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Un clima moral como antesala del terror

7 de septiembre de 2026 22:30 h

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¿Cómo cambia el clima moral de un país? ¿Cuánto tiempo tarda? ¿Qué eventos tienen que suceder para que las costumbres –lo socialmente aceptado o no; la frontera del decoro– se modifiquen hasta volverse diametralmente opuestas a las de antaño? Últimamente, en determinados espacios, se habla sobre cómo va rimando el mundo con la atmósfera de violencia que precedió en Europa a la II Guerra Mundial, pero, yo que cuento con un antecedente más cercano, percibo algunas tendencias que me condenan a vivir en un perpetuo déjà vu. Me refiero a la primera legislatura de la ya hegemónica Era Trump, la cual me pilló residiendo en Estados Unidos. Entre los carteles electorales iniciales y la mañana en que desperté y, con el café recién servido, descubrí que habían asaltado el Capitolio, pasaron apenas cinco años, los suficientes como para que ese país y buena parte del tablero internacional diese un vuelco que, contemplado desde el presente, explica muchas cosas.

En 2016, era yo voluntaria en una ONG con niños migrantes, en su mayoría procedentes de familias mexicanas, aunque algunos fuesen ciudadanos de pleno derecho por haber nacido en terreno estadounidense. A comienzos del movimiento MAGA, los chiquillos escupían sobre imágenes impresas del Innombrable; meses más tarde, algunos confesaban serias dificultades económicas en casa porque sus padres habían abandonado sus respectivos empleos movidos por el miedo a ser deportados o sufrir agresiones. No se me olvidará la tarde en que, mientras coloreábamos, le conté a una niña mi intención de viajar a España para ver a mi familia. La pequeña, de unos 7 años, me miró espantada y, a continuación, me advirtió: “si sales del país, no te dejarán volver a entrar”. Ese terror infantil, derramado asimismo entre los adultos de su comunidad, fue extendiéndose a otras capas de la sociedad; de repente, algunas palabras debían ser pronunciadas con cautela o sustituidas por el silencio absoluto; en la universidad donde acabé trabajando poco después, el lenguaje eufemístico penetró tanto en las aulas como en los despachos, para no molestar a ciertos donantes millonarios pero, sobre todo, porque se estaba normalizando la autocensura en la totalidad de los habitantes, exceptuando, claro, lo que respectaba al campo semántico del odio.

“El nazismo se introducía … en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente” –nos dice Víctor Klemperer en su obra magistral, LTI. La lengua del Tercer Reich–. Este filólogo judío apuntó durante años las mudanzas lingüísticas que iban horadando las mentalidades de la Alemania nazi, incluso entre sus detractores. El judaísmo ya no era una religión, sino una anatomía inferior; por lo tanto, la conversión no servía para librarse de los castigos más cruentos. La ciencia y la tecnología dotaban a la propaganda de una autoridad prácticamente incuestionable, ornamentada con el aura del progreso; fórmulas que han prevalecido, junto a la cuantificación y la recurrencia al lexicón de la guerra. El vocabulario actuaba así como catapulta y justificación de mortíferas acciones que representaban, alerta Klemperer, un anacronismo: el retorno de una suerte de barbarie medieval, la misma que, de manera similar en nuestro presente, podría pensarse como el regreso de la violencia visible , según argumenté hace unos días.

Puedo enumerar algunas de las peores consecuencias de esa naturalización del mal acaecida en Estados Unidos recientemente: el cuestionamiento y la posible merma del sistema electoral, la solidez del matonismo como herramienta de estado, el machismo y el racismo descarados –con la desaparición del derecho al aborto a nivel federal, o la cada vez más consolidada creencia de que las mujeres no deberían votar–; por supuesto, la descomposición del multilateralismo. Hay algo inoculándose “en la carne y la sangre de las masas” que, gracias a los mecanismos de desinformación globalizados, va permeando de manera omnívora y ha aterrizado, también, en España. Solo han hecho falta un poco de tiempo, redes sociales y financiación para que el fenómeno alcance el grado siniestro que en su día experimenté al otro lado del Atlántico y hoy parece tan ubicuo como el aire que respiramos. Y, si bien la olla llevaba años calentándose a fuego lento mientras que el gobierno de Sánchez actuaba como barrera de contención –tímida, cierto es, dentro de las posibilidades de una nación periférica si comparada con las potencias mundiales–, ahora Ceuta ha avivado la candela hasta el punto de ebullición de ese clima (in)moral, ya prácticamente desprovisto de principios.

Si en vez de a la retrospección jugamos al futurismo, podremos quizá inferir qué va a resultar de la siguiente combinación explosiva: la vulnerabilidad frente al vecino del sur, un racismo exacerbado e in crescendo, el desprecio abierto, enorgullecido, de la democracia. El primer factor nos ha convertido en hazmerreír para las derechas globales, ha debilitado la confianza de la UE –carcomiendo convenciones como Schengen–, y colocado al gobierno en una situación de bloqueo, también verbal. El segundo va configurando una ciudadanía que interioriza la discriminación del Otro y, progresivamente, justifica agresiones ilegales; con ello se está fraguando una noción de enemigo que predispone a la demolición de la convivencia, independientemente de la figura del migrante, pues sabemos con Arendt que el odio renueva su diana constantemente. El último factor es el que incita a saltarse el marco jurídico vigente y negarse a, por ejemplo, al reparto de migrantes entre las comunidades autónomas o la instalación de lugares de acogida. Los tres se retroalimentan y legitiman ayudados por vocablos como “invasión” o un “hijo de” fruta responsable por haber tornado habitual el insulto tanto en la política como en las calles.

Solo es preciso un pelín de imaginación para elaborar el puzle y predecir qué monstruosa figura terminará mostrándonos. La historia no se repite, aunque puede proporcionarnos poderosas visiones y el conocimiento con el que identificar un problema de inefable magnitud. El futuro, cuajado de sombras y terrores, quizá lo llevemos ya “en la carne y en la sangre”, si nadie lo remedia.