La portada de mañana
Acceder
En la zona cero de la tragedia de Almería: “Algunos amigos siguen desaparecidos"
Qué pasa con los sí nacidos en Madrid: falta de pediatras y de recursos educativos
Opinión - 'Los miserables', por Rosa María Artal

Gianni Infantino: la Tierra es redonda como una pelota de fútbol

10 de julio de 2026 22:06 h

0

Lo advirtió Thomas de Quincey: se empieza por el asesinato y se acaba por no ir a misa. Esta parece ser la deriva de Gianni Infantino. Alguien que observa indiferencia ante la muerte de miles de trabajadores en las obras del Mundial de Catar y termina quitando una tarjeta roja a un jugador belga en el Mundial ante un pedido de Donald Trump.

La construcción del personaje es un producto opaco del big bang capitalista del siglo XXI pero el desmontaje para ver cómo ha sido posible su surgimiento no es una tarea sencilla.

La peripecia va desde un niño que juntaba chatarra para conseguir unas monedas en un pueblo suizo, según cuenta en su autobiografía, al prestidigitador que pretende confundir en un abrazo fallido a dos dirigentes de la FIFA, uno judío y otro palestino, en plena guerra, porque “si nadie intenta unirnos, ¿qué será de nuestro mundo?”, les dijo. “Juntos somos imbatibles”, insistió.

Hay otra frase que lo ilumina, lo cual lo hace aún más complejo, ya que, como la piel de su cabeza, buena parte de su accionar lo exhibe con cierta desnudez: “El dinero solía cambiar de manos bajo la mesa. Sin embargo, desde 2016 [año que asume la presidencia de la FIFA], se mueve a la vista de todos”. Quien no ve es porque no quiere.

La magia es otra palabra que aparece cotidianamente en su narrativa y mucho tiene que ver con su propia historia, con un mago que ha multiplicado exponencialmente los beneficios de la FIFA desde que está al mando, con pocos velos, sin pudor y con el dinero sobre la mesa. “No se puede hacer más lento”, decía Rene Lavand, un famoso ilusionista argentino, repitiendo el truco de cartas una y otra vez ante las cámaras. Infantino posee esa técnica. Se exhibe una y otra vez ante las 211 federaciones de fútbol de los distintos países del mundo que integran la FIFA para llenar sus arcas a cambio de un voto.

El paroxismo lo alcanzó al convocar a los socios a una votación para elegir la sede del Mundial de 2034 a través de una videoconferencia. El candidato era uno solo: esta vez la FIFA no presentaba una segunda opción. A la hora de votar, Infantino no reclamó el voto: ¡pidió un fuerte aplauso! Los 211 representantes de las federaciones rompieron a batir palmas azuzados por el gran prestidigitador. Ahí están las imágenes. Paso a paso. No se puede hacer más lento.

El candidato, se sabe, era una monarquía absoluta, Arabia Saudí y esto, sobre todo con su primer ministro, el príncipe heredero Mohamed bin Salmán, es una muestra de la globalidad según la entiende la FIFA.

Jules Rimet fue presidente de la FIFA y creador de la Copa del Mundo a principios del siglo pasado. Era, como Infantino, hijo de padres humildes y creía en lo mismo que el actual presidente: la capacidad del fútbol para reconciliar a los países en guerra (de otro modo, claro). Rimet, con más de cuarenta años, se alistó como voluntario en la Primera Guerra Mundial y desde allí escribía cartas, bajo las bombas, para organizar futuras competiciones internacionales de fútbol. Lo condecoraron tres veces con la Croix de Guerre.

Infantino no estuvo en el frente pero acompañó a Trump y a otros mandatarios cuando el presidente norteamericano impulsó el Consejo de Paz, no tanto para terminar con la guerra entre Israel y Palestina como proclamaba, sino para reemplazar a la ONU (a Infantino le gusta recordar que la FIFA tiene más miembros que las Naciones Unidas). Trump dijo: “Aquí todos son jefes de Estado menos Gianni pero él es el jefe del fútbol, así que no está tan mal. ¿Verdad, Gianni? Creo que tu trabajo es el que más me gusta”. Los Monty Python no lo hubieran hecho mejor pero Infantino tampoco se quedó atrás. Cuando presentó el sorteo del Mundial en el Kennedy Center de Washington, le entregó a Trump el Premio de la Paz de la FIFA. Desde entonces, el presidente le llama “el rey del fútbol”.

