La guerra mundial ha solucionado lo del cambio climático
Por más que se haya intentado insistir con una narrativa diferente desde un amplísimo espectro de medios de comunicación, propagandistas y afines a la internacional ultraderechista, Donald Trump fue claro y conciso en lo referente a la invasión de Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro: ni la libertad, ni la democracia ni, por supuesto, los venezolanos, le importaban lo más mínimo; necesitaban el petróleo. Punto. Dejemos la moralina para otra ocasión, porque ya sabemos todos lo mala persona que es y lo poco que puede esperarse de un tipo como Trump y a estas alturas de la historia es redundante ahondar más en cualquier tipo de consideración subjetiva.
Apenas unos días después, puso el foco en Groenlandia y en la necesidad imperante de incorporar la isla al territorio estadounidense. Aquello movilizó más conciencias, por esto de que la soberanía de los blancos suele importar mucho más que la de la gente no-blanca o la no-tan-blanca y Europa parece haber empezado a mover algunas fichas. Tampoco entraremos en la cuestión de si estos movimientos son suficientes, si son necesarios o si son prácticos: también está claro que poco importa mientras Alemania siga hechizada por el embrujo del pacifismo pelota y Mark Rutte siga haciendo de mayordomo de Trump al mando de la OTAN; todo esto importa poco porque el margen que nos queda es mínimo y se dependerá, sobre todo, de la capacidad que tengan el resto de países europeos de arrastrar a sus socios al lado decente de la historia y de buscar nuevos aliados entre los países emergentes y democráticos del Sur Global. La cuestión es otra
Hasta la llegada de Trump a la Casa Blanca, incluso algo después de que esto ocurriera, el mundo estaba empezando a asumir que el cambio climático no era un debate cultural ni una hipótesis a largo plazo, sino un problema material con efectos inmediatos sobre la economía, la seguridad y la vida cotidiana. La conversación pública había ido desplazándose, lentamente pero de forma sostenida, desde la negación hacia la gestión de consecuencias: sequías, olas de calor, crisis alimentarias, migraciones forzadas. Los informes científicos se acumulaban y empezaban a permear en agendas políticas, empresariales y sociales, no tanto por convicción moral como por puro cálculo de riesgo. Esta preocupación, aunque desigual y a menudo interesada, era real. Fuese suficiente o no -no lo era, pero algo es algo-, la cuestión es cómo los acontecimientos recientes han hecho desaparecer por completo de la conversación y de la agenda pública el demogorgon del cambio climático.
Los datos científicos más recientes confirman que el cambio climático no solo sigue activo, sino que sus indicadores clave están empeorando. Según el servicio de observación de la Tierra Copernicus, 2025 fue el tercer año más cálido jamás registrado, con una temperatura media global de casi 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales, y los últimos once años han sido los más cálidos de la serie histórica instrumental, señal de un calentamiento persistente e intenso. Los océanos, que absorben más del 90% del exceso de calor atrapado por los gases de efecto invernadero, alcanzaron en 2025 niveles récord de acumulación de calor, lo que intensifica fenómenos extremos como huracanes, olas de calor marinas y lluvias torrenciales. La extensión del hielo marino en el Ártico marcó mínimos históricos, y el permafrost continúa descongelándose, liberando metano y dióxido de carbono adicionales a la atmósfera. Informes especializados, como el '10 New Insights in Climate Science', destacan además que los sumideros naturales de carbono -bosques, suelos y océanos- están perdiendo eficacia, absorbiendo menos emisiones y dejando más gases de efecto invernadero en la atmósfera.
La cuestión se vuelve especialmente preocupante en lo que respecta a la gestión global del polo norte. Las grandes potencias ya han asumido el derretimiento del hielo polar y han tomado la decisión reveladora de organizar su política exterior en explotar las nuevas posibilidades que esto implica. El deshielo, que durante décadas se ha tratado como una amenaza existencial, ha pasado a convertirse en una gran oportunidad logística. Rusia ha consolidado la Ruta Marítima del Norte como un eje estratégico para el comercio entre Asia y Europa; China ha comenzado a autodefinirse como un Estado “casi ártico” y ha integrado esta ruta como parte de su Ruta de la Seda polar, y Estados Unidos, ahora con Trump a la cabeza, que llega tarde a jugar la partida, ha empezado a presionar con una brutalidad diplomática sin precedentes para ponerse al día de sus competidores.
El cambio climático deja de ser un problema a corregir y pasa a ser una condición estructural asumida e integrada en los cálculos de poder. La normalización del desastre climático es el dato geopolítico más inquietante de todos, porque se supone que habíamos quedado en dejar de quemar tanto petróleo, pero seguimos dispuestos a invadir países para conseguir aquello que nos está matando.