La portada de mañana
Acceder
La Fiscalía archivó la investigación a Julio Iglesias al omitir tres peticiones clave
La investigación busca determinar si la vía rota de Adamuz se renovó en 2025
Opinión - 'Entre la dignidad y la sumisión', por Rosa M. Artal

Los lanzallamas

Marco Rubio, un tahúr en el Palacio de Miraflores

23 de enero de 2026 23:30 h

0

La imagen está por todas partes. La subió Donald Trump y en ella se le ve plantando una bandera americana en Groenlandia, acompañado por J.D. Vance y Marco Rubio. Como casi todas las intervenciones de esta administración, esta también fue parodiada en The Daily Show, especialmente el gesto de Rubio. El comediante Josh Johnson comentó que el secretario de Estado duda, se muestra temeroso, convencido de que están dando un mal paso. A continuación Jonhson reflexionó que la IA genera las imágenes a partir de lo que encuentra en los archivos y muestra en pantalla diferentes momentos en los que se ve a Rubio siempre con el mismo gesto, siempre con la misma cara: el lenguaje corporal de un hombre en guardia, en alerta constante. 

Rubio nunca parece cómodo pero es ubicuo: intenta estar en todas partes y, tal y como se presenta en esa imagen, cauteloso, con dudas y ocupando un tercer lugar, a la espera de que la pista se despeje.

Mientras tanto, no le importan las bromas. Tampoco las burlas que lo comparan con Kissinger por sumar múltiples cargos de primer nivel en la administración. Vance, que lo vigila de cerca ante la carrera por la sucesión presidencial, ha dicho en las redes que podría con un cargo más “si hubiera una vacante para un católico devoto”. Rubio, sin perder reflejos, le respondió en Fox News, que le encantaría ser Papa pero que él era un varón católico felizmente casado. Como está todo el tiempo nadando y tiene la ropa guardada, en Político dejó caer que J. D. Vance es el favorito para la nominación republicana de las próximas elecciones.

Rubio, a pesar de ser elegido para la Cámara de Representantes de Florida con 29 años y ser senador después, no ha estudiado en la Yvy Ligue ni forma parte del Camelot tecnológico del Silicon Valley, como puede presumir Vance, brazo político de Peter Thiel además de ser un escritor reconocido. Rubio es un joven viejo, conformado con materiales políticos de otra época pero con una capacidad de resistencia muy por encima de la media.  

Cuando era senador, durante un tiempo continuó dando clases en la Universidad Internacional de Florida y ante sus alumnos, aclarando que se trataba de una enseñanza de política y no de gobierno, les dijo: “Si sabes que la única forma de perder tu escaño es que te superen en conservadurismo en las primarias, nunca dejarás que nadie se sitúe a tu derecha”. Esa es su hoja de ruta y revisando su trayectoria se puede comprobar su fidelidad a este programa.

Su director deportivo en la escuela secundaria, quien lo entrenaba en los campos de fútbol americano, le dijo al escritor y periodista Manuel Roig-Franzia, autor de The Rise of Marco Rubio [El ascenso de Marco Rubio], que Rubio no era veloz, pero era rápido: “Ser rápido significa que llegas al punto justo del campo en el momento preciso”. En agosto de 2011, en la Biblioteca Ronald Reagan en Simi Valley, California, la anciana Nancy Reagan se precipitó al suelo pero, inesperadamente, el senador Rubio ,que estaba junto ella, colocó una mano debajo de su brazo, evitando que la nonagenaria viuda de Reagan se estrellara contra el piso. Un blog de Los Angeles Times, cuenta Roig-Franzia, publicó una secuencia de fotografías, imagen tras imagen, debajo del titular “¡Marco Rubio al rescate!”. No se ahorraron, en esos días, los medios conservadores la metáfora de que, en realidad, Rubio estaba salvando al Partido Republicano. 

Claro que, la jugada, tenía un envés. La mano que salvó a Nancy Reagan, Marco se la quitó a su madre. Poco después, una mañana el senador recibió un mensaje que quedó en el buzón de voz de su móvil de quien decía ser “la persona que más te quiere en este mundo”. Oriales García, cubana de nacimiento le imploraba: “No te metas con los inmigrantes, hijo mío. Por favor, no te metas con ellos”. Rubio no escuchó el mensaje.