El periodista irlandés Miguel Delaney, observa que Infantino depende de cómo se sienta Trump cada mañana. Sin embargo, demuestra cierta habilidad como cortesano. Hay un detalle que pocos conocen. Trump se declara lego a la hora de hablar de fútbol, por eso argumentó, para quitarse de encima el asunto, que no sabe qué es ni para qué sirve una tarjeta roja. Sin embargo, en los años setenta, cuando frecuentaba la discoteca Studio 54, el fútbol estaba de moda en Nueva York gracias al empuje que le dio Henry Kinssinger. El Giants Stadium se llenaba para ver al rey del fútbol de aquellos años. «Yo era joven, así que fui a ver a Pelé y fue fantástico», declaró Trump según cuenta el periodista y escritor Franklin Foer. Así como Mariano Rajoy salía del Parlamento Europeo con el Marca bajo el brazo, Trump le abre el Despacho Oval a Infantino para hablar de lo importante. Según The Athletic, Infantino ha visitado el Despacho Oval más veces que cualquier jefe de Estado durante el segundo mandato de Trump.

Diez años antes del inicio de esta hermosa amistad, sin que nadie lo esperara, Gianni Infantino fue elegido presidente de la FIFA. Estaba en el lugar preciso en el momento adecuado, es verdad, pero además, tenía todo lo necesario para dar el paso. Llevaba años preparando el salto; solo necesitaba que la historia le hiciera un hueco. Le hizo dos. Primero encarcelaron al expresidente Joseph Blatter junto a una docena de dirigentes; después, cuando Michel Platiní se preparaba para asumir la transición, también fue alcanzado por la justicia. Ahí es cuando sale a la luz desde un segundo plano, proveniente de la UEFA, el gran ilusionista, que llegaba para regenerar la institución.

Las sedes de Rusia y de Catar ya estaban entonces asignadas y ese dato, aparentemente colateral, es el que dota a Infantino de una cosmovisión para definir de allí en más el juego. Ya sabía que era el dueño de la pelota; solo se trataba de ponerla en juego con su planteo: el dinero es bueno; el poder es mejor.

Sentado junto Vladímir Putin en el estadio de Luzhniki de Moscú tuvo una primera perspectiva. El historiador deportivo Nicola Sbetti subraya que Infantino ese día no se presentó junto a los presidentes de las federaciones, sino junto a los líderes políticos de los países que se enfrentaban en el partido inaugural: Putin y Mohamed bin Salman, quien, como vimos, ganó con aplausos la sede para Arabia Saudí.

En Catar terminó de comprender el nuevo mapa para practicar la geopolítica del fútbol. Tanto fue así, que se mudó con su familia a Doha para dirigir desde allí el negocio. Aún faltaba un buen tiempo para configurar el triángulo virtuoso de Rusia, los emiratos y Estados Unidos. «En nuestra parte del mundo [Europa] es fácil pintar con un pincel oscuro todo lo que viene de Oriente, de Rusia o del mundo árabe», se quejó en una rueda de prensa en Moscú, seis meses antes del Mundial celebrado en Rusia.

¿Democracia, derechos humanos, Estado de derecho? Mundiales como el actual en tres países, el Mundial de clubes, el femenino y veinte torneos más como respuesta. En esta edición en Estados Unidos la FIFA se llevará casi ocho mil millones de euros al ampliarlo de 32 a 48 países. La organización asigna unos seis millones de euros al año a cada una de las federaciones. Para un país europeo es un ingreso discreto; para los que están en desarrollo es la vida misma. Las cifras van en aumento. De aquí al próximo Mundial en 2030, la FIFA podrá gastar cerca de doce mil millones de euros de los cuales unos dos mil quinientos se redistribuirán entre todas las federaciones que la componen.

El próximo paso es convertir el triángulo en un rectángulo virtuoso, como el de un campo de fútbol, incorporando a China en el juego. La geopolítica lo complica pero Infantino sueña con sentarse junto a Xi Jinping ante mil cuatrocientos millones de aficionados.

El presidente de la FIFA elude su desprecio por los derechos y pone por delante la defensa de la infancia. Suele mencionar que jugó con niños norcoreanos y es a los niños a quienes les dice, se supone que de manera didáctica, que la tierra es redonda como una pelota. Aunque él puede que lo entienda al revés: cuando tiene una en la mano, piensa que todo es fútbol. Es decir, poder.