufones que miraban hacia una Plaza Moyúa ya saturada de color preguntándose si es que iban a limpiar la fuente.

De las manifestaciones, dos me parecen ser los rasgos más sobresalientes: su inmensidad y su pacifismo. Desconozco el número total de manifestantes, pero si no se rozó el record de asistentes, se anduvo muy cerca, especialmente en la de la tarde. Sobre la ausencia de conflictos, el 8M sigue siendo el mejor ejemplo de civismo elevado a su máxima potencia. Y eso que este año, en Bilbao, todo el transporte tuvo que pasar el reto de confluencia del acto reivindicativo con partido de futbol del Athletic y lo hizo sin más problemas que las largas esperas en los inicios y finales de ambos acontecimientos, llevadas con ilusión y dignidad.

De las manifestaciones, dos me parecen ser los rasgos más sobresalientes: su inmensidad y su pacifismo

Las manifestaciones suelen ser también lugar apropiado para conocer el ingenio humano trasladado a eslóganes reivindicativos. Algunos superaron el alto nivel de actos anteriores. Por ejemplo, ese cartel repetido hasta la saciedad en nuestra cultura que muestra la evolución del ser humano (aunque Google piensa más en evolución del hombre; de la evolución de la mujer, parece no tenerse noticias: aparecen 296 imágenes masculinas y 5 femeninas) desde el Australophitecus hasta el Sapiens Sapiens, ahora parodiado con la figura femenina al final y el adecuado texto: “Ya os falta menos”. Otra imagen para el recuerdo: la niña a hombros de su padre –convenientemente acondicionado con peluca morada- felizmente vestida con peto vaquero y pañuelo rojo sobre el cabello, a semejanza de la joven americana del “We cant do It!” y en cuyo cartel posterior se podía leer: “Estamos de Feministación”. Me quedo, sin embargo, con ese otro que portaban varias jovencitas reproduciendo el muro de cualquier pared donde aparece pintado: “La profe en lucha también está enseñando”. Será por aquello de la deformación profesional. Fueron centenares de frases reivindicativas que clamaban por una feminidad pacífica, libre, dignificada y orgullosa.

El intenso día terminaba mientras saboreaba el excelente libro de Laetitia Colombani, “La trenza”, delicada lectura de tres anónimas mujeres (Smita, Giulia y Sarah) que desde lugares tan dispares y desconectados como Badlapur, Palermo o Montreal consiguen tejer una red de comunicación involuntaria en la que el feminismo se convierte en la sencilla, pero inapagable voz humana. Desde formas literarias, o desde la movilización reivindicativa el consenso por la igualdad tiene que ser inaplazable. María Silvestre lo expone de forma meridiana en su último artículo: “El consenso transversal que recoge la movilización, no vinculado a siglas políticas, debiera guiar nuevos consensos políticos allí donde se toman decisiones relevantes para la vida de mujeres y de los hombres y no meros usos partidistas que parecen buscar más el desencuentro que el acuerdo”.

Toda buena resaca lleva implícita deseo de renovación, propósito de enmienda. En este caso, se tiene que dar la circunstancia contraria: el día 9, el 10, el resto de días del año tienen que servirnos para reafirmar nuestras creencias, para insistir en que la meta de la igualdad, aunque lejana, está al alcance de todas las mujeres y en la que los hombres debemos acompañar activamente, si queremos ser reconocidos como seres humanos.

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