Después de que Obama ganara un segundo mandato, los republicanos se mostraron flexibles con la inmigración ilegal como una forma de recuperar el voto latino. Rubio se puso a liderar este movimiento al punto de ser portada de Time con el titular The Republican Savior [El salvador republicano]. La cruzada duró poco y uno de los que puso la iniciativa en duda fue nada menos que otro lanzallamas que le susurra hoy al oído las medidas más extremas a Trump: Stephen Miller. Siendo entonces un joven asistente del senado, Miller recopiló un manual de estadísticas y argumentos para desacreditar el proyecto de ley. Este mensaje sí fue escuchado y atendido por Rubio. 

La ubicuidad de Rubio no solo deja huella en los medios. En 2013 publicó An American Son [Un hijo estadounidense], donde narra su historia en términos optimistas sin apartarse del clásico guion del sueño americano: dos inmigrantes cubanos, su padre como camarero y su madre limpiando habitaciones, lograron que él fuera a la universidad y se doctorara en derecho. Una década después, publica Decades of Decadence: How Our Spoiled Elites Blew America’s Inheritance of Liberty, Security, and Prosperity  [Décadas de decadencia: cómo nuestras élites mimadas echaron por tierra la herencia de libertad, seguridad y prosperidad de Estados Unidos] donde expresa una mirada opuesta a la del libro anterior, la de un país en el cual se trasladan los puestos de trabajo al extranjero, los recursos se vuelcan en las políticas identitarias y contra los derechos del colectivo transgénero. Lo mejor, la definición de la Administración Biden: “la presidencia más radical y marxista que ha visto el país”. Como le dijo a sus alumnos: a mi derecha hay una pared. 

Sostenerle el brazo a Nancy le ayudó a consolidarse simbólicamente como heredero de la política de Ronald Reagan, ortodoxa en el sentido de entender la agenda interna del país como una cuestión política y la externa –ahora, qué paradoja, en sus manos– en el plano del bipartidismo, siempre consensuada. Esto le llevó a defender a Ucrania en la invasión de 2014 reclamando el liderazgo de Estados Unidos frente a la agresión rusa. Hoy, aún, está vivo el encuentro de Volodímir Zelenski en la Casa Blanca, reclamando ayuda ante Trump y Vance que, cámaras mediante, le reprendieron por no mostrar suficiente gratitud. Marco Rubio, presente en la reunión, se limitó a encogerse en su sillón (otra vez el rostro de que esto se pone feo) pero al rato subió un tuit elocuente: “Gracias, @POTUS [President of the United States], por defender a Estados Unidos de una manera que ningún presidente había tenido el valor de hacer antes”.

En Washington es un lugar común el hecho de considerar a Marco Rubio no como un secretario de Estado sino, simplemente, el secretario de Trump. Rubio delega en el presidente cualquier opinión sobre cuestiones que le competen directamente a él, como es el caso de Gaza, tema en el que se limita a decir que es proisraelí. Otra cuestión es Venezuela, parcela que le han delegado Trump y Vance; este último no sin perversidad. 

Thomas Shannon, diplomático y funcionario de Donald Trump en su primera presidencia, con respecto a la política exterior de Estados Unidos asegura que el proyecto MAGA contempla un espacio que incluye a Canadá, Groenlandia y Panamá. “Estados Unidos como hegemón regional”, dice, “que se protege de los ataques que llegan por el Ártico. Eso significa que hay que atrapar a los canadienses. ¿Y qué mejor manera de atraparlos que convertirlos en el estado número 51? ¿Y Groenlandia? No se puede confiar en que los daneses lo hagan. Vamos a tener un ejército tan temible que nadie se atreverá a meterse con nosotros. Y no nos corresponde a nosotros proteger a los demás”. ¿Qué pinta Marco Rubio en este plan demencial? 

De momento, hacerse cargo de Venezuela y acompañar con tuits el resto de los movimientos de la Casa Blanca. La tarea es épica ya que tiene que gestionar a las huestes bolivarianas sin Nicolás Maduro y con una líder latina, Delcy Rodríguez, que se ha revelado como una figura política en el Palacio de Miraflores tan astuta como lo es él. 

Lejos de los tecnolibertarios del Silicon Valley y del Ejercito de los Despiertos [Army of the Awakened] de Steve Bannon, Marco Rubio espera con sigilo el curso de los acontecimientos. Para él, el único plan posible, el de Venezuela, y en el que se reconoce por seguir la tradición de sus referentes políticos: la invasión de Granada por Reagan o la de Panamá ordenada por George H. W. Bush. Una tradición que, como se ve, difiere de la actual en los modos y las formas. Poco más. 

El secretario de Trump, mientras tanto, como buen tahúr, pone cara de póker. Delante de él corre el riesgo de que los rivales tengan los naipes marcados. Aunque el problema sigue siendo que en la mesa el botín somos nosotros.