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La empresa y las violencias invisibles de la escuela

La manía por las pruebas evaluatorias nacionales e internacionales está llevando a situaciones extremas en algunos lugares

Alumnos de C-LM obtienen el sexto mejor resultado por CCAA al solucionar problemas en grupo, según informe PISA

Hace unos días, me topé con un artículo de opinión (La Información, 12-01-2018), publicado en un diario online especializado en actualidad empresarial y económica, que llevaba un sugerente título, 'El valor de la educación como decisión empresarial'. El autor era presentado como analista político y socio de una consultora. Tan escasa información y cierta intriga por conocer la visión que un 'ajeno educativo' –dicho con cariño y sin presunción altanera- tendría por nuestro sistema educativo aumentaron mi curiosidad y me animaron a continuar leyendo. Alguna de las ideas allí expuestas motivaron las líneas escritas a continuación.

 Una primera y rápida lectura me obligó a una consulta a Internet para conocer algo mejor al autor y su entorno. Google informaba que los trabajos a los que se dedicaba la empresa a la que pertenece el articulista están relacionados con los asuntos públicos y las relaciones gubernamentales y que sus principales clientes están en el ámbito empresarial, político e institucional; también que opera desde 2003 en EE.UU, Latinoamérica y Europa, ofreciendo servicios de estrategia e inteligencia política, relaciones con la Administración, comunicación estratégica y formación para la alta dirección. Bueno, era un principio, no muy atractivo, pero principio, al fin y al cabo. Ahora había que reemprender la lectura y comprobar si el desasosiego inicial sentido tras la primera lectura tenía o no fundamento.

 En el artículo, y con el pretexto de celebrar la noticia sobre la elección de Madrid como Centro Operativo Mundial, por parte de la Asociación Internacional del Transporte Aéreo, se ensalzaba nuestro actual sistema educativo por ser -en opinión del autor- el motivo básico que ha hecho decantar la balanza de la decisión empresarial tomada. Los beneficios de tal elección son visibles y cuantificables para la economía española y madrileña en particular –seguía el articulista-: más de 330 trabajadores (¿trabajadoras también?) de más de 60 nacionalidades, que manejarán desde la capital del Reino una cifra mareante (más de 150.000 millones de dólares), gestionando los billetes de avión y las relaciones con las agencias de viaje de más de tres cuartas partes del mundo conocido. (Al menos ahora, ya sabremos hacia dónde dirigir nuestro descontento cada vez que nos veamos desorientados y penalizados tras el fiasco de un desplazamiento aéreo cancelado o con overbooking).

No pretendo agriar la esperanza, incluso la satisfacción de algunos/as por la noticia señalada, por más que cuestione que un nuevo asentamiento de otra multinacional en nuestro país deba ser sinónimo de orgullo patrio. Seguramente, con más prejuicios de los necesarios en mi mochila, tiendo a identificar multinacional con relaciones laborales rocosas, impersonalidad empresarial, gélidas relaciones humanas, presupuestos inabarcables y búsqueda de beneficios estratosféricos. Recelo de quienes se envalentonan cual matones con el mercado mundial y conceden muy poco espacio para conocer su organización interna.

Franklin Foer ('Un mundo sin ideas'. Paidós, 2017), refiriéndose concretamente a las tecnológicas  (Amazon, Google, Apple, Facebook) dice que aspiran a convertirse en el depósito de nuestros objetos valiosos y privados…; pretenden que recurramos a ellos sin pensar (…) mientras elaboran catálogos íntegros de nuestras intenciones y aversiones.

Mis serias dudas en este caso, sin embargo, nacían de la respuesta ofrecida por el Vicepresidente Regional de la IATA (Asociación Internacional del Transporte Aéreo) para justificar la elección de Madrid: la capital les proporcionaba acceso al talento local e internacional y unas condiciones idóneas para el desarrollo de la competitividad de la aviación mundial.

 Leído así, y dado que el articulista no cita más razones ni aclaraciones de tales palabras,  torcí el gesto. ¡Madrid ' les' proporcionaba acceso al talento local! Sonaba feo, a frase de época colonial, cuando las grandes naciones europeas acudían hasta territorios recién descubiertos para otorgarles su manto cultural protector, a cambio de recibir 'minucias' en materias primas locales. En este contexto, cabría interpretar las palabras del tal vicepresidente en la línea de lo afortunados/as que serán las personas de Madrid por compartir y formar parte de ese equipo multinacional, mientras que la sencilla y recatada IATA  tan sólo se beneficiaría del talento local y de una cierta competitividad (¿tendrán algo que ver los salarios más bajos y las condiciones de empleo precarias que generan hoy en día países de tipo medio como España?)

La obstinación por unas notas brillantes genera sufrimientos personales y familiares, así como bajas autoestimas, silencios o estallidos agresivos del alumnado

Probablemente esta divagación no sea más que un exacerbado recelo en la búsqueda de lectura entrelineada, que no siempre es posible y lo que se desprende de las palabras descritas sea simplemente una feliz celebración ante una buena noticia económica.

De ahí que volvamos al articulista y a su positiva opinión sobre la educación española. Para él no hay duda de que entre las posibles razones que contemplaron quienes tuvieron que decidir la futura sede de la multinacional citada, la cuestión educativa fuera la fundamental. Y lo argumenta sin tapujos: promueve talento y ofrece centros bilingües con formación de calidad para los hijos (también hijas ¿no?) de los futuros trabajadores/as de la multinacional. Descarto la segunda -aunque sospecho que se están refiriendo a centros privados-concertados con aprendizaje en lenguas y hasta en enseñanzas internacionales- para centrarme en la primera ventaja señalada: la promoción del talento.

