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Irán, cómo quedar atrapado y luego querer salir de una guerra

24 de marzo de 2026 21:59 h

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El presidente de Estados Unidos ha anunciado que ha abierto conversaciones con Irán, aunque se conocen pocos datos. Parece una sorpresa, pero no lo es. En los conflictos armados que carecen de legitimidad jurídica internacional, es decir, que no cuentan con el aval del sistema multilateral ni se ajustan a los principios de la Carta de las Naciones Unidas, como es el caso de la guerra de Irán, la potencia que inicia las hostilidades suele enfrentarse rápidamente a un problema estructural de legitimidad.

En el caso de Estados Unidos, cuando una intervención es percibida como unilateral, preventiva o impulsada por intereses geopolíticos más que por una amenaza inminente claramente reconocida, el programa nuclear, el coste reputacional se acumula desde el primer momento. Si además la decisión ha estado influida o impulsada por un aliado estratégico como Israel, que también participa activamente en la acción militar, el conflicto puede ser interpretado internacionalmente como una operación concertada al margen del derecho internacional, lo que refuerza las percepciones de ilegitimidad. En este contexto, la narrativa justificativa, basada en seguridad y la lucha contra amenazas, tiende a erosionarse frente a contra narrativas que enfatizan la agresión, el desequilibrio de poder y el impacto humanitario. La pérdida del “relato” no es un elemento accesorio, sino central, pues condiciona las alianzas (casi inexistentes), debilita apoyos internos y externos, y otorga una ventaja política y simbólica al adversario, aunque esté debilitado a escala militar.

A medida que el conflicto se prolonga y los resultados militares no son concluyentes, la potencia agresora puede quedar atrapada en una dinámica de lo que denominamos “trampa de compromiso”, donde retirarse implica asumir costes políticos internos (pérdida de credibilidad, desgaste electoral, cuestionamiento del liderazgo), y continuar la guerra incrementa los costes humanos, económicos y diplomáticos. Este fenómeno, ampliamente estudiado en la literatura sobre “guerras de elección”, se agrava cuando la decisión inicial no fue plenamente racional o estuvo mediada por percepciones sesgadas, presión de aliados o marcos ideológicos rígidos. En tales escenarios, la potencia no solo enfrenta dificultades operativas sobre el terreno, sino también una creciente deslegitimación global que limita sus opciones estratégicas. Los aliados se distancian, los foros multilaterales se vuelven críticos y la opinión pública internacional se moviliza en contra. El resultado es una guerra cada vez más difícil de ganar, no solo en términos militares, sino también políticos, donde la salida se vuelve compleja porque cualquier opción (escalar, negociar o retirarse) conlleva costes elevados, evidenciando cómo decisiones iniciales poco fundamentadas pueden encadenar a una potencia a un conflicto del que no puede salir sin pagar un precio significativo.

La única salida plausible pasa por un acuerdo diplomático que permita a todas las partes preservar una apariencia de éxito, evitando la lógica de vencedores y vencidos. Se trataría de construir un nuevo relato en el que el éxito no resida en la victoria militar, sino en la capacidad de haber concertado el fin de la guerra y contener sus costes, aunque ello no suponga una paz plena ni resuelva las causas profundas del conflicto. En este sentido, es necesario insistir en la irracionalidad de una guerra que difícilmente puede justificarse si se tienen en cuenta las oportunidades diplomáticas existentes antes del estallido del conflicto. Irán había expresado su disposición a renunciar al componente militar de su programa nuclear bajo mecanismos de verificación internacional. La opción por la vía militar supuso, por tanto, desestimar alternativas reales de desescalada y cooperación, convirtiendo el conflicto en un error estratégico y político de gran alcance. Esta decisión ha contribuido a situar a Estados Unidos en una dinámica de “síndrome del sacrificio”, en la que el peso de las declaraciones iniciales, a menudo formuladas con precipitación, limita la capacidad de rectificación y obliga a sostener una línea de acción cada vez más costosa, no tanto por su eficacia, sino por la necesidad de no desmentir el compromiso adquirido.

