Keir Starmer no es un “hombre decente” al que le falló la suerte
¡Adiós muy buenas, Keir Starmer! El derrocado primer ministro todavía se estaba secando las lágrimas y ya habían comenzado las declaraciones solemnes. El líder laborista es “una persona de principios” y “lo mueve un profundo sentido del servicio público y de deber hacia este país”, dijo David Lammy, viceprimer ministro. Demostró “la gran dignidad e integridad que caracterizan a este hombre”, dijo Ed Miliband, ministro de Energía. “Un servidor público devoto y dedicado”, dijo Shabana Mahmood, ministra de Interior.
No. No estamos hablando de un hombre decente derrotado por las circunstancias, ni de un líder de principios abatido por los acontecimientos, y tampoco de un hombre íntegro y con sentido del deber que, sencillamente, ocupaba el cargo equivocado. Estamos hablando de un político sin principios que abandonó sus promesas con el mismo entusiasmo con el que se embolsó los regalos que le hacían donantes de mucho dinero.
En su discurso de dimisión, Starmer dijo que cuando le tocó asumir el cargo, el Partido Laborista estaba “política y moralmente en bancarrota”. Starmer no solo había formado parte del gabinete en la sombra de Jeremy Corbyn, sino que se había declarado “100% a su lado”. Durante su candidatura a la presidencia, Starmer elogió a su predecesor por aportar “radicalismo” al Partido Laborista y dijo que no “iban a menospreciar los últimos cuatro años”. Se refería una y otra vez a Corbyn como a un “amigo”, denunciando el “terrible” ataque de los medios contra él.
Pero Starmer solo era la cara visible de una operación de la derecha laborista que se había fijado un objetivo claro: convencer a las bases de izquierdas para que volvieran a entregar el partido a las mismas personas que despreciaban lo que el partido había defendido hasta ese momento.
En el centro de la conspiración figuraba Morgan McSweeney, un solucionador profesional al servicio de la derecha laborista, y Labour Together, su centro de estudios, multado por la Comisión Electoral debido a las generosas contribuciones no declaradas que había recibido de donantes acaudalados. Cuando algunos periodistas se pusieron a investigar el origen de esas donaciones, Josh Simons (el sucesor de McSweeney) contrató a una empresa de relaciones públicas para desacreditarlos. Simons, por supuesto, terminó siendo elegido diputado, escaño que ocupó hasta que hubo de cederlo para abrirle paso a Andy Burnham.
En campaña, Starmer hizo varias promesas para ganarse a las bases: subir los impuestos al 5% de la población de mayor riqueza; nacionalizar los servicios básicos; eliminar las tasas universitarias; lograr “un sistema de inmigración basado en la compasión y en la dignidad”; poner a los derechos humanos “en el centro de la política exterior”; y abolir la Cámara de los Lores. Cuando llegó al poder, Starmer no cumplió con sus promesas o hizo todo lo contrario.
Poco después de su elección como líder, Starmer suspendió como miembro del Partido a su predecesor, Corbyn, antes de expulsarlo definitivamente en 2023. Él y Corbyn nunca habían sido amigos, dijo mientras se distanciaba de sus anteriores promesas de campaña. Esto no fue pragmatismo, sino un engaño. Durante su candidatura a la presidencia, Starmer había dicho a la BBC que el compromiso de la nacionalización de los servicios públicos figuraría en el próximo programa electoral laborista. Al año siguiente, negó haber dicho eso jamás. “Nunca me comprometí con la nacionalización, me comprometí con la propiedad común”, dijo a la BBC.
Starmer había prometido un partido que sería como una “iglesia amplia”. En vez de eso, suspendió a diputados laboristas o impidió la presentación a elecciones de candidatos que habían criticado al estado de Israel o se habían opuesto al límite de dos hijos para las prestaciones sociales. Su maquinaria impidió la presentación de candidatos de izquierda como Faiza Shaheen y como Lauren Townsend.
Lo de haberse hecho cargo de un Partido Laborista “moralmente en bancarrota” no se lleva bien con el hecho de que fue Corbyn, abogado especializado en derechos humanos, el que defendió que Israel cortara el suministro de electricidad y agua en Gaza. El Partido Laborista se negó a respaldar un alto el fuego durante casi 20 semanas en las que Israel redujo Gaza a escombros, matando a decenas de miles de personas y permitiendo que sus líderes hicieran declaraciones genocidas.
El “derecho a la autodefensa” de Israel ocupó el espacio dejado por el desaparecido derecho a la vida de los palestinos. Ante la dimisión de los concejales laboristas por lo que ocurría en Gaza (concejales musulmanes, en su mayor parte), un dirigente laborista se jactó de que el partido estaba “sacudiéndose las pulgas”. Al Partido Laborista le llevó seis meses respaldar oficialmente un alto el fuego.
La autodestrucción total de los conservadores sirvió en bandeja la victoria electoral de Starmer. Pero solo ganó con un tercio de los votos. Si su victoria fue aplastante se debe en exclusiva al absurdo sistema electoral del Reino Unido.
Pronto demostró que desembarazarse de una visión política era más fácil que ofrecer alternativas. El año pasado, cuando su gobierno suprimió la ayuda universal para la calefacción durante el invierno, Starmer confiaba en un electorado que respetaría su capacidad para tomar “decisiones difíciles”. En vez de eso, un ataque así contra los jubilados indignó a los votantes, que acabaron haciéndole dar marcha atrás parcialmente. Lo siguiente para el gobierno laborista fue poner en el punto de mira a las prestaciones por discapacidad, hasta que un rechazo masivo forzó otra retirada parcial.
Se suponía que ser competente era el rasgo que mejor definía a Starmer, que siempre encontró chivos expiatorios para su caótica gestión. Como Sue Gray, la ex alto cargo del servicio público británico que debía preparar la llegada al gobierno, víctima de una avalancha de comentarios negativos antes de ser sacrificada, como ocurrió a tantos otros.
Este líder “de principios” defendió en su día la libre circulación y reprendió al Partido Laborista por tener “un poco de miedo a defender los aspectos positivos de la inmigración”. Hasta que llegó al cargo de primer ministro, y declaró, en el estilo de Enoch Powell, que la inmigración había causado un “daño incalculable” y que se corría el riesgo de convertir a Gran Bretaña en una “isla de extraños”, creando a la vez uno de los sistemas de asilo más duros de Europa.
No es el único entorno hostil para una minoría marginada: según el Índice Arcoíris de ILGA-Europa, el historial del Reino Unido en materia de derechos trans figura ahora mismo entre los peores de Europa, solo ligeramente mejor que el de Rusia.
El gobierno de Starmer incumplió una promesa tras otra. Su revolución en la construcción de viviendas no llegó a materializarse. Del “no al retorno a la austeridad” se pasó a recortes en los ministerios, con grandes reducciones en las partidas de ayuda internacional.
Mientras tanto, el autoritarismo interno del Partido Laborista se extendió por todo el país. Miles de personas han sido detenidas por llevar pancartas desde que el grupo de acción directa contra el genocidio Palestine Action fuera declarado organización terrorista, al mismo nivel que el Estado Islámico.
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