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No te olvides la papeleta al Parlamento Europeo

Europa ha construido un sistema de decisión largo, quizás algo tortuoso, pero donde nadie puede aducir desinformación y que no haya sido al menos escuchado: la innovación al servicio de la política

Las urnas decidirán si Europa puede seguir avanzando en su integración

Las urnas decidirán si Europa puede seguir avanzando en su integración EFE

El próximo domingo 26 se celebran las elecciones al Parlamento Europeo. En España, la participación en estos comicios ha ido decayendo poco a poco. Pareciera que se está instalando en la sociedad un cierto desapego hacia lo que sucede en Bruselas. Antes identificábamos Europa con democracia. Ahora ya no es necesaria esta vinculación. Sin embargo, se trata de unas elecciones de gran trascendencia, nada alejadas de nuestro día a día y en las que nos jugamos mucho de cara al futuro.

Hay una cierta sensación de que Bruselas, en su calidad de capital de la Unión Europea, es un centro lleno de burócratas que aplican procedimientos oscuros y poco democráticos y se dedican a resolver problemas muy alejados de nuestra realidad cotidiana. Vayamos pues despejando algunas dudas.

Primera objeción: una organización burocratizada. Según un lugar común, bastante extendido, Bruselas es una capital llena de burócratas privilegiados muy bien pagados y bastante ociosos.

La Comisión Europea emplea a algo más de 32.000 personas. En el Parlamento Europeo trabajan unas 7.500. El Consejo de la Unión Europea da empleo aproximadamente a otras 3.500 personas. El gasto administrativo de la UE es inferior al 6 % del presupuesto actual de la Unión Europea. No parecen cifras escandalosas. Por hacer solo una comparación, en España la Administración General del Estado, eliminando ejército, policía, justicia y empleados de sociedades públicas, tiene algo más de 200.000 empleados. Las comunidades autónomas, exceptuando sanidad, educación no universitaria y justicia, emplean también a más de 200.000. Da la impresión de ser una administración bastante eficaz. Por otra parte, los salarios que los estados pagan a sus servidores en el exterior o que las empresas privadas abonan a sus expatriados no difieren mucho de lo que ganan los funcionarios europeos.

Segunda objeción: los procedimientos de decisión en Bruselas son oscuros y poco democráticos. Es lo que se conoce como déficit democrático. El debate da, no solo para un artículo, sino para un ensayo o hasta un tratado, así que hagamos solo unas pocas precisiones.

El Parlamento Europeo cada vez está asumiendo más poderes, entre ellos el de elegir el presidente de la Comisión Europea. Ahora asistiremos a un interesante debate para saber si éste es el propuesto por el grupo político con más apoyos en el Parlamento (previsiblemente populares o socialistas) -lo que se conoce como “spitzenkandidaten”- o como quiere Macron sea a propuesta y consenso entre los representantes de los diferentes estados miembros. Mas allá de este debate concreto -no olvidemos que Juncker, a la postre un presidente beligerantemente proeuropeo, fue elegido en su calidad de representante del Partido Popular Europeo- es conveniente tener presente que el mecanismo de aprobación de una directiva o de una simple comunicación es muy participativo y también, reconozcámoslo, proceloso. Cualquier iniciativa comunitaria para salir adelante pasa innumerables filtros previos. Primero el de los estados miembros. Luego el de empresarios y sindicatos en el Comité Económico y Social. También el de las regiones europeas en el Comité de las Regiones. Y por supuesto el del propio Parlamento Europeo. Podemos decir que Europa ha construido un sistema de decisión largo, quizás algo tortuoso, pero donde nadie puede aducir desinformación y que no haya sido al menos escuchado: la innovación al servicio de la política.

Se trata de unas elecciones de gran trascendencia, nada alejadas de nuestro día a día y en las que nos jugamos mucho de cara al futuro.

Tercera objeción: los problemas que preocupan a los ciudadanos están muy alejados de lo que se discute en Bruselas.

Puede parecer paradójico para algunos, pero cuando se pregunta a estos mismos ciudadanos europeos, un 68 % de ellos reconoce que su país se ha beneficiado por pertenecer a la UE. En el caso de los españoles, un 75 % dice que la pertenencia a la UE ha sido beneficiosa para ellos. No está mal para hablar del auge del euroescepticismo. De alguna manera, el ciudadano es consciente del dinero que se ha recibido para infraestructuras de toda índole, formación continua u ocupacional, inserción de jóvenes en el mercado laboral, I+D+i o protección del patrimonio cultural y medioambiental. No todo es Erasmus en la viña de la Unión Europea.

Pero concretemos algo más. La UE ha creado el euro. Pensándolo bien, no está mal esta conquista. La máxima expresión de la soberanía nacional a la que han renunciado países como Francia o Alemania. Cierto, pertenecer a la zona euro ha supuesto ajustes y renuncias. Algunos pueden pensar que es buena cosa que un gobernante nacional puede ampararse a la hora de tomar medidas dolorosas e impopulares aduciendo que se lo imponen desde Bruselas. Otros podemos pensar que es debilidad y/o ineptitud de estos mismos gobernantes. En cualquier caso, tampoco conviene olvidar que el Banco Central Europeo, con su política monetaria, no ha resuelto la crisis económica, aunque si ha contribuido al menos a suavizarla.

Muchos piensan que lo que se discute en Bruselas no tiene nada que ver con ellos. A esos les recomiendo que miren las etiquetas de los envases que compran y comprueben si aparecen las calorías de sus alimentos o la cantidad de grasas e hidratos que contienen. Les animo que recuerden que hasta hace poco tenían que pagar por el roaming, el recargo por itinerancia en la telefonía móvil. O que, cuando no encuentren en las estanterías de las grandes cadenas de distribución productos de usar y tirar como cubiertos, vasos y platos de plástico o bastoncillos de algodón, recuerden que se ha debido a decisiones tomadas en Bruselas.

Algunos creemos que es mucho lo que se ha logrado, y no solo en términos de paz y ausencia de guerras que durante cientos de años asolaron nuestro continente. También en términos de mejores condiciones de vida, de defensa de nuestros derechos ciudadanos o de protección de los consumidores. Y esos mismos consideramos que son conquistas que hay que defender. Y nos asustamos cuando somos conscientes de que un tercio del próximo Parlamento pueden estar ocupado, no ya por euroescépticos, sino simplemente por eurófobos convencidos y militantes.

Es cierto que son muchos los retos que hay que afrontar en el futuro: la política de migraciones, la política de defensa y seguridad, la union bancaria y monetaria, la política industrial y de la competencia,  la política exterior, los equilibrios territoriales y sociales o el cambio climático. Los retos son ingentes, de gran magnitud y se producen en un contexto de guerras comerciales y tecnológicas, crisis migratorias y conflictos armados regionales donde la posición de la Unión Europea (y no digamos de sus estados miembros independientemente) es muy débil. Por eso es importante que el próximo parlamento esté formado por personas que crean en el proyecto europeo más allá de sus diferencias ideológicas.

*Juan Miguel Sans Martí es experto en estrategia y política económica

 

 

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