Ciertamente el autor no es muy explicito con la utilización del concepto y nos sumerge en la duda de si estará refiriéndose al talento como aptitud o  como adquisición de conocimiento. Tan solo precisa que debe ser un valor enriquecedor de las empresas, que deben disponer de él en todos y cada uno de sus sectores productivos y en cada uno de los puestos de trabajo. Pero no hay más información, lo que ya de por sí nos da cierta información. Veamos.

El articulista podía haber ensalzado, por ejemplo, la cada vez mayor dedicación de las y los profesionales educativos en trabajar el aprendizaje emotivo, ese que amplia la formación del alumnado hasta límites muy superiores a los exclusivamente conceptuales. O, quizás, podía haberse fijado en tantas escuelas e institutos que hacen del trabajo colaborativo, del aprendizaje compartido su modus vivendi. Incluso podía haber valorado el esfuerzo de los proyectos educativos de muchos miles de direcciones de centros escolares que consideran prioritario educar solidariamente, en proyectos donde la equidad e igualdad –de género, en creencias,..-marcan su devenir diario. Por último –y sin ánimo de agotar el listado- podría el autor haber hablado de la importancia de formar al alumnado en la crítica, en el cuestionamiento de las decisiones no argumentadas, en el aprendizaje de miles de jóvenes empeñados/as en demostrar que la realidad es poliédrica y que caben muchas más preguntas que respuestas definitivas. Nada de todo esto aparece en el artículo. Ninguna mención a este tipo de educación que ya es una realidad en este país.

De ahí que en una visión tan simplista y positiva como la ofrecida en el artículo no tengan cabida cuestiones negativas de nuestro sistema educativo, que también las tiene y, además, son importantes. Por ejemplo, las que recoge Julio Rogero (eldiario.es 15/01/2018), hablando de las violencias invisibles que están presentes en la escuela. Este maestro y renovador concienciado señala tres, a cada cual más implantada en la mayoría de los centros escolares españoles.

Está la violencia que la escuela como institución impone especialmente al alumnado con su obsesión por la 'excelencia resultadista'. En determinados casos, esta obstinación por unas notas brillantes genera sufrimientos personales y familiares, así como bajas autoestimas, silencios o estallidos agresivos del alumnado. Siempre habrá quien considere exagerada esta advertencia, pero la manía por las pruebas evaluatorias nacionales e internacionales está llevando a situaciones extremas en algunos lugares.  El gobierno de Corea del Sur, por ejemplo, envidia internacional por situarse en los primeros puestos del ranking PISA, ha tenido que aplicar medidas para acabar con las intensas jornadas de estudio con límite horario para las academias ('hagwons') de las diez de la noche y cierre los sábados. A pesar de ello –y de los 146 estudiantes que se han suicidado por estrés e insatisfacción educativa en 2010, reconocidos por el propio gobierno- las familias siguen solicitando a ese profesorado que aumenten las horas y los deberes de sus hijos/as para que obtengan los mejores puestos de acceso a las universidades surcoreanas (García-Ajofrín, Lola 'Gigantes de la educación. Lo que dicen los ranking'. Fundación Telefónica, 2016). (¿Será este tipo de altísima competitividad el objetivo de la dirección de la IATA?)

 Una segunda violencia invisible de la escuela, en opinión de Rogero, tiene que ver con su insensibilidad ante la desigualdad, pobreza y marginación, alimentadas por una sociedad cada vez más competitiva, injusta y segregadora. Aquí se visualiza la injusticia escolar a través de las repeticiones, suspensos, absentismo y fracaso escolar que denotan claramente el desacierto de ciertas políticas educativas contemporizadoras con los recortes presupuestarios y las subvenciones a través de conciertos educativos. No hay duda: este tipo de violencia, me atrevería a decir, que es imperceptible para el articulista de La Información.

Por último, Rogero menciona la violencia invisible de la escuela sobre las situaciones conflictivas que se viven en el ámbito familiar. En este tipo tan sólo trascienden aquellas que derivan en casos de bullying y que acaban quebrando la convivencia de las aulas; pero se silencian las que provienen de situaciones de familias desestructuradas donde la precariedad, el desempleo y todo tipo de carencias llevan conviviendo demasiado tiempo sin soluciones sociales definitivas. Tampoco parece que sobre esto se valore cuando se piensa en trabajadores y trabajadoras que puedan comprometerse con el nuevo y flamante Centro Operativo Mundial madrileño.

De ninguno de estos 'peros' se habla en el artículo inicial mencionado. Parece que no era el momento de ensombrecer el sistema educativo español tras la celebrada noticia de la llegada de una nueva multinacional a nuestro país. La única nube que se asoma por este positivo horizonte, aunque sin ánimo de molestar, tiene que ver con la recomendación final favorable a un pacto de Estado en materia educativa. Ni aquí, pese a proponérmelo, puedo coincidir con el autor, porque aunque ambos veamos necesidades insoslayables de tal acuerdo, el articulista se queda en los beneficios que supondrían para nuestro país… al atraer nuevas y grandes multinacionales.

Finalizo recordando una célebre tira de Mafalda, que pregunta a Manolito por el periódico que lee con sumo interés. Su amigo le responde, sin levantar la vista del papel, que está leyendo la cotización del mercado de valores. Mafalda, entusiasmada, le inquiere: “¿De valores morales? ¿espirituales? ¿artísticos?¿humanos? A lo que el realismo mercantil de Manolito le responde –hundiendo, como siempre, su espíritu reivindicativo: “No; no; de los que sirven”.

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