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Instrucciones para sobrevivir al fin del mundo

13 de marzo de 2026 22:20 h

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Lo primero de todo es aceptar una noción elemental, y es que el fin del mundo nunca llega con la puntualidad que se le presupone a un evento tan importante. Siempre aparece con un cierto retraso o, peor aún, llega demasiado pronto y le pilla a uno quitándose el pijama. Por eso, la primera instrucción consiste en no esperarlo sentado. Si todo se va a terminar, es conveniente que lo haga mientras estás ocupado en cualquier otra cosa más razonable, como preparando un café o haciendo un crucigrama. Conviene también recordar que el fin del mundo es una noción bastante exagerada. Cada generación cree estar muy segura de que le ha tocado vivir el último capítulo del libro cuando la historia, en realidad, se parece a uno de esos conciertos en los que los músicos, al acabar, vuelven a salir una, y otra, y otra vez aparentando que van a cantar la última, y el espectáculo acaba dando de sí otra hora más. El truco está en sospechar que el apocalipsis es un malentendido puntual, como cuando creemos escuchar nuestro nombre en una conversación que no va con nosotros. Lo importante es no preguntar ‘¿qué?’ para no parecer desorientados. Dicho esto, pasemos a lo importante.

Para sobrevivir al fin del mundo es recomendable madrugar, pero no demasiado. Las seis de la mañana pertenecen todavía a los pájaros y a los insomnes, y enfrentarse al desastre con ojeras no es una opción muy elegante. Una hora prudente sería una hora en la que el cielo ya está azul, pero quedan reminiscencias pálidas de la noche, las nubes se ven borrositas y el brillo de los edificios todavía no deslumbra al mirarlos directamente. En ese momento, conviene abrir una ventana. Mirar al cielo siempre introduce una duda saludable en cualquier catástrofe, porque se dispone ante nuestros ojos con una indiferencia que en días como estos resulta casi casi ofensiva. La tranquilidad de mirar al cielo puede sernos útil para sobrevivir. 

Otra indicación indispensable es no quedarse solo demasiado tiempo. El fin del mundo tiene debilidad por la soledad y el aislamiento, porque, abrazados por el desamparo, todo parece más definitivo. Dos personas hablando, en cambio, introducen un ruido que entorpece a la maquinaria del caos; tres personas sentadas a cenar ya constituyen una conspiración bastante seria contra el apocalipsis. La risa, por ejemplo, resulta profundamente incómoda para el fin de los tiempos, porque es un mecanismo que interrumpe la narrativa. El fin del mundo necesita una atmósfera dramática para funcionar correctamente, así que una carcajada en el momento equivocado, es decir, en el momento justo, es como poner una piedrecita en los engranajes.

No olvides, sin embargo, que para que la resistencia sea efectiva, hay que prestar una atención casi maniática a los objetos pequeños y a las cosas inservibles. El armagedón es un gigante torpón que solo se maneja bien en las grandes demoliciones, las explosiones y los cielos de azufre, pero se le escapan, por pura distracción ególatra, los detalles minúsculos. Así que lo mejor es guardarse en el bolsillo un botón suelto, una moneda de poco valor, a ser posible una peseta o, mejor aún, una moneda de cinco duros o un recibo de la recarga del bonobus del año pasado. Estos objetos son pequeñas anclas y, mientras puedas acariciar su textura, el universo se verá obligado a mantener la coherencia del hilo de tus costuras. Todo es una cuestión de física poética: no puede deshacerse el todo si una de sus partes se resiste a morir. 

Y hablando de morir, lo más importante de todo es hacerse el distraído con la muerte. Si viene y golpea tu puerta, dile que vuelva el martes que viene, que ahora estás muy ocupado tratando de entender cómo se forman las pelusas de debajo del sofá. La falta de respeto por la solemnidad es la mejor de las murallas. A estas alturas, ya estamos casi preparados para que el cielo se nos caiga encima, pero todavía queda lo más importante. Al final del todo, cuando el estruendo se vuelva un rumor insoportable, una cosa insostenible y un fastidio inevitable, lo mejor es buscar un espejo o, preferiblemente, los ojos de otra persona. Pero no caigas en la costumbre terrible de esa gente con nula imaginación que mira los ojos de otra persona para despedirse. Hazlo para reconocerte ante la mirada del otro, y para reconocerte en el reflejo de sus ojos en los tuyos. El último paso es aferrarse al amor.

Porque, fíjate bien, si el cataclismo te pilla mirando a la persona que amas, a la persona que sostiene el otro extremo del silencio compartido, el cataclismo se queda sin argumentos y se vuelve un espectador molesto o un acomodador que quiere cerrar el teatro antes de acabar el último acto. El amor, en estas instrucciones, consiste en decidir que el otro es, en este instante y, si se ha vivido bien, en todos los anteriores, algo más real que el apocalipsis; si logras que un beso dure más que el flash termonuclear en el que todo se extingue, habrás ganado la partida por goleada. Sobrevivir es lograr que un instante dure para siempre.