Una variante es la “trampa del sacrificio”, que opera a nivel narrativo y cultural y que forma parte de la cultura política profunda estadounidense e israelí, hasta el punto de convertirse en una lógica autónoma, difícilmente cuestionable desde dentro. La “trampa del sacrificio” en los conflictos bélicos del siglo XXI se manifiesta de manera recurrente y devastadora en varios escenarios, siendo quizás el ejemplo más emblemático el de Estados Unidos en Afganistán, donde tras veinte años de guerra, aproximadamente 2.400 soldados muertos en combate, decenas de miles de heridos, y un gasto que superó los dos billones de dólares, resultaba políticamente imposible reconocer la derrota y marcharse, porque hacerlo habría significado que todos esos sacrificios humanos y materiales no habían servido absolutamente para nada, de modo que sucesivos presidentes estadounidenses fueron reencuadrando retroactivamente los objetivos de la misión, para poder proclamar algún tipo de éxito: Obama habló de “transición responsable”, Trump negoció los Acuerdos de Doha en 2020 presentándolos como un triunfo diplomático personal, y Biden ejecutó la retirada final en 2021 argumentando que el objetivo original, que era eliminar a Bin Laden, ya había sido cumplido en 2011, ignorando convenientemente que la misión había mutado durante dos décadas hacia la construcción de un Estado democrático estable, narrativa que se derrumbó de manera humillante cuando Kabul cayó en apenas 72 horas y los talibanes recuperaron exactamente el mismo poder que tenían antes de que comenzara toda aquella guerra. Un patrón muy similar ocurrió en Irak con la coalición liderada por Estados Unidos y el Reino Unido en 2003, o Arabia Saudita y Yemen a partir de 2015. Hay muchos otros ejemplos.

Lo que todos estos casos tienen en común es ese mecanismo psicológico y político por el cual cuantas más víctimas, dinero y prestigio se ha invertido en una guerra, más difícil resulta detenerla, porque los líderes no buscan entonces la paz real sino una narrativa de paz que les proteja políticamente en casa, recurriendo sistemáticamente a los mismos instrumentos: reencuadrar retroactivamente los objetivos originales para que parezcan cumplidos, buscar un tercero mediador que otorgue cobertura diplomática al acuerdo, proponer congelamientos del conflicto que se presentan como paz pero son simplemente pausas indefinidas, transferir la responsabilidad del futuro a la parte local diciendo “ellos deben defender su propia libertad”, o simplemente esperar que una nueva crisis internacional desvíe la atención mediática. Las trampas del “compromiso” y del “sacrificio” son complementarias, aunque conceptualmente distintas, pues la primera es esencialmente estratégica y externa, y la segunda es moral y emocional. Pero ambas llevan al mismo resultado: prolongar conflictos más allá de lo racional, por lo que los Estados implicados, en este caso Estados Unidos, y, en menor medida, Israel, se ven obligados a salir del atolladero donde se han metido, guardando las apariencias para no mostrar que han quedado atrapadas en un callejón sin salida, por lo que aceptan una retirada que parezca honrosa, e incluso victoriosa.

En definitiva, la supuesta apertura de conversaciones diplomáticas entre Estados Unidos e Irán, no hace sino confirmar una verdad incómoda que la historia de los conflictos bélicos modernos ha demostrado con reiterada contundencia: iniciar una guerra sin haber evaluado con rigor sus consecuencias políticas, tanto para el agresor como para el agredido, equivale a adentrarse en un laberinto del que, tarde o temprano, se buscará la salida por la misma puerta que nunca debió abrirse. La irracionalidad no reside únicamente en los errores tácticos o en la subestimación del adversario, sino en algo más profundo y estructural: en la incapacidad o la negativa de quienes toman la decisión de ir a la guerra de asumir que el campo de batalla más determinante no es el militar, sino el político, el simbólico y el narrativo.

Cuando una potencia desencadena hostilidades sin legitimidad internacional, sin claridad sobre sus objetivos reales y sin una estrategia de salida viable, no está eligiendo entre la guerra y la paz, sino entre distintas formas de derrota política. Las trampas del compromiso y del sacrificio no son accidentes del camino, son la consecuencia lógica e inevitable de decisiones iniciales adoptadas bajo presión, sesgo ideológico o cálculo electoral, y no bajo la fría racionalidad que exige comprometer vidas humanas y el prestigio de un Estado. Por ello, cualquier proceso de negociación que se produzca en estas circunstancias no debe leerse como un acto de habilidad diplomática, sino como el reconocimiento implícito de un fracaso que se intentará disfrazar con el lenguaje de la victoria, perpetuando así la última y más perniciosa irracionalidad de toda guerra mal concebida: la de no poder terminarla sin mentir sobre cómo comenzó.