Cazar inmigrantes: anatomía de una expresión perversa
El diputado de Vox apellidado Figaredo, de cuyo nombre ni me acuerdo ni falta que me hace, con motivo de la entrada de personas en Ceuta, dijo que “a los inmigrantes había que cazarlos a todos uno a uno”. Cuando un diputado pronuncia la expresión “cazar inmigrantes”, no está describiendo una política pública, está dando cuenta de un modo de entender la política, de un estado de conciencia, de un sentir y de una intencionalidad muy precisas. La palabra 'caza' —esa vieja conocida del campo semántico de la violencia— irrumpe en el debate público como un invitado especial que se sienta en primera fila y exige protagonismo.
La metáfora, por supuesto, no es casual, y menos viniendo de quien la dice. En política, las palabras nunca son banales, tienen una intencionalidad del autor que las dota de un significado preciso del que quizá carecen en el uso común. 'Cazar' no es gestionar, ni regular, ni siquiera controlar la inmigración en Ceuta o en cualquier otro lugar. 'Cazar' es una metáfora bélica del campo semántico de la agresión; significa perseguir, abatir, hostigar, importunar, pescar (también utilizado por el diputado), aprisionar, atrapar o reducir una presa. Y ahí está el truco o la aviesa intención: basta con deslizar el término (cazar inmigrantes uno a uno) para que el imaginario colectivo se active. De pronto, los individuos dejan de ser personas y pasan a ser piezas móviles en un escenario de montería, que el señor Figareredo, de gobernar, llevaría a cobo como montería institucional.
El lenguaje no es algo baladí, sirve para encuadrar la realidad. La estrategia es conocida y se llama framing político. Consiste en elegir palabras que no describen denotativamente la realidad, sino que la reconfiguran. En este caso, con un solo golpe de voz, la inmigración deja de ser un fenómeno social, económico o humanitario para convertirse en un problema de seguridad, en una piara de jabalíes sueltos. Y, claro, si hay un problema de seguridad, ¿qué mejor que un Estado cazador, siempre alerta, siempre armado de metáforas contundentes? Se trata de, si no es posible ahuyentarlo, de matar al jabalí, de cobrarse las piezas una a una, como afirmaba en su discurso el diputado Figaredo.
Evidentemente el sujeto que emplea esta forma de hablar tan expresiva, incluso tan apelativa, y tan poco denotativa, no está informando, está performando, es decir, está creando un clima y construyendo un relato donde él aparece como guardián de la frontera y donde el inmigrante se convierte en amenaza difusa. Es una forma eficaz de polarizar, de encender los sentimientos más bajos de la masa acrítica y, por supuesto, sin la voluntad de solucionar nada.
La ironía suele ser inevitable. Resulta curioso —y aquí la ironía se impone sola— que quienes hablan de “caza” suelen ser los mismos que luego reivindican la serenidad del debate y echan las culpas a otros (el tal Figaredo siempre se las echará a Sánchez). Quienes vemos la realidad y oímos estas cosas tenemos difícil mantener la serenidad ante estas escopetas lingüísticas que se descargan ante los micrófonos. Porque, seamos francos: si el objetivo es generar titulares de una prensa engrasada, la expresión funciona. Si el objetivo es mejorar la convivencia, ya es otra historia.
Y en llegando aquí se me plantea el problema ético. Más allá del estilo, del léxico utilizado (cazar), hay un fondo que conviene no perder de vista. La metáfora de la caza deshumaniza. Y cuando alguien intencionadamente deshumaniza, abre la puerta a justificar medidas que, en un marco de derechos humanos, resultan difíciles de sostener. Y aún diría más y es que la expresión choca con el marco jurídico europeo, que obliga a tratar a toda persona migrante con dignidad, independientemente de su situación administrativa. Las instituciones, y un diputado lo es, no están para perseguir presas, sino para garantizar derechos. Confundir ambas cosas es, como mínimo, imprudente. Creo, y no soy malpensado, que el diputado Figaredo sabía lo que decía y tenía intención de decirlo así.
Mi conclusión sobre estas expresiones intencionadas y perversas es que la expresión 'cazar inmigrantes' es un ejemplo perfecto de cómo una palabra puede oscurecer más que iluminar, además de no aportar precisión, no ayudar a comprender, no mejorar el debate.
Evidentemente lo que sí genera es ruido, tensión y una épica de confrontación que algunos consideran, desgraciadamente, útil.
En ese sentido, es una metáfora eficaz… aunque no precisamente elegante. En definitiva: si el diputado pretendía elevar el nivel del debate, eligió la palabra equivocada. Si pretendía llamar la atención, lo consiguió. Y si pretendía que lo tomáramos en serio, quizá debería revisar su arsenal retórico.
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