Trump, Groenlandia, sus tierras raras y la envidia hacia Canadá
Según ha expresado Trump en su plataforma Truth Social, el nuevo acuerdo entre Estados Unidos y Dinamarca sobre Groenlandia otorga “el control permanente sobre la seguridad y sobre todas las otras necesidades de EEUU en dicho territorio”, una cláusula “sin fecha de caducidad y válido de forma infinita”. Sin conocer el texto completo, hay varias cosas que sabemos desde hace tiempo, y una de ellas tiene que ver con Canadá, no con China o Rusia.
En diciembre de 2024, Trump ya publicó en su plataforma lo siguiente: “Por razones de seguridad nacional y de la libertad en todo el mundo, Estados Unidos considera que la propiedad y el control de Groenlandia son una necesidad absoluta. La gente se beneficiará enormemente cuando se convierta en parte de nuestra nación”. Un año después amenazó con quedarse la isla, por las buenas y por las malas, creando una enorme tensión en Europa y en la OTAN. Había cinco motivos que movían a Trump en esta obsesión, que viene de antiguo: el control territorial del hemisferio Occidental, proyectarse militarmente hacia el Ártico desde Groenlandia, impedir que China y Rusia hagan negocios en la isla, evitar que China aproveche el deshielo ártico y utilice esta ruta para su comercio, y tener el control de la explotación de sus riquezas minerales, en especial las tierras raras, necesarias para las industrias de defensa, energía, comunicaciones y automoción.
Los tres últimos motivos van unidos, por lo que me centraré en ellos, sobre todo en las tierras raras, y más cuando en el acuerdo que anunció Trump con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, a principios de este año, que no fue discutido ni aprobado en la OTAN en su totalidad, ya parecía que uno de los puntos era la concesión de derechos mineros a Estados Unidos, en particular para impedir la presencia o las inversiones chinas, o incluso un posible derecho de veto de Washington sobre los proyectos rusos o chinos en la isla, algo que vulneraba la soberanía de la isla. Esto es lo que ahora Trump quiere tener atado y bien atado.
Pekín, que extrae el 60% de las tierras raras del mundo y procesa más del 90%, impuso en abril del año pasado restricciones a la exportación de tierras raras, como parte de su disputa comercial con Trump. Ambos países alcanzaron una tregua, aunque el control de Pekín sobre el sector ha agravado la excesiva dependencia de Occidente y ha provocado una búsqueda global de suministros en otros lugares, y Groenlandia es uno de los preferentes. Durante años, China ha intentado establecerse en la isla mediante inversiones en infraestructuras, pero ninguna llegó a materializarse debido a las preocupaciones geopolíticas. En 2018, supuestamente bajo presión de Estados Unidos, Dinamarca bloqueó una oferta de una empresa estatal china para ampliar una red de aeropuertos groenlandeses. Una empresa china también fue bloqueada para comprar una base naval abandonada en Groenlandia dos años antes. Entre 2012 y 2017, la inversión extranjera directa de China en Groenlandia representó más del 11% del PIB del territorio, un porcentaje mucho mayor que en otros países árticos. Desde entonces, apenas ha invertido en la isla. El deseo de Groenlandia de atraer inversión china para ayudarle a explotar sus recursos minerales ha estado en ocasiones en conflicto con las preocupaciones de seguridad de Dinamarca, que hasta ahora ha controlado la seguridad y los asuntos exteriores del territorio.
El Gobierno de Groenlandia tiene una página web en la que expone todas las licencias mineras concedidas. Entre 2003 2025, se aprobaron 138 licencias a 52 empresas diferentes. Entre 2003 y 2024, la media de licencias aprobadas fue de 4 al año, pero en 2025 ascendieron a 43, y hasta el 8 de septiembre de este año, 38, lo cual indica que el Gobierno tiene interés en que el sector minero se expanda, siempre y cuando se respeten las medidas ambientales, que son muy estrictas. Las subvenciones de Dinamarca al Gobierno de Groenlandia suponen el 20% del PIB de la isla, que es de unos 3.000 millones de dólares, y por ello intentan diversificar los ingresos, más allá de la pesca y el floreciente turismo. Lo interesante, sin embargo, es ver de dónde son las 58 empresas que ahora están establecidas, pues ello explica en buena parte el enfado de Trump.
Casi todas las empresas presentes en Groenlandia y con licencia ya concedida son de Dinamarca, Reino Unido, Groenlandia, Australia y Canadá. De Estados Unidos solo hay una, Critical Metals, aunque es la más ambiciosa en cuanto a proyectos con la mina de Tanbreez. Solo en 2026, Canadá obtuvo licencias para cuatro de sus empresas, que se suman a bastantes más ya establecidas, lo cual fastidia, y mucho, al presidente Trump, ya que el país vecino controla la cuarta parte de las licencias de Groenlandia. La manía de Trump hacia el primer ministro canadiense, no es solo por el fentanilo, sino porque tiene demasiada presencia en Groenlandia.
En enero de 2025, el CEO de Critical Metals, Tony Sage, hizo unas declaraciones a la revista “Fortune”, señalando que “con el Pentágono planeando un aumento sustancial en la adquisición de cazas F-35 en las próximas décadas, garantizar un suministro fiable de elementos de tierras raras pesadas será crucial. Para que te hagas una idea, Tanbreez en Groenlandia tiene una concentración particularmente alta de elementos raros pesados. Estados Unidos sigue siendo fuerte y poderoso. Sin embargo, las batallas futuras pueden ganarse o perderse no en función de nuestra fuerza actual, sino del acceso y la utilización de los Poderosos 17” (las tierras raras). Uno de los avaladores de Critical Metals es el multimillonario Howard W. Lutnick, actual secretario de Comercio del Gobierno de Trump. Lutnick fue CEO de Cantor Fitzgerald, una firma de corretaje, antes de unirse al gabinete de Trump. Cantor posee una participación significativa en Critical Metals Corp, que ha recibido del Banco de Exportación e Importación de Estados Unidos un préstamo valorado en 120 millones de dólares para financiar la mina de tierras raras Tanbreez, en lo que ha sido la primera inversión extranjera de la administración Trump en un proyecto minero.
La vinculación entre la minería de tierras raras y el complejo militar-industrial de Estados Unidos, es muy clara. Existe un contrato de diez años bajo el cual Critical Metals suministrará hasta 10.000 toneladas de concentrado de tierras raras al año de su proyecto Tanbreez, a la planta financiada por el Departamento de Guerra en Luisiana. No ha de extrañar tampoco que, en enero, en Davos, el secretario general de la OTAN, Rutte, dijera que “aseguremos que los chinos y los rusos no tengan acceso militar a la economía Groenlandia”. Rutte y Trump tienen pánico al poderío comercial de los chinos.
El potencial de Groenlandia ha atraído también a algunos multimillonarios de renombre, como Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Bill Gates o Michael Bloomberg, la mayoría cercanos al presidente Trump. Todos ellos han invertido en la empresa estadounidense KoBold Metals, que ha estado prospectando tierras raras utilizadas en infraestructuras de centros de datos de IA. Sal Altman, CEO de OpenAI, ya invirtió en 2022, y el año anterior, Peter Thiel, cofundador de PayPal y Palantir, apoyó a Praxis, una startup que propone un concepto tecnológicamente avanzado de “ciudad de libertad” para la isla, algo muy delicado en una isla que ya tiene uno de los índices de suicidios más alto del mundo, un tema sociocultural ligado al mantenimiento de la identidad. En suma, y como han señalado bastantes analistas chinos, es improbable que Groenlandia llegue a ser ocupada por Rusia o China, pues ninguno de los dos tiene motivos claros para buscarlo, y los límites políticos, jurídicos y el riesgo de escalada lo vuelven un escenario muy poco verosímil. Si se pretende conservar la estabilidad ártica, el reto no es frenar invasiones imaginarias, sino encauzar la rivalidad sin debilitar los diques institucionales (normas, acuerdos y mecanismos operativos de coordinación), que sostienen una seguridad duradera en el Ártico. Visto así, Groenlandia es menos un frente de guerra que una prueba de madurez estratégica.
En el fondo, ese “control permanente de la seguridad” que Trump reclama sobre Groenlandia tiene menos de dispositivo militar que de cláusula de exclusividad minera. Ni Moscú ni Pekín disputan hoy el territorio con inversiones o presencia real, como muestra el bloqueo sistemático de sus intentos desde 2016; quien sí acumula licencias, capital y presencia industrial en la isla es Canadá, con una cuarta parte de las concesiones frente a la práctica ausencia estadounidense fuera de Critical Metals. Lo que Washington busca blindar con este acuerdo no es tanto una frontera frente a un enemigo lejano como una posición dominante frente a un socio y competidor cercano, en un mercado de tierras raras del que depende directamente su industria de defensa y de comunicaciones. La retórica de la amenaza rusa o china sirve, sobre todo, para justificar ante la OTAN y la opinión pública una disputa que es, en esencia, comercial y se libra entre vecinos del propio bloque occidental.