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Ni zorras ni santas: hartas

9 de abril de 2026 22:15 h

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Resulta curioso que ahora tengamos que explicar que el feminismo no consiste en una carrera por ver quién acumula más amantes en su historial sino en la autonomía radical sobre nuestros cuerpos. Y que eso incluye desde quien decide disfrutar de una amplia y variada vida sexual hasta quien la quiere selectiva o directamente inexistente por temporadas. Y todo esto ¡sin poner en compromiso tu posicionamiento feminista! 

Hace unos días leí “Me gusta ser una zorra” de Leonor Cervantes, a quien sigo y admiro profundamente. En su artículo realizaba una crítica al heteropesimismo y al celibato voluntario femenino que puedo compartir en sus matices teóricos, pero que me resulta imposible de digerir en sus formas. No puedo compartir de ninguna manera la pretensión de crear un feminismo “de cátedra” que tilde las decisiones íntimas y sexuales de otras feministas como acciones propias de la Sección Femenina. Sobre todo porque me parece profundamente paradójico señalar con el dedo a compañeras por la vida sexual que decidan llevar. Como si una mujer que decide no vincularse sexo-afectivamente con hombres -o hacerlo bajo condiciones mucho más exigentes estuviera traicionando una causa común. Como si el problema fuera, una vez más, lo que las mujeres hacen con su cuerpo, su deseo o su forma de relacionarse. 

¿De verdad hemos llegado hasta aquí para esto? 

Siglos de lucha feminista deben alertarnos para no cometer el error de siempre: poner la lupa sobre las respuestas y actuaciones de las mujeres en lugar de analizar la causa de su malestar. ¿Cómo se puede explicar que de un análisis de la situación heteropesimista que atravesamos muchas mujeres vuelvan a salir indemnes los hombres que están siendo responsables de la misma? Este debería ser el centro del debate. Problematizar que las mujeres decidamos no tener sexo sin vinculación afectiva es no dedicar atención a lo verdaderamente problemático: que muchos hombres se siguen relacionando con nosotras de manera deshonesta, superficial y puramente instrumental. Y que, por contraposición, para las mujeres que manifestamos querer un vínculo más profundo, esto nos genera un malestar difícil de ignorar. 

¿Somos acaso menos feministas por decidir, soberanamente, que no queremos participar en un mercado sexual que nos hace sentir cosificadas y utilizadas? 

Cuando hablo con mis amigas heterosexuales sobre nuestras actualidades amorosas, el hastío es siempre el mismo. Nos reconocemos en nuestra experiencia compartida que, si bien con variables propias de cada protagonista en cuestión, el final es siempre el mismo: de hombres que nos prometen un vínculo profundo, pleno y real a pensarlo mejor después de algunos encuentros sexuales. Entonces, de repente, el relato se vuelve difuso, contradictorio, ambiguo. “No estoy preparado”, “es que estoy bastante ocupado”, “mejor vamos viendo”. Y nosotras ya lo hemos pensado todo, qué error hemos podido cometer, si tal vez nos aventuramos al regalar aquel post-it con una breve y tímida declaración de amor, incluso hemos llegado a pensar que tenemos la mala suerte de coincidir siempre con hombres tremendamente ocupados. 

Pero la realidad nos lleva a pensar que las historias se repiten en demasiadas ocasiones y con la mayoría de mis amigas solteras como para que interpretemos que tal vez es que tenemos un mal desempeño sexual que termina por no satisfacerles. También porque, casualmente, las excusas, tan bien planificadas que siempre coinciden, incluso entre actores distintos, empiezan a dibujarse cuando el vínculo va requiriendo de más profundidad y compromiso. Es en ese preciso instante en el que la relación se va prestando a una mayor responsabilidad que un par de polvos por semana cuando, mágicamente, el interés se va difuminando. Las promesas de amor son difíciles de sostener a medio plazo, sobre todo cuando solo se concibieron como parte del cortejo. Por eso, lo que menos debería extrañarnos es que muchas estemos hartas de estas dinámicas y acabemos por rehuir de vínculos con hombres que sabemos que, probablemente, nos van a decepcionar. 

