La menguante democracia del mundo
El mundo político de 2026 está viviendo un declive en la cultura y la realidad democrática en diversas regiones del planeta. Entendemos por democracia un concepto que se remonta a la Grecia clásica y que se resume en la potestad de decidir colectivamente, porque el pueblo es el titular del poder político.
La democracia es igualdad. Igualdad frente a la ley (enmienda XIV de la Constitución de EEUU) y en el goce de los derechos (artículo 1 de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789).
La democracia es libertad. Como límite al poder político (Locke) o como voluntad general ilimitada y soberana (Rousseau). Siempre anhelo de los individuos y los pueblos. Una persona es libre si se somete a las leyes que ha decidido hacer.
La democracia es también participación, que se hace posible, no solo a través del sufragio, sino de la libertad de opinión y del derecho a la información (artículo 20 de la Constitución española). Es la evolución desde una democracia representativa y delegativa a una democracia que Habermas llamó democracia deliberativa.
La democracia protege los intereses personales esenciales y evita la tiranía que León XIV repetidamente viene condenando. La democracia, en definitiva, como dice Asa Wikfurss, es la forma de gobierno que mejor sirve a la humanidad y a los seres humanos. Se toma en serio la razón y el conocimiento.
Pero la democracia es vulnerable, porque es abierta, por ejemplo, ante la desinformación. Así, ocurre que el mundo está cambiando. El número de regímenes democráticos disminuye.
En los años 80 y 90 del siglo pasado el número de democracias en el mundo aumentó. Sin embargo, a partir del comienzo del siglo XXI, la democracia retrocede. Hoy, según los datos que suministra Varieties of Democracy (V-Dem) —la mayor fuente de información existente sobre democracia— 45 países que representan el 43% de la población están en proceso de autocratización. En muchos lugares, la gente parece estar insatisfecha con la democracia, probablemente por el crecimiento imparable de las desigualdades globales y por la desinformación galopante.
A principios de 2026 el número de autocracias en el mundo son 92, frente a 87 democracias. El 74% de la población del planeta vive bajo regímenes autocráticos.
En la actualidad, como advierte Jesús de Miguel, el nivel de democracia en la Europa occidental y Norteamérica está al nivel más bajo en cincuenta años. El factor que más influye en ello es la deriva de EEUU, que en el ranking de democracias de V-Dem ha descendido del puesto 20º al 51º, de un total de 179 países. Por contraste, por cierto, España ha pasado del puesto 26 al 21.
La concentración de poder en el “ejecutivo solitario”; la limitación de los derechos civiles; el asedio a las universidades y los medios, y la política exterior de Donald Trump, violando el derecho internacional y oponiéndose bruscamente al multilateralismo, explica el descenso abrupto del nivel democrático de Estados Unidos. Trump inició la guerra con Irán sin provocación previa de éste y sin autorización del Congreso, tras lo cual amenazó con acabar con toda la civilización iraní.
La política de Trump ha terminado por debilitar los intereses de su propio país y la democracia global, dando un malísimo ejemplo a imitar por otras potencias, a las que se regala una entidad democrática que no poseen: Rusia es una “autocracia electoral” y China una “autocracia cerrada” según V-Dem.
De acuerdo con lo anterior, EEUU ha dejado de pertenecer a lo que V-Dem llama “democracias liberales”, que garantizan con solidez las libertades y la separación de poderes. Según esa valoración, las democracias liberales sólo existen en la actualidad en países que representan al 7% de los habitantes del mundo.
EEUU habría pasado a ser lo que V-Dem llama “democracias electorales”, o incompletas, en donde los elementos que atribuimos a las democracias plenas están afectados seriamente. Es lo que en Europa se ha dado en llamar “democracias iliberales” (la Hungría de Orbán era el mejor ejemplo).
Este panorama se completa con el impetuoso crecimiento de partidos populistas en el mundo occidental. De orientación autoritaria. Negacionistas del cambio climático o de la violencia de género. Opuestos a los movimientos migratorios y las minorías étnicas. Partidos que han utilizado para sus objetivos electorales las redes sociales o las plataformas digitales fraudulentamente. Es lo que sucedió en la campaña del referéndum por el Brexit en el Reino Unido (caso Cambridge Analytica). El nuevo mundo digital ha recibido la denominación de “era de la posverdad”.
En la era de la posverdad la sinceridad en política ya no es tan relevante. Karanach y Rich definen esta situación por las siguientes características:
- La difuminación entre opinión y hechos. Los hechos no son suficientes.
- La superioridad de la experiencia personal por encima de los hechos.
- La pérdida de confianza en las fuentes de información clásicas.
- El aumento del desacuerdo entre los hechos y la interpretación de los datos.
Un ejemplo de esta dicotomía es el cambio climático: es difícil o imposible entenderse si hay un desacuerdo de base sobre un hecho demostrado científicamente.
Ante esa disruptiva realidad, ante la “decadencia de la verdad”, gana en importancia la lucha por la democracia como forma de gobierno. Un gobierno en el que ninguna opinión es desechable, tal y como enfatizaba Stuart Mill en su Sobre la libertad (1859). Una forma política en la que se distingue “convencer” de “persuadir” (Wikforss). Convencer es tratar al otro como un ser capaz de tener un pensamiento independiente. Persuadir es tratar al otro como un objeto.
Hay una última reflexión a hacer sobre la democracia contemporánea, sobre su dimensión supranacional, superadora del más estricto nacionalismo. El orden mundial basado en el derecho internacional y en la Carta de Naciones Unidas no ha muerto, aunque esté obviamente amenazado. La democracia política y constitucional necesita de una dimensión por encima de los Estados nacidos en 1648 del Tratado de Westfalia. Es lo que llamamos multilateralismo. Sin él, en el siglo XXI, la democracia se debilita y no puede desarrollarse conforme a sus principios fundamentales. Porque la vocación de la democracia es convertirse en una fuerza global y, con ello, en una verdadera civilización.