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Ayuso y la política del espectáculo

6 de mayo de 2026 22:07 h

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Ni siquiera la Iglesia católica se ha sumado en México a la operación de Díaz Ayuso de reivindicar con orgullo el pasado colonial del imperio español. La presidenta madrileña tenía previsto homenajear a Hernán Cortés con una misa, pero la Iglesia acabó cancelándola por la presión social y política que había desencadenado la iniciativa. Si bien es verdad que la Iglesia ha alegado falta de permisos para el espectáculo de Nacho Cano, algo del todo verosímil dados los precedentes legales del artista. En todo caso, el mensaje no puede ser más claro: la restauración ideológica reaccionaria que encabeza Ayuso se queda a la derecha de la jerarquía de los católicos, que en México son amplia mayoría.

La provocación no debería impedirnos ver lo que hay más allá. Ayuso ha ido a México a desplegar y consolidar una narrativa que le permita ubicar su liderazgo en el plano nacional e internacional, muy lejos del que le corresponde como presidenta autonómica. No es la primera vez, pues anteriormente ha visitado Estados Unidos y se ha reunido con Milei con la misma intención. Incluso antes, en plena pandemia de la COVID, se reunió con Pedro Sánchez en lo que simbólicamente se hizo creer que era un encuentro internacional de alto nivel. Pero no son solo los viajes lo que la sitúa simbólicamente al nivel de los presidentes nacionales, sino que Ayuso también utiliza la confrontación constante a fin de que se consolide en el imaginario público la idea de que ella es la antítesis de las izquierdas mundiales. Con cada gesto y con cada palabra, no importa sobre qué tema, ella está siempre en el “otro lado”. 

De hecho, son las formas trumpistas las que permiten que cale esa idea. Si se limitara a visitar a los presidentes de otros países, la cosa chirriaría, pero tampoco sería un asunto exclusivo de ella. Además, probablemente no se enteraría mucha gente. Resulta que, en política, existir significa ocupar el centro de atención; algo que se consigue con más facilidad cuanto más espectacular sea el mensaje transmitido. Si eres formal y respetas las instituciones, tu mensaje se pierde en el ruido cotidiano. Si te acoges al escándalo, tendrás la atención asegurada. Ayuso lo sabe, y por eso preparó el terreno antes denunciando que México era un «narcoestado», el mismo concepto con el que Trump se refiere al país gobernado por Claudia Sheinbaum. El guion es conocido: montar un show para generar atención y, cuando ya todos están mirando, decirle al mundo que eres quien manda en lo tuyo.

La elección de México tampoco parece casual. Tras meses de distensión entre los gobiernos español y mexicano, que incluyeron una descafeinada petición de disculpas por parte de Felipe VI, la actitud de Díaz Ayuso encaja en su sabotaje continuado al Ejecutivo progresista. De paso, le lanza un aviso a la Casa Real, como si en el fondo les estuviera llamando “derechita cobarde” por asumir parte del discurso “anti-español” que subraya la desmedida violencia de los conquistadores. En el fondo, Ayuso les está diciendo a sus votantes que es más y mejor española que el rey.

Al margen de la Casa Real, quien más debe temer esta estrategia no es Pedro Sánchez ni las izquierdas, sino Feijóo. El discurso de Díaz Ayuso, hoy por hoy, no es competitivo en la mayoría de España: solo lo es en una burbuja como Madrid, donde décadas de gobierno del PP han construido las bases materiales que sostienen una sociología tan ranciamente conservadora y distinta a la del resto del país. Un liderazgo nacional de Ayuso generaría más tensiones con la extrema derecha, por solapamiento de discursos, pero tendría muchas menos opciones en unas generales, donde importa más cómo es el ciudadano medio que el militante de partido. Sin embargo, con cada gesto de Ayuso —casi todos fuera de sus competencias—, la líder madrileña le está recordando a Feijóo que el liderazgo de Génova es subsidiario del de Sol.

Estoy convencido de que estas cosas no gustan en la sede nacional del Partido Popular. Al fin y al cabo, ellos no controlan los acontecimientos ni la agenda política que ella marca, y a pesar de eso tienen que salir a justificar a Ayuso a cada paso que da. Quizás también están asustados tras la experiencia de Pablo Casado, quien tras meses titubeando, decidió finalmente confrontar con Ayuso y denunciar los tejemanejes de la presidenta madrileña: su combate no duró ni un asalto, y lo dimitieron de facto en beneficio de Ayuso. Sea como sea, ella ha conseguido que se instale la idea de que ella es la referencia indiscutible de la derecha española incluso aunque carezca del poder orgánico correspondiente. Su ideología, un proyecto nebuloso construido más con intuiciones reaccionarias que con programas específicos de intervención pública, está asfixiando a los sectores tradicionales del PP. Si tienen algo que decir, no se les está escuchando.

Desde la crisis financiera de 2008, y de forma acentuada desde la pandemia, las derechas vienen buscando un nuevo relato identitario que sustituya al proyecto neoliberal fracasado. El populismo autoritario de Trump y Orbán, pero también el de Milei o Bolsonaro, se ha presentado como vía atractiva para un conjunto de líderes con la brújula tradicional rota. Ayuso, que no destaca por su elaboración intelectual, tiene sin embargo una gran capacidad para apropiarse de ese nuevo “sentido común” en la derecha y para concentrar así una creciente base social en torno a su figura. 

Por eso Ayuso necesita la figura romantizada de Cortés, por un lado, y al gobierno de México y a los pueblos originarios protestando, por otro: porque en su política, la confrontación es el contenido. Es puro trumpismo. Lo de México es la continuación de una operación que lleva años en marcha, y que está fijando los términos en los que la derecha española entera habla de sí misma y del mundo. Una derecha que, ante la falta de ideas novedosas en este momento de crisis ecosocial, necesita homenajear lo que sucedió en 1521. En el fondo, y como el resto de las extremas derechas del mundo, Ayuso apela a las emociones de una ciudadanía frustrada por la situación económica y desconcertada ante el futuro, ofreciéndoles nostalgia de viejos y destructivos imperios. Así que sí: Ayuso es una provocadora porque puede, porque le funciona, y porque está en una guerra cultural de largo aliento.