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Luces en el horizonte de las izquierdas

11 de febrero de 2026 22:57 h

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La izquierda alternativa está reinventándose por enésima vez. Hay señales de que ese espacio político sigue teniendo pulso, incluso por encima del 10%, pero la fragmentación electoral podría llevar a los partidos de izquierdas a nivel nacional a una situación crítica, cercana a la desaparición. Además, en esas condiciones las derechas obtendrían una mayoría absoluta con gran comodidad. Así, el escenario de italialización no está tan lejos y, como bien saben nuestros vecinos, no es fácil salir de ese pozo. Es mucho más aconsejable hacer todo lo posible para no deslizarse hacia esas profundidades; pero ¿cómo se hace eso?

De dónde venimos

La izquierda alternativa también estuvo a punto de desaparecer en 2008, en vísperas de la crisis financiera y con un PSOE muy fortalecido bajo el liderazgo de Rodríguez Zapatero. Al calor de la burbuja inmobiliaria, los españoles concedieron a la izquierda un 3,77%, lo que se tradujo en dos escaños: uno para IU por Madrid y otro para ICV por Barcelona; ni siquiera la Chunta Aragonesista o lo que años después sería Compromís (BLOC-IdPV-EV-EE) lograron representación. Dos escaños que Gaspar Llamazares y Joan Herrera defendieron con gran brillantez en una legislatura que atestiguó el abrazo del PSOE a las políticas de austeridad.

Luego llegó la crisis financiera y las movilizaciones del 15-M en 2011. En las municipales de ese año ya quedó claro que la derecha iba a arrasar, así que la izquierda intentó una candidatura de unidad para las generales. Se llamó “La izquierda plural” e integraba básicamente a IU, ICV y a la CHA. Bajo el liderazgo de Cayo Lara, fue el grupo parlamentario que destacó por su oposición a la mayoría absoluta de Mariano Rajoy. La tasa de desempleo se disparó en 2013 hasta el 26%, y el apoyo electoral a la izquierda alternativa seguía creciendo: en aquel verano las encuestas coincidían en que podía alcanzar con facilidad el 15% de los votos.

La crisis hacía estragos en la sociedad y la desafección crecía en los márgenes del sistema tradicional. Se abría una ventana de oportunidad para nuevos partidos, aunque algunos habían fracasado en el intento —como el experimento del banquero Mario Conde—. Sí triunfó Podemos, que emergió a finales de 2013 como una fuerza antisistema con un discurso populista y con un elenco de dirigentes educados en la izquierda tradicional —fundamentalmente IU y PCE—. Podemos logró dinamitar el sistema de partidos tradicional y generar una ola de entusiasmo entre sectores muy diversos, desde la izquierda tradicional hasta desafectos del sistema.

En aquel clima de efervescencia proliferaron también candidaturas municipales que se movían en la órbita de la nueva fuerza política morada. Muchas encabezadas por dirigentes con trayectoria activista —caso destacado de Ada Colau— y completadas con cuadros políticos de la izquierda tradicional. La tracción de una fuerza tan poderosa como Podemos facilitó también la alianza con fuerzas de izquierdas regionalistas o nacionalistas, como Compromís o Anova -escisión del BNG en Galicia—. Podemos llegó al 20,66% y obtuvo 69 diputados. Fuera de esa alianza quedaron IU y CHA, que alcanzaron el 3,68% pero únicamente dos escaños por Madrid.

La unidad que se construyó de cara a las elecciones de 2016 fue la más extensa que se había logrado hasta entonces, con todas las fuerzas de izquierdas incluidas. “Unidos Podemos” consiguió superar el 21% de los votos y obtener 71 diputados, pero no logró ni superar al PSOE ni evitar que se perdieran casi un millón de votos por el camino. Aquello fue una dulce derrota: el mejor resultado de la historia de la izquierda alternativa, pero también un fracaso de expectativas y el origen de las divisiones posteriores.

En los años sucesivos el espacio fue fragmentándose al tiempo que sufría una lenta pero incuestionable reducción en el apoyo electoral. Surgieron nuevos partidos como Más Madrid o el actual Adelante Andalucía, que eran de facto escisiones de Podemos, pero también se despegaban del todo otras fuerzas aliadas como Compromís o Anova. Unidas Podemos era cada vez más únicamente la suma de Podemos, IU y Comunes, y además en pleno repliegue de la izquierda electoral. Con todo, en las segundas elecciones de 2019 se logró resistir con un 12,86% y fue suficiente para formar el primer gobierno de coalición de la historia reciente de España.

No obstante, ese hito no frenó el declive electoral de la izquierda alternativa. Unidas Podemos no sólo no lograba ya ser la “casa de todos”, sino que era ampliamente superado en algunas elecciones autonómicas por otras fuerzas de izquierdas, destacadamente en el caso de Madrid y Valencia. Para el año 2021, las encuestas situaban a Unidas Podemos en el entorno del 10%, su momento más bajo.

Pablo Iglesias cedió el liderazgo a Yolanda Díaz en ese contexto. Podemos esperaba que el carismático liderazgo de la ministra de Trabajo permitiese a Unidas Podemos remontar el terreno perdido en los últimos años. Además, al mismo tiempo se pretendía taponar el crecimiento de los nuevos partidos —recordemos, escisiones de Podemos—. Pero Yolanda Díaz optó por un camino distinto: aceptó el liderazgo y lo redirigió a intentar recomponer las múltiples piezas de la izquierda alternativa. Al principio no tenía nombre, sino solo