Reflexiones en torno a la cumbre de la OTAN

Analista de la Fundación Alternativas y general de brigada retirado —

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Si desapareciera el militarismo y se destruyeran todas las armas nucleares, si se iniciara un proceso progresivo e irreversible de desarme y de reconversión de la industria militar, las sociedades humanas dejarían atrás la violencia y su convivencia se basaría en la construcción común de la seguridad política, económica, sanitaria, alimentaria y medioambiental. O no. Tal vez los hombres y mujeres siguieran peleando con piedras, palos, o lo que tuvieran a mano, si no desaparecieran el egoísmo, el deseo de poder, el miedo, el impulso de sobrevivir –o de vivir mejor– a costa de los otros. Y puede que estos sentimientos sean bastante más difíciles de erradicar que las fábricas de armas. Los ejércitos no son la causa del bajo grado de evolución de la especie humana, sino su consecuencia.

En todo caso, la desaparición del militarismo y de los armamentos –nucleares o convencionales– tendría que hacerse simultáneamente por todos los actores mundiales a la vez –estatales y no estatales– para que fuera eficaz. En otro caso, no conduciría a la libertad, para aquellos que lo hicieran unilateralmente, sino a la esclavitud. Nadie puede negar el derecho a la legítima defensa, aunque en su nombre se hayan cometido atrocidades, mientras haya alguien que tenga la capacidad de agredir, como nadie puede negar a un individuo el derecho a poner una cerradura en su casa mientras exista la propiedad, o -dicho de otro modo- mientras haya alguien que esté dispuesto a quedarse con lo que tiene, aunque lo necesite para sobrevivir.

Todos los Estados –y muchos actores no estatales– defienden sus intereses, que no son siempre los intereses de todos sus ciudadanos, sino preferentemente –en mayor o menor medida dependiendo de su grado de desarrollo democrático- los intereses de quienes dominan las respectivas estructuras políticas. Para eso hace falta poder, y tiene más poder el que mejor puede imponerse a los demás. Todos –o casi todos- están dispuestos a emplear la violencia para defender lo que tienen. Y muchos también para obtener lo que no tienen, sean recursos, riquezas o territorios, a costa de los que no tengan suficiente fuerza para defenderlos. Este estado de cosas no va a cambiar por arte de magia hasta que toda la Humanidad, o la gran mayoría, se convenza de que es mejor compartir y vivir en paz, que destruir para acumular. Entonces, nadie podrá impedir el camino a la paz durante mucho tiempo.

La única diferencia es que, en las democracias liberales, se pueden hacer manifestaciones, se puede decir que estamos en contra del militarismo, que queremos un mundo en paz y colaborativo. Pero hay otros países u organizaciones donde nadie se atrevería a hacerlo. Y mientras ellos no cambien, nada cambiará. Así que los que se manifiestan o protestan donde está permitido, lo hacen de un modo asimétrico, y por tanto poco justo, sin ninguna posibilidad de éxito global. ¿Qué hacer entonces? ¿Nada?

No, las manifestaciones están bien. Aunque no sirvan de mucho, al menos dan una muestra de que no todo el mundo está de acuerdo con la situación, y difunden la idea de que otro mundo es deseable. Pero las estructuras de poder siguen existiendo, y seguirán existiendo mientras una mayoría no quiera lo contrario. El único camino es educacional, didáctico, evolutivo y –al final- político: el acceso al poder de aquellos que no quieren el poder, ni tienen intereses que defender. Pero debe hacerse en todo el mundo, o no funcionará, en esto no sirven las vanguardias.

La cumbre de la OTAN, que va a tener lugar estos días en Madrid, no es sino una expresión más de este estado de cosas. Ha bastado el ataque de Rusia a Ucrania para que una organización que estaba en sus horas más bajas, después de la desconfianza que había producido en los aliados europeos la errática y egoísta política de Donald Trump y la apresurada y caótica retirada de Afganistán, haya vuelto a la vida con más fuerza que nunca y se haya erigido de nuevo como la única organización capaz de garantizar la seguridad de los europeos frente a la amenaza del agresivo oso ruso. Una amenaza que no existe en realidad. Puede ser verosímil para Moldavia o Georgia, pero no lo es para la Unión Europea. 

