El asesinato necesario y la guerra diplomática

13 de abril de 2026 22:15 h

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En una extraordinaria crónica del New York Times, Jonathan Swan y Maggie Haberman han reconstruido, con gran lujo de detalles, la reunión en la Casa Blanca del pasado 11 de febrero, en la que Netanyahu convenció a Trump para asesinar al líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jameneí, y lanzarse a la guerra. 

Aunque a veces se plantee como una necesidad, asesinar a alguien no es nunca una buena idea. En su poema “Spain 1937”, que algunos consideran la mejor poesía inglesa sobre nuestra guerra incivil, W. H. Auden habló de “la aceptación consciente de la culpa en el asesinato necesario”. 

George Orwell vio en este verso “el amoralismo que solo es posible si eres el tipo de persona que siempre está en otra parte cuando se aprieta el gatillo”. “Los Hitler y los Stalin”, añadió, “consideran necesario el asesinato, pero no hacen alarde de su crueldad, ni lo llaman asesinato; lo denominan ”liquidación“, ”eliminación“ u otra expresión tranquilizadora.” (En la reunión de la Casa Blanca se habló de “decapitación estratégica”).

Auden replicó a las críticas de Orwell. Dijo que había tratado de decir “lo que, sin duda, toda persona decente piensa si no es capaz de adoptar el pacifismo absoluto.” Son tres ideas: “(1) Matar a otro ser humano es siempre un asesinato y nunca debería llamarse de otro modo. (2) En una guerra, los miembros de dos grupos rivales intentan asesinar a sus oponentes. (3) Si existe algo así como una guerra justa, entonces el asesinato puede ser necesario en nombre de la justicia.” Sin embargo, sus propios argumentos no llegaron a convencerle del todo. Auden modificó posteriormente su verso (el “asesinato necesario” pasó a ser “el hecho del asesinato”) y suprimió definitivamente el poema de sus antologías. 

¿Es necesario matar a alguien, si con ello evitamos un mal mucho mayor? ¿Es justo asesinar por un país, por una fe, por una causa? Es una discusión que ha hecho correr ríos de tinta. De Cicerón a Vargas Llosa, pasando por Tomás de Aquino, se ha escrito mucho sobre el tiranicidio. Sobre estos dilemas, trágicos y complejos, yo no sabría tomar una posición en abstracto. Pero tengo muy claro que la opción de matar a alguien para evitar un mal terrible exige basarse siempre en una sólida certeza sobre las consecuencias. 

No ha sido así, es lo menos que se puede decir, en las discusiones de la Casa Blanca, si nos atenemos al relato de los dos periodistas del New York Times y, sobre todo, si constatamos los resultados obtenidos. Según el reportaje del New York Times, Netanyahu presentó a Trump un plan en cuatro partes: asesinato de Jameneí, destrucción de la fuerza militar de Irán, levantamiento popular interno, e instalación de un líder post teocrático de transición. Los dos primeros objetivos fueron considerados factibles por la inteligencia norteamericana, mientras que la revuelta interna y el cambio de régimen fueron considerados “absurdos”. 

Según los periodistas, en la reunión posterior de los estadounidenses para evaluar las propuestas de Netanyahu, el director de la CIA, John Ratcliffe, llegó a describir el cambio de régimen presentado por el primer ministro israelí como «una farsa», y el Secretario de Estado, Marco Rubio, apostilló que “en otras palabras, es una tontería” (“a bullshit”). 

En cuanto a los resultados, el presidente Trump ha hablado de “victoria total y completa” y el nuevo líder supremo, Mochtabá Jameneí, ha afirmado que Irán es el “vencedor definitivo” de la guerra. Más allá de la retórica, hoy puede hacerse el inventario provisional de algunas pésimas consecuencias de la guerra, a las que pueden añadirse algunas previsiones aún peores.  

Una primera constatación es que, a pesar de las tremendas destrucciones, el régimen teocrático iraní sigue en pie y que probablemente ha ganado fuerza una nueva generación de dirigentes más radicalizados. Otro dato verificable es que, a pesar de la colosal superioridad militar americana, el régimen iraní aún posee 440 kilos de uranio enriquecido y tiene más motivos que nunca para convertirlo en armas nucleares. Una tercera constatación es que cientos de buques siguen esperando para cruzar Ormuz, un cierre que tiene un efecto multiplicador y amenaza con una recesión global. La directora del FMI, Kristalina Georgieva, ha dicho que hay que “prepararse para lo peor” ante el impacto económico de la guerra.

Pero la mayor consecuencia del “asesinato necesario” y de la guerra subsiguiente ha sido un enorme cambio global, radical, súbito y difícilmente reversible, que tiene lugar ante nuestros ojos con unas perturbaciones globales de tal calado -en los mercados, en las decisiones y alianzas políticas, en la confianza y las actitudes y opiniones- que puede decirse que la guerra de Irán está generando un nuevo orden del mundo, con peligros evidentes, y también con oportunidades inéditas. 

Netanyahu comparte con Trump la responsabilidad por estos caóticos resultados, aunque él persigue sus propios objetivos y es posible que este nuevo desorden mundial le importe poco, o que piense incluso que conviene a sus planes. Hace unos días, en un vídeo difundido en las redes sociales, Netanyahu proclamó lo siguiente: “No permitiré que ningún país libre una guerra diplomática contra nosotros sin pagar un precio inmediato por ello”.  

Se refería a España. Le respondió Almudena Ariza, que vivió el horror de Gaza: “Netanyahu acusa a España de ”difamar“ al ”ejército más moral del mundo“ y advierte que ”pagará un precio“. Se refiere al ejército que ha asesinado a 70.000 gazatíes, la mayoría civiles, entre ellos 20.000 niños.” 

Otro ciudadano respondió en Bluesky con este comentario: “Lo que hace a la guerra diplomática infinitamente mejor que la otra es que no mueren niños ni civiles inocentes. No muere nadie, de hecho”. Solo cabe añadir: viva la guerra diplomática, carajo.