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RUIDO Y SILENCIO

Del Sacromonte a las estrellas

14 de agosto de 2026 22:04 h

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Era chequetito y poquita cosa, pero cuando subía al escenario se convertía en un gigante capaz de empequeñecer al más pintado. Se llamaba Pepe Habichuela y con su guitarra combinó vanguardia y tradición hasta llegar a los últimos rincones del flamenco. Para quien no sepa de lo que hablo, que escuche sus trabajos con Dave Holland o con The Bollywood Strings, un par de muestras de lo que Pepe era capaz de hacer llevando el flamenco a los territorios del jazz o de la música hindú sin perder las raíces, sin extraviar el origen ancestral de una música “demasiado bella para ser ignorada”, tal y como decía el productor Mario Pacheco para presentarla al mundo.

Dedicó su primer disco a Mandeli, su abuelo, Habichuela el Viejo, que se ganó el jallipén con la sonanta por el Sacromonte granadino. Mandeli sería el primero de una saga que, con el tiempo y el camino en cuesta, conquistaría el mundo desde la Granada de los sonidos negros; la misma que recorre el Albaicín y que encontró su voz en Morente; y en Pepe Habichuela su mejor compañía. Sé lo que me digo, pues tuve la suerte de frecuentar a Pepe Habichuela, hace años, cuando iba hasta su casa, en Campamento, a un tiro de piedra del Simago donde a veces entraba con Josemi, su hijo, a ver si ya tenían colocadas las casetes de Ketama en el principio de los principios, cuando todavía el mundo se resistía a escuchar a un grupo que mezclaba flamenco con música picada por la sal del Caribe. Llegábamos en el Peugeot de Pepe Luis, su primo, y ahora que voy y recuerdo estás cosas, veo a Pepe Habichuela con la sonrisa a punto y la sonanta siempre entre las manos, buscando nuevos caminos, acordes y falsetas donde nos enseñaba que el arte no consiste en otra cosa que en hacer fácil lo difícil.

Yo era una sombra que buscaba ser iluminada y el ritmo flamenco me entregó su candil, ya digo, a un tiro de piedra del Simago, donde las casetes de los Ketama que apenas se veían mientras en los baretos de Campamento sonaban grupos que daban verdadera lache, que en caló quiere decir vergüenza. Pepe Habichuela contaba con cuarenta y pocos años; y cuarenta y pocos kilómetros eran los que había entre el Simago de Campamento y el aeropuerto de Barajas por la M-40 hacia la Autovía del Suroeste tirando en el Peugeot de Pepe Luis por el Paseo de Extremadura y desde allí a un avión que los dejaba en París, o en Berlín, o más arriba, cuando los Habichuela salían de gira con la bailaora suiza Nina Corti y yo me quedaba en tierra.

Siempre me dio canguelo volar. Prefería quedarme con los pies en el suelo, leyendo a Fernando del Paso que, por entonces, me tenía la cabeza volada, y con su ayuda y armado con el ritmo de los Habichuela, alcanzaría la orilla del desastre, desde donde ahora escribo estás líneas. Vuela alto, Maestro.