Rusia no está en condiciones de ir tan lejos y no irá salvo que se le ponga en peligro existencial. Eso lo saben todos los que se reúnen en Madrid, pero no importa. Moscú les ha ofrecido en bandeja la excusa perfecta para reforzarse como el mayor polo mundial de poder ante el enfrentamiento que se perfila en el horizonte contra China –probablemente acompañada ahora por Rusia– y sus aliados en el sur global. La agresión de Rusia a Ucrania, junto con una potente campaña mediática, ha tenido el efecto de poner a la mayoría de los europeos a favor de la OTAN –ante la falta de alternativa–, incluso en países tradicionalmente neutrales como Suecia o Finlandia. Aunque en este caso, salvo un acuerdo de última hora -que no parece probable-, Turquía impedirá que se acepte en Madrid la candidatura de estos países, con lo que la cumbre perderá parte del brillo histórico que pretendía.

Estructuras de poder y de intereses, embellecidas con el marchamo de la democracia y la libertad. Protección de la riqueza y el bienestar del primer mundo –o por mejor decir de parte de los habitantes del primer mundo– frente a aquellos que pretenden un trozo del pastel, que probablemente no le harían tampoco ascos a cambiar completamente las tornas a su favor si pudieran. Y aún podemos considerarnos afortunados respecto a países como Rusia o China, donde ni siquiera se puede controlar a quien controla, y el riesgo de que la violencia se escape de las manos es aún mayor.

La OTAN es una reliquia de la guerra fría que sobrevive por la incapacidad de los europeos para asumir sus responsabilidades en el campo de la seguridad. Sin embargo, el escenario tampoco sería radicalmente diferente si la UE lograra dotarse de su anhelada autonomía estratégica y dejara de depender de EEUU para su defensa. Los intereses de los europeos difieren muy poco de los de EEUU. Quizá la UE es algo diferente en la forma de defenderlos, puede que dé mayor importancia a los valores en las relaciones internacionales. Los europeos tenemos a gala ser los primeros del mundo en ayuda al desarrollo, favorecer la cooperación y la solidaridad por delante de la imposición, respetar las normas internacionales que en buena parte producimos. Tal vez Europa, liberada de su dependencia, pudiera jugar un papel de equilibrio entre otras potencias más militaristas, ofrecer un modelo diferente. ¿Recogerá el Concepto Estratégico de la OTAN que se ha de aprobar en Madrid, la autonomía estratégica de la UE como un factor positivo en la seguridad de occidente que puede convivir con la existencia de la Alianza? Probablemente no, o no en términos suficientes, porque cualquier iniciativa en este sentido disminuiría el poder de EEUU, que es el líder indiscutible, y de sus aliados en Europa, empezando por el Reino Unido.

De todas formas, es difícil que la UE se pueda constituir en un polo geopolítico autónomo. Los europeos estamos demasiado divididos. Los países bálticos y Polonia querrían ver a Rusia destruida, o al menos tan debilitada como fuera posible, y ese es su único objetivo, que recibirá un amplio apoyo en la cumbre. Los del sur, con España en primera línea, quieren que la OTAN mire al norte de África y al Sahel, como origen de riesgos diversos como los tráficos de personas, drogas y armas, el terrorismo yihadista o el corte de suministros energéticos. De nuevo intentamos protegernos contra los efectos, sin dedicar atención y recursos suficientes a las causas. Considerar la inmigración clandestina como una amenaza es el colmo de la deshumanización de nuestras sociedades. Pero así es como somos.

Al final, la cumbre de la Alianza Atlántica va a dibujar una postura de firmeza y fortaleza, sobre todo ante Rusia, a la que se va a condenar al aislamiento durante años o décadas, y ante China, para lo que se involucrará a los aliados europeos en una pugna que se desarrolla muy lejos del Atlántico norte y que interesa solo o, principalmente, a EEUU. La OTAN saldrá más fuerte de la cumbre de Madrid, y tendrá mayor capacidad de disuasión. Pero la disuasión no es la paz, es solo la ausencia de guerra. La paz tendremos que trabajarla los hombres y mujeres de todo el planeta, tal vez durante siglos, cambiando el paradigma que nos hace creer que la felicidad es proporcional a la riqueza y que el egoísmo es la única forma de conservarla.

Si desapareciera el militarismo y se destruyeran todas las armas nucleares, si se iniciara un proceso progresivo e irreversible de desarme y de reconversión de la industria militar, las sociedades humanas dejarían atrás la violencia y su convivencia se basaría en la construcción común de la seguridad política, económica, sanitaria, alimentaria y medioambiental. O no. Tal vez los hombres y mujeres siguieran peleando con piedras, palos, o lo que tuvieran a mano, si no desaparecieran el egoísmo, el deseo de poder, el miedo, el impulso de sobrevivir –o de vivir mejor– a costa de los otros. Y puede que estos sentimientos sean bastante más difíciles de erradicar que las fábricas de armas. Los ejércitos no son la causa del bajo grado de evolución de la especie humana, sino su consecuencia.

