Decepcionantes argumentos contra la corrupción

20 de febrero de 2026 22:26 h

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A estas alturas, y a la vista de la deriva que están adoptando gran parte de nuestras sociedades en los últimos años, con el auge de fuerzas dudosamente democráticas en lugar muy destacado, se puede afirmar con casi nulo margen de equivocación que defender la democracia debe considerarse como una tarea ineludible, por no decir una de las más urgentes, para la izquierda. Ello implica, claro está, intentar entender la situación, con una especial atención al análisis de las causas que deberían explicarnos cómo hemos podido terminar desembocando aquí. Ello, a su vez, obliga a plantearse muy seriamente cuáles han sido las flaquezas y los errores que dicha izquierda ha cometido y que han permitido que las fuerzas que quieren apropiarse de la democracia en su exclusivo provecho -en estos días, Trump y sus siniestros socios- hayan ido ganando terreno.

Además de resultar una tarea urgente, dadas las presentes circunstancias, hay que añadir que llevamos un considerable retraso en emprenderla. En el caso de nuestro país, quienes deberían haberse puesto a ello, esto es, los responsables de las principales formaciones políticas, lo han ido aplazando una y otra vez casi siempre con el mismo o parecido argumento de oportunidad. Cuando dichas formaciones estaban próximas a alcanzar el poder, decían que no era el momento de distraerse con autocríticas que podían contribuir a frustrar el objetivo ya al alcance de la mano. Cuando se habían visto derrotadas, afirmaban que no había que hacer leña del árbol caído y que lo que tocaba en ese momento era reagrupar fuerzas para regresar cuanto antes al gobierno. En resumen: siempre era la hora de otra cosa. Con tales premisas, nada tiene de sorprendente el resultado. Desde el temprano desencanto, puesto en escena por los Panero en la película del mismo título, a la desafección posterior y a la profunda frustración en que terminó desembocando el entusiasmo indignado con que se inició el 15M (Rufián anda en estos días intentando hacer algo con los restos del naufragio), lo que ha habido ha sido un largo rosario de decepciones que han seguido, indefectiblemente, a los fugaces momentos de relativa ilusión colectiva.

Uno de los lugares comunes a la hora de analizar las causas de la situación en la que hemos desembocado consiste en endosar al declinante nivel de nuestros representantes públicos la completa responsabilidad por dicha desembocadura. No parece que semejante endose explique de manera satisfactoria y convincente la realidad, porque, incluso aceptando esa atribución de responsabilidad, la misma no debería detenerse en este punto, sino que debería ir más allá y abordar muy seriamente la cuestión del funcionamiento interno de los partidos políticos, tan deficiente en los mecanismos de selección de sus cuadros.

Pero desplazar el foco de la atención y ponerlo, más que en las personas, en las estructuras que propician determinadas situaciones tiene más implicaciones. Una sería la de que, precisamente por lo señalado, hoy resulta mucho más urgente la regeneración de las instituciones que la de la propia clase política, que, en todo caso, se debería derivar de los cambios estructurales. En el fondo, es este convencimiento el que está a la base de mi sensación particular, según la cual va a tener que pasar mucho tiempo antes de que nuestra sociedad se vuelva a ilusionar con nuevos políticos solo por el hecho de que se presenten como nuevos rostros, más jóvenes y con un lenguaje en apariencia más fresco y desenvuelto. Como si tales cosas constituyeran una garantía de una manera completamente diferente de hacer política. 

Y a la vista está que no. Por algunas argumentaciones parece que no pasa el tiempo. Baste con constatar la forma en la que se sigue reaccionando ante un determinado tipo de acusaciones. Así, no faltan, entre los líderes políticos actuales, los que a menudo, cuando se les reprochan los escándalos protagonizados por algún miembro de la formación que lideran (siendo indiferente, a los efectos de lo que estamos planteando ahora, que se trate de episodios de corrupción económica o de índole sexual: hemos tenido en los últimos tiempos sobrada oportunidad de ver que en muchas ocasiones vienen de la mano), pasan al ataque y argumentan que, frente a como suelen comportarse sus adversarios, intentando echar tierra sobre el asunto en cuanto les estalla algún caso, ellos han reaccionado “de inmediato y con contundencia”. Lo que casi siempre suele significar que han apartado del partido al acusado de manera fulminante, expulsión que viene completada con la información de que absolutamente nadie del entorno político tenía la menor idea de las andanzas, sea económicas sea sexuales, de la persona en cuestión (“…de la que usted me habla”, se termina diciendo). 

Como tantas otras cosas en esta vida, el argumento funciona mientras no se abuse de él. Porque la primera vez que se esgrime, el supuesto implícito es que nos encontramos ante un caso aislado que no tiene por qué salpicar al conjunto de la organización. Pero cuando los casos empiezan a repetirse, y no digamos cuando llegan a convertirse casi en costumbre, lo lógico es que la ciudadanía deje de preguntarse: ¿qué vais a hacer con los corruptos?, para pasar a preguntarse ¿cómo puede ser que haya tantos en vuestra organización? El desplazamiento de la pregunta hace que decaiga automáticamente el argumento con el que antes sacaban pecho los líderes (“hemos actuado de inmediato y con contundencia”), argumento que a los más escépticos y malpensados les recordará la advertencia que, en películas y series sobre espionaje, los altos mandos de las agencias de inteligencia les hacen a sus agentes secretos cuando les envían a una operación de alto riesgo: “si le detienen -suele decir el alto mando con voz grave y expresión adusta- negaremos que tenga algún vínculo con nuestra organización”. 

Acaso lo más desolador de este tipo de argumentos sea que, en el fondo, no deja de constituir una variante, apenas levemente desplazada, del también desolador argumento conocido como el del “y tú más”. También ahora, de manera implícita, se está reconociendo la responsabilidad por los comportamientos reprochables, pero se intenta aliviar el reproche con el argumento, ciertamente insatisfactorio, de que se ha reaccionado algo mejor que otros que se habían comportado más o menos igual de mal. Parecería que el mensaje subyacente de semejante planteamiento se podría resumir en la respuesta imaginaria que muy probablemente este tipo de políticos le darían a un ciudadano irritado por todo lo que está pasando: “no se me queje usted tanto, que con los otros sería mucho peor”.