En este sentido, yo me pregunto, ¿de verdad sería más feminista forzarte a tener encuentros sexuales que te resultan vacíos por miedo a parecer “puritana” que decidir que eso no te interesa ahora mismo? Como bien dice Leonor, a mí también me da la sensación de que, por fin, hemos aprendido que está mal llamar guarra a una mujer por lo que hace con su vida sexual, pero que tal vez no parece estar tan mal insinuar que si no te apetece sexo casual estás peligrosamente cerca de la Sección Femenina. Yo creo que ambos extremos beben de la misma fuente, el deseo de controlar lo que hacemos las mujeres con nuestra sexualidad. 

Desconozco si Pilar Primo de Rivera llegó a manifestar que el sexo esporádico no es universalmente satisfactorio. Debería indagar con mayor profundidad. Pero podemos creer que la brecha orgásmica, lejos de ser un mito urbano, existe. Y que, aunque el orgasmo no determina el nivel de satisfacción del encuentro, sí que puede darnos algunas coordenadas. Tal vez sea revelador que frente al 90-95% de hombres que lo alcanzan en encuentros casuales, solo entre el 30-39% de las mujeres lo hace. Puede ser que ellos estén más centrados en su placer que en el de la otra persona. ¿Significa eso que el sexo esporádico es malo? No. ¿Que en pareja también sucede? Por supuesto. Por suerte la realidad admite matices y complejidades. Pero ignorar que esas dinámicas existen y tratarlas con cierta condescendencia no ayuda mucho. 

Leí con una mezcla de extrañeza y sorpresa la interpretación del celibato voluntario femenino entendido como una suerte de “retirada política” o incapacidad para comprender la violencia de género, como si la pertenencia al movimiento feminista dependiera de la práctica sexual o de la relación con hombres. Como si solo desde la exposición directa y reiterada a ciertas dinámicas se pudiera desarrollar empatía o conciencia feminista. Llevado al extremo, el argumento se desmorona por sí solo: ¿acaso una mujer lesbiana no va a ser capaz de apoyar a las víctimas de la violencia machista? ¿Una mujer asexual no va a comprender las dinámicas de poder que pueden darse en una relación? ¿Acaso la sensibilidad ante la injusticia requiere haber pasado por ella en primera persona en todos sus formatos? Me parece a priori un argumento peligroso. Sobre todo porque sabemos que la violencia de género se entiende con la conciencia política, no con la acumulación de experiencias traumáticas ni por compartir prácticas sexuales. 

Tampoco me parece honesto crear una falsa dicotomía entre celibato vs sexo casual, crear una alianza inexistente entre el heteropesimismo y la pareja como la panacea para la seguridad de las mujeres. Que muchas chicas decidamos alejarnos de vínculos superficiales con hombres no nos aleja a su vez de la lucha feminista, precisamente refuerza que las mujeres somos las únicas dueñas de nuestra disponibilidad. Igualmente preocupante y problemático puede ser que se use el miedo al puritanismo para obligarnos a estar sexualmente disponibles. No le “hacemos la cama” a la reacción por decidir cómo, cuándo, con quién y bajo qué términos vincularnos, en todo caso se la harían quienes desplazan el foco de la responsabilidad masculina. 

Pero también me ha resultado difícil ignorar la idea de que el “empoderamiento feminista”, eludiendo lo problemático del término, pasa -casi obligatoriamente- por determinadas formas de libertad sexual, como si estas fueran universalmente deseables. Como si todas las mujeres, en todo momento, se sintieran cómodas en relaciones sin vínculo, en encuentros fugaces o en dinámicas donde la implicación emocional es mínima. Como si no hubiera diversidad de deseos, de necesidades, de ritmos. La realidad es que muchas no encontramos el empoderamiento feminista en la vinculación sexual esporádica con hombres. De hecho, para muchas, ceder a vincularnos de forma superficial con chicos que no nos valoran más allá de eso es una traición a nuestros propios valores feministas. En lo personal, no hay nada que me haya hecho sentir menos empoderada que haber dedicado tiempo y energía a un vínculo con un hombre que, pese a que no tenía ningún interés en mí más allá de lo sexual, me prometió algo distinto. Por eso no puedo evitar leer con sorpresa que la respuesta ultrasuperydefinitivamentefeminista al heteropesimismo sea ceder a la dinámica cosificadora y consumista que muchos hombres quieren tener con nosotras, especialmente cuando nos genera malestar. Y más sorpresa me genera creer que imponer una única narrativa del deseo es lógico en el marco de la lucha feminista. 

