Irán y la historia natural de la destrucción (total)
Mi imagen del terror, el auténtico terror, es un bombardeo aéreo contra una ciudad. No se me ocurre nada más terrorífico: aviones, misiles —y ahora también drones— que aparecen de pronto en el aire, el sonido de las alarmas, la estridencia de su vuelo mezclada con el zumbar de las defensas antiaéreas, un misil silbando, su estela visible en el cielo, el estruendo de cada explosión, las llamaradas, el humo. La destrucción.
Escuché a Trump amenazar a Irán con la “destrucción total”, sobre el fondo de las brutales explosiones en Teherán, y me asaltaron de golpe todas las imágenes y relatos que me han horrorizado durante años y que forman una “historia natural de la destrucción”, parafraseando aquel imprescindible libro de W.G. Sebald sobre los bombardeos aliados contra las ciudades alemanas en la II Guerra Mundial.
La historia de la guerra aérea es la historia de cómo causar la mayor devastación posible sobre el enemigo, sobre su ejército e instalaciones, sobre sus infraestructuras y también, muy especialmente, sobre su población civil para desmoralizarla y empujarla a la rendición incondicional. Desde hace un siglo la industria militar ha ido perfeccionando sus capacidades destructivas: de los primeros y rudimentarios lanzamientos de bombas sobre ciudades al final de la I Guerra Mundial, arrojadas a mano desde la cabina; hasta la absoluta aniquilación de Gaza usando Inteligencia Artificial para marcar objetivos; cada nueva guerra trae más eficiencia técnica, munición más letal, mayores daños y más horror. Más destrucción.
Al escuchar la amenaza de Trump, y sabiendo que quien de verdad está al mando es el exterminador bíblico Netanyahu, pensé en la destrucción que le espera al pueblo iraní en las próximas semanas, en una guerra sin sentido que solo puede terminar con la victoria de Estados Unidos e Israel, y que solo terminará cuando ambos puedan proclamarla, al precio que sea.
Recordé a Sebald, y a Kurt Vonnegut en su delirante Matadero Cinco sobre la inefable destrucción aliada de Dresde, donde cientos de miles de alemanes fueron achicharrados en uno de los episodios más cruentos y menos recordados de la II Guerra Mundial. Recordé a Mike Davis, que contó en Ciudades Muertas cómo el ejército norteamericano levantó en un desierto de Utah un barrio entero de Berlín, replicado con todo detalle, incluido el interior de las casas, para ensayar cómo lograr la mayor devastación posible: las primeras bombas destrozaban tejados y ventanas para asegurar que el aire circulante alimentase el fuego que causarían las bombas incendiarias, hasta no dejar nada en pie ni posibilidad de escape.
Recordé por supuesto nuestro Gernika, donde los nazis ensayaron sus propios bombardeos sobre ciudades basándose en el mismo principio de saturación que se acabaría volviendo contra ellos: que no quedasen ni los cimientos. Recordé Hiroshima y Nagasaki, claro, la mayor destrucción causada con tan poco esfuerzo y riesgo. Recordé la terrorífica “autopista de la muerte” de Basora, en la primera Guerra de Irak, donde los aviones estadounidenses y canadienses aniquilaron salvajemente al ejército iraquí en retirada. Recordé los “bombardeos de alfombra” de los B-52 estadounidenses, lo mismo en Vietnam que en Afganistán; y la segunda guerra de Irak de 2003, donde se batieron todos los récords de toneladas de bombas arrojadas.
Recordé, claro, la más reciente demolición de Gaza, casa por casa y con miles de asesinados bajo sus escombros, ahora además con ayuda de Inteligencia Artificial que marca y decide los objetivos, como con toda seguridad se está usando en Irán. Recordé Gaza, que ha sido un banco de pruebas —y los palestinos conejillos de Indias— para las guerras venideras, y a la vez un aviso para quienes no se rindan tras los primeros ataques: esto es lo que os espera. La destrucción total.