La socialdemocracia y el retorno del Estado
La socialdemocracia es un movimiento político ideológico que ha ayudado a construir la democracia liberal moderna. No es concebible el Estado constitucional del mundo occidental, esencialmente el europeo, sin la contribución de los partidos socialistas y socialdemócratas.
La socialdemocracia empieza por representar a la clase trabajadora en la primera revolución industrial de la segunda parte del siglo XIX. Ingresan en los parlamentos de las monarquías decimonónicas y luego en los gobiernos del siglo XX. Su momento de esplendor es la democracia europea de la II postguerra mundial - a lo que tardó en llegar España - aportando lo que se ha llamado Estado de Bienestar. En él la fiscalidad progresiva ha permitido servicios públicos potentes, sanidad pública, pensiones, educación universal, infraestructuras de seguridad. La presencia democrática de lo público da la personalidad al sistema político, y la socialdemocracia lo ha liderado.
La socialdemocracia perdió protagonismo en la medida en que, ante la igualdad tributaria entre estratos sociales, lo público dejó de ser un referente apreciado electoralmente. Sucedió cuando el Estado de Bienestar deja espacio al neoliberalismo anglosajón de los republicanos norteamericanos y los conservadores británicos. Y cuando el desarrollo impetuoso de la Unión Europea después de la implosión de la Unión Soviética se desvanece a partir de la crisis financiera de 2008-2013, que fue un verdadero castigo a la socialdemocracia. Porque la personalidad de la socialdemocracia es mucho más europea que americana.
El neoliberalismo, estandarte de los partidos de derecha, se caracteriza por el uso excesivo de los contratos temporales, menores salarios, menores impuestos -en especial a las rentas o patrimonios más altos -y menores contribuciones sociales. Menor cohesión social, por tanto, menor estabilidad política y menor desarrollo cultural. Aunque parezca mentira, esto es lo que ha ocurrido en Europa desde comienzos del siglo XX, cuando la desglobalización de cambio de siglo conduce a un estéril nacionalismo y proteccionismo compatible con un desvanecimiento de la autoridad del Estado.
Este proceso no sucedió de la misma manera en España. Su tardía incorporación a la democracia le ha proporcionado un predominio político al PSOE. La socialdemocracia española, por el momento, mantiene un liderazgo en buena medida por el éxito macroeconómico, una dinámica de crecimiento de producción y del mercado laboral estable muy superior a los de otros miembros de la Unión Europea. Alimentado por una inmigración muy alta.
Lo anterior no impide que en nuestro país una quinta parte de la población esté en riesgo de pobreza, afectando especialmente a la infancia. Aún queda mucho camino para cumplir la Agenda de Oporto sobre el pilar social europeo. Ello va unido a la desintegración de las clases medias, fenómeno extensible a toda la sociedad occidental, especialmente influido por el grave problema del acceso a la vivienda.
Las estructuras sociales de la base electoral han cambiado. Ya no es tan homogénea. Es más diversa, más joven, más femenina, más diferente desde muchos puntos de vista: valores, etnicidad, cultura demográfica (más envejecida). Todos estos ángulos ayudan a explicar los cambios en los fragmentados partidos políticos. Raphaël Glucksmann lo llama crisis de la socialdemocracia, que sería en realidad una crisis de la propia democracia, que necesita ser defendida desde una perspectiva global.
Vivimos un momento transicional. Frank Knight sugirió hace un siglo que la vida inteligente probablemente no podría existir sin incertidumbre, y George Shakle mantenía que vivir con incertidumbre es el precio a pagar si queremos tener imaginación. Sea como sea, sí cabe afirmar que el instrumento esencial del neoliberalismo ha sido el debilitamiento del Estado nación y de su instrumento fundamental: el poder fiscal.
La socialdemocracia necesita al Estado para llevar a la práctica su valor prioritario: la solidaridad. Sin él la socialdemocracia estaría ausente de capacidad para poner en práctica sus políticas básicas. Podemos constatar que, en estos momentos de incertidumbre, resurge toda una tendencia a actuar desde lo público para superar los problemas esenciales a los que se enfrenta la humanidad, con una visión de largo plazo. Un ejemplo de esta orientación nos la está dando ese “Estado mundial” que son las Naciones Unidas, tan vituperadas por el presidente del país más poderoso, que se ha situado en confrontación con el multilateralismo.
La concentración de poderes tecnológicos está fragilizando las instituciones de la democracia. Por eso, Naciones Unidas están configurando un instrumento fiscal: un “Model Tax Convention”, que pretende combatir la evasión fiscal a nivel mundial. Sigue la estela de lo que planteó en 2021 la OCDE, un impuesto global mínimo, el 15%, sobre las grandes compañías multinacionales, que se encargó de suprimir para los Estados Unidos Donald Trump. A pesar de ello, las negociaciones en Naciones Unidas continuarán hasta 2027, con un objetivo común: un impuesto a los superricos. Algo parecido plantean los países del Sur Global: una fiscalidad para las compañías multinacionales y los multimillonarios. Las próximas negociaciones serán en agosto. Lo que nos jugamos es la existencia de la propia democracia.
En un momento en el que el planeta gira en torno a la Inteligencia Artificial, la estabilidad financiera, el cambio climático y la inmigración, estas realidades no pueden ser gobernadas por países actuando por su cuenta. Se necesita una cooperación entre entidades públicas, que se impongan a acciones privadas poseedoras de un porcentaje altísimo de riqueza. Se necesita un retorno del Estado. Lo necesita sobre todo la socialdemocracia.