No niego que el término “celibato voluntario femenino” me genera un rechazo absoluto. No me entusiasma y me parece que su surgimiento ligado a una “nueva ola puritana” y reaccionaria (que existe pero alejada de lo que pretendo transmitir) puede tener los usos profundamente antifeministas que Leonor manifiesta. Pero decir “no me relaciono con hombres que solo quieren acostarse conmigo sin responsabilidad afectiva” era mucho más largo y menos práctico. Llamémoslo “celibato voluntario femenino” o “no me relaciono con imbéciles”, la realidad es que estamos hartas y cansadas, y frente al malestar decidimos temporalmente retirarnos de esta dinámica como parte de nuestro autocuidado. No es una renuncia a nuestra sexualidad, sino a con quién decidimos compartirla. Por eso, calificar esta acción de “poco feminista” me resulta arriesgado. ¿Desde cuándo el feminismo es una obligación de consumo sexual? Acostarme con hombres que me vayan a dar un par de encuentros sexuales cuestionablemente satisfactorios no me parece liberador en estos momentos. Y como, gracias al feminismo, tenemos la opción de decidir cómo, cuándo y con quién, atacar a las que deciden “por ahora con nadie” es echarse piedras sobre el tejado. 

Elijo vincularme con hombres responsables afectivamente, honestos y con los que poder construir una relación más profunda que encuentros sexuales esporádicos. Y no creo que esto deba ser sujeto de debate feminista, porque ni siquiera me parece constructivo para el movimiento teorizar sobre qué tipo de deseo es feminista, cuál no, cómo sentir placer, cuándo y con quién. Por eso la solución no es que, nuevamente, las mujeres cedamos a una dinámica que nos están marcando muchos hombres y que nos hace sentir mal. Reivindico mi derecho, y el de todas, a estar hartas y a no estar siempre disponibles si no queremos. 

Esta decisión no viene desde un puritanismo neofalangista, sino desde una exigencia feminista. No me voy a conformar con hombres que me vean simplemente como una compañera sexual, no me voy a limitar a la creencia de que la única forma de relacionarme con ellos sea sometiéndome a esta imposición que me hace sentir vacía. Crear una escala moral feminista en torno al deseo es contradictorio. Ni las parejas que hemos tenido, ni los amantes que podemos contar, ni los encuentros sexuales y los tipos de vínculos que libremente decidimos establecer son un termómetro ideológico y feminista. Sobre todo porque este tipo de planteamientos vuelve a desplazar el foco una vez más y en vez de analizar críticamente cómo se están configurando muchos vínculos heterosexuales -marcados en ocasiones por la superficialidad, la falta de honestidad emocional y la cosificación- se nos vuelve a interrogar a nosotras. ¿Por qué se retiran? ¿Por qué desconfían? ¿Por qué no participan de la dinámica? Sencillamente porque no queremos. 

El celibato voluntario femenino no es, ni mucho menos la solución (como tampoco lo sería vincularnos superficialmente con hombres cuando buscamos otro tipo de relación). No es la solución porque ninguna respuesta individual ante un problema estructural va a serlo. Pero tampoco pretendemos que lo sea. Simplemente es una respuesta orgánica con la que tratamos momentáneamente de proteger nuestra salud mental y nuestro bienestar. Queremos ser dueñas de nuestro tiempo, de nuestra energía y de los vínculos que decidimos crear. Incluso si ese deseo viene acompañado de tomarse un descanso de tíos que no saben lo que es la responsabilidad afectiva. Y ante esto, ni zorras ni santas. Hartas.