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Evitar el precipicio y el largo camino de la renovación

Rodrigo Amírola

1 de marzo de 2026 22:23 h

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Entre 1978 y 1988, Stuart Hall, el marxista británico de origen jamaicano, escribió una serie de ensayos, oportunamente editados en España por Lengua de Trapo en 2018, en los cuales pretendía analizar un doble fenómeno que no eran sino las dos caras de la misma moneda. El marxista que nos invitó a pensar sin garantías analizó allí la profunda crisis de la socialdemocracia y el ascenso del neoliberalismo. Este último no era, a sus ojos, principalmente un programa económico. Era una nueva forma de entender la sociedad, el individuo, el Estado y nuestra propia vida en común. Thatcher había aprovechado las grietas del consenso socialdemócrata para crear una nueva hegemonía a partir de una ideología populista-autoritaria. Lo que estaba en juego no era una contienda electoral más, sino el sentido común del pueblo británico.

En nuestro presente, es el pensamiento neoliberal de “la globalización feliz” el que sufre una fuerte erosión. Esta no se ha traducido ni mucho menos en un movimiento automático hacia la izquierda. El neoliberalismo en crisis se ha recombinado con rostros neoautoritarios y una radicalización de ideas derechistas. España, con la inédita experiencia del gobierno de coalición progresista, se ha convertido en una excepción europea. Pero el auge de la extrema derecha aparece también aquí como algo irresistible y ello acrecienta nuestra angustia. La izquierda no solo ve menguar su espacio social y pierde votos, sino que ha perdido conexión con “demasiados mundos” en una sociedad cada vez más fragmentada. Si está dominada por algún estado de ánimo, ese es la desorientación.

Resulta, hasta cierto punto, inevitable. A pesar de las conquistas gubernamentales y las victorias parciales, la izquierda pierde terreno día a día. Los grandes números de la macroeconomía no compensan los males persistentes de la vida cotidiana. La transformación del mercado de trabajo se ve deslucida ante la crisis de la vivienda. Y a ello se une un cierto agotamiento moral e intelectual. Lejos queda el masivo y transversal movimiento del 15M, el dinamismo del primer Podemos o la innovación de los Ayuntamientos del cambio. Aquel momento originario de la épica pasó y no va a volver. Y hoy nuestra realidad desafía creencias asentadas como que los cambios más importantes se producen desde el gobierno o que la mejoría de “lo económico” debería granjearnos apoyos y lealtades sólidas.

Si en “la batalla por las ideas socialistas en los años 1980”, Hall combatía un cierto “tradicionalismo marxista” que consideraba invencibles las ideas socialistas, hoy nos habríamos autoconvencido de la inevitabilidad de la derrota. El asalto por tierra, mar y aire al gobierno de coalición por parte de las derechas solo podría dar paso a una mayoría absoluta de la derecha y la ultraderecha, y a un gobierno de coalición del PP y de Vox. Parecemos haber olvidado “la centralidad de las ideas políticas y la lucha por ganar corazones y mentes para el socialismo”.

Si “lo de Rufián y Emilio” ha sido un punto de inflexión, es porque nos ha sacado de ese ensimismamiento previo. Ha levantado la moral del pueblo de izquierdas y ha conectado con una profunda voluntad de resistencia como ha mostrado la encuesta de Ateneo del Dato realizada para eldiario.es. Además, ha tenido efectos innegables y desiguales en el ecosistema partidista de la izquierda. Algunos lo han sabido acoger de manera positiva, mientras otros han señalado los límites o lo han criticado ferozmente. Pero no deberíamos hacerlo por aquello que resulta irremediable. Si era un niño torpe dando sus primeros pasos, es porque intenta y debería aspirar a ser algo nuevo. Si se movía a tientas en una habitación oscura, es porque comparten nuestra misma desorientación. Por último, contiene una rectificación a elementos del ciclo anterior.

Gabriel Rufián apenas llegó a balbucear un método y Emilio Delgado planteó esencialmente la necesidad de levantar un bloque democrático más allá de lo electoral. Algunas de sus intuiciones principales son correctas. Como apunta la misma encuesta, el método Rufián, diseñado con inteligencia y generosidad, contribuiría a evitar el precipicio. Pero esto no es lo mismo que construir un bloque social y político con un proyecto alternativo del país. Ello requeriría tiempo y sobre todo la reconstrucción del pueblo (español) de izquierdas.

El estudio del centro de investigación señala algo más: nuestra propia “crisis de la socialdemocracia”. En la actualidad, numerosos votantes socialistas que apoyaron a Pedro Sánchez el pasado 23-J están en busca de una alternativa honesta y creíble de izquierdas. Pero esa alternativa no existe ni electoral, ni culturalmente. En todo caso, no reconstruiremos un pueblo en base a cálculos electorales mirando las provincias. Ni tampoco convocándolo en exclusiva para “parar al fascismo”. Necesitamos revitalizar nuestras ideas (eco)socialistas, escuchar los malestares sociales y volver a dirigirnos a todo nuestro pueblo.

El largo camino de la renovación requiere recuperar el orgullo de ser militante y de compartir una manera (socialista) de ver el mundo – algo pudimos intuir en el acto de “Un paso adelante”, protagonizado por Más Madrid, Izquierda Unida, Comuns y Movimiento Sumar. También ser conscientes de la crisis general que atraviesan nuestras sociedades para rearticular una amplia coalición social en favor de un proyecto de transformación democrática. Y exige, por último, un balance honesto de la experiencia de gobierno de coalición. Si hoy Vox crece como la pólvora, es, en buena medida, por estar sabiendo canalizar el rencor y el malestar antipolítico contra el gobierno después de alejarse del poder autonómico.

La izquierda no puede conformarse permanentemente con gestionar una parte minoritaria de la coalición de gobierno sin capacidad de dirección cultural. No podemos conformarnos con una agenda heredada y conservadora, mientras crecen los monstruos. Dar forma política a esa pulsión de cambio desde la izquierda, que pone de manifiesto el sintomático liderazgo de un atípico independentista catalán, implica asumir una tarea doble y casi contradictoria. Salvar el precipicio y emprender el largo y paciente trabajo de reconstruir un pueblo. Lo urgente es evitar la derrota. Lo imprescindible es volver a construir otros mundos.