En todo caso, la desaparición del militarismo y de los armamentos –nucleares o convencionales– tendría que hacerse simultáneamente por todos los actores mundiales a la vez –estatales y no estatales– para que fuera eficaz. En otro caso, no conduciría a la libertad, para aquellos que lo hicieran unilateralmente, sino a la esclavitud. Nadie puede negar el derecho a la legítima defensa, aunque en su nombre se hayan cometido atrocidades, mientras haya alguien que tenga la capacidad de agredir, como nadie puede negar a un individuo el derecho a poner una cerradura en su casa mientras exista la propiedad, o -dicho de otro modo- mientras haya alguien que esté dispuesto a quedarse con lo que tiene, aunque lo necesite para sobrevivir.

Todos los Estados –y muchos actores no estatales– defienden sus intereses, que no son siempre los intereses de todos sus ciudadanos, sino preferentemente –en mayor o menor medida dependiendo de su grado de desarrollo democrático- los intereses de quienes dominan las respectivas estructuras políticas. Para eso hace falta poder, y tiene más poder el que mejor puede imponerse a los demás. Todos –o casi todos- están dispuestos a emplear la violencia para defender lo que tienen. Y muchos también para obtener lo que no tienen, sean recursos, riquezas o territorios, a costa de los que no tengan suficiente fuerza para defenderlos. Este estado de cosas no va a cambiar por arte de magia hasta que toda la Humanidad, o la gran mayoría, se convenza de que es mejor compartir y vivir en paz, que destruir para acumular. Entonces, nadie podrá impedir el camino a la paz durante mucho tiempo.

La única diferencia es que, en las democracias liberales, se pueden hacer manifestaciones, se puede decir que estamos en contra del militarismo, que queremos un mundo en paz y colaborativo. Pero hay otros países u organizaciones donde nadie se atrevería a hacerlo. Y mientras ellos no cambien, nada cambiará. Así que los que se manifiestan o protestan donde está permitido, lo hacen de un modo asimétrico, y por tanto poco justo, sin ninguna posibilidad de éxito global. ¿Qué hacer entonces? ¿Nada?

No, las manifestaciones están bien. Aunque no sirvan de mucho, al menos dan una muestra de que no todo el mundo está de acuerdo con la situación, y difunden la idea de que otro mundo es deseable. Pero las estructuras de poder siguen existiendo, y seguirán existiendo mientras una mayoría no quiera lo contrario. El único camino es educacional, didáctico, evolutivo y –al final- político: el acceso al poder de aquellos que no quieren el poder, ni tienen intereses que defender. Pero debe hacerse en todo el mundo, o no funcionará, en esto no sirven las vanguardias.

La cumbre de la OTAN, que va a tener lugar estos días en Madrid, no es sino una expresión más de este estado de cosas. Ha bastado el ataque de Rusia a Ucrania para que una organización que estaba en sus horas más bajas, después de la desconfianza que había producido en los aliados europeos la errática y egoísta política de Donald Trump y la apresurada y caótica retirada de Afganistán, haya vuelto a la vida con más fuerza que nunca y se haya erigido de nuevo como la única organización capaz de garantizar la seguridad de los europeos frente a la amenaza del agresivo oso ruso. Una amenaza que no existe en realidad. Puede ser verosímil para Moldavia o Georgia, pero no lo es para la Unión Europea. 

Rusia no está en condiciones de ir tan lejos y no irá salvo que se le ponga en peligro existencial. Eso lo saben todos los que se reúnen en Madrid, pero no importa. Moscú les ha ofrecido en bandeja la excusa perfecta para reforzarse como el mayor polo mundial de poder ante el enfrentamiento que se perfila en el horizonte contra China –probablemente acompañada ahora por Rusia– y sus aliados en el sur global. La agresión de Rusia a Ucrania, junto con una potente campaña mediática, ha tenido el efecto de poner a la mayoría de los europeos a favor de la OTAN –ante la falta de alternativa–, incluso en países tradicionalmente neutrales como Suecia o Finlandia. Aunque en este caso, salvo un acuerdo de última hora -que no parece probable-, Turquía impedirá que se acepte en Madrid la candidatura de estos países, con lo que la cumbre perderá parte del brillo histórico que pretendía.

Estructuras de poder y de intereses, embellecidas con el marchamo de la democracia y la libertad. Protección de la riqueza y el bienestar del primer mundo –o por mejor decir de parte de los habitantes del primer mundo– frente a aquellos que pretenden un trozo del pastel, que probablemente no le harían tampoco ascos a cambiar completamente las tornas a su favor si pudieran. Y aún podemos considerarnos afortunados respecto a países como Rusia o China, donde ni siquiera se puede controlar a quien controla, y el riesgo de que la violencia se escape de las manos es aún mayor.

La OTAN es una reliquia de la guerra fría que sobrevive por la incapacidad de los europeos para asumir sus responsabilidades en el campo de la seguridad. Sin embargo, el escenario tampoco sería radicalmente diferente si la UE lograra dotarse de su anhelada autonomía estratégica y dejara de depender de EEUU para su defensa. Los intereses de los europeos difieren muy poco de los de EEUU. Quizá la UE es algo diferente en la forma de defenderlos, puede que dé mayor importancia a los valores en las relaciones internacionales. Los europeos tenemos a gala ser los primeros del mundo en ayuda al desarrollo, favorecer la cooperación y la solidaridad por delante de la imposición, respetar las normas internacionales que en buena parte producimos. Tal vez Europa, liberada de su dependencia, pudiera jugar un papel de equilibrio entre otras potencias más militaristas, ofrecer un modelo diferente. ¿Recogerá el Concepto Estratégico de la OTAN que se ha de aprobar en Madrid, la autonomía estratégica de la UE como un factor positivo en la seguridad de occidente que puede convivir con la existencia de la Alianza? Probablemente no, o no en términos suficientes, porque cualquier iniciativa en este sentido disminuiría el poder de EEUU, que es el líder indiscutible, y de sus aliados en Europa, empezando por el Reino Unido.

De todas formas, es difícil que la UE se pueda constituir en un polo geopolítico autónomo. Los europeos estamos demasiado divididos. Los países bálticos y Polonia querrían ver a Rusia destruida, o al menos tan debilitada como fuera posible, y ese es su único objetivo, que recibirá un amplio apoyo en la cumbre. Los del sur, con España en primera línea, quieren que la OTAN mire al norte de África y al Sahel, como origen de riesgos diversos como los tráficos de personas, drogas y armas, el terrorismo yihadista o el corte de suministros energéticos. De nuevo intentamos protegernos contra los efectos, sin dedicar atención y recursos suficientes a las causas. Considerar la inmigración clandestina como una amenaza es el colmo de la deshumanización de nuestras sociedades. Pero así es como somos.

Al final, la cumbre de la Alianza Atlántica va a dibujar una postura de firmeza y fortaleza, sobre todo ante Rusia, a la que se va a condenar al aislamiento durante años o décadas, y ante China, para lo que se involucrará a los aliados europeos en una pugna que se desarrolla muy lejos del Atlántico norte y que interesa solo o, principalmente, a EEUU. La OTAN saldrá más fuerte de la cumbre de Madrid, y tendrá mayor capacidad de disuasión. Pero la disuasión no es la paz, es solo la ausencia de guerra. La paz tendremos que trabajarla los hombres y mujeres de todo el planeta, tal vez durante siglos, cambiando el paradigma que nos hace creer que la felicidad es proporcional a la riqueza y que el egoísmo es la única forma de conservarla.

Si desapareciera el militarismo y se destruyeran todas las armas nucleares, si se iniciara un proceso progresivo e irreversible de desarme y de reconversión de la industria militar, las sociedades humanas dejarían atrás la violencia y su convivencia se basaría en la construcción común de la seguridad política, económica, sanitaria, alimentaria y medioambiental. O no. Tal vez los hombres y mujeres siguieran peleando con piedras, palos, o lo que tuvieran a mano, si no desaparecieran el egoísmo, el deseo de poder, el miedo, el impulso de sobrevivir –o de vivir mejor– a costa de los otros. Y puede que estos sentimientos sean bastante más difíciles de erradicar que las fábricas de armas. Los ejércitos no son la causa del bajo grado de evolución de la especie humana, sino su consecuencia.

En todo caso, la desaparición del militarismo y de los armamentos –nucleares o convencionales– tendría que hacerse simultáneamente por todos los actores mundiales a la vez –estatales y no estatales– para que fuera eficaz. En otro caso, no conduciría a la libertad, para aquellos que lo hicieran unilateralmente, sino a la esclavitud. Nadie puede negar el derecho a la legítima defensa, aunque en su nombre se hayan cometido atrocidades, mientras haya alguien que tenga la capacidad de agredir, como nadie puede negar a un individuo el derecho a poner una cerradura en su casa mientras exista la propiedad, o -dicho de otro modo- mientras haya alguien que esté dispuesto a quedarse con lo que tiene, aunque lo necesite para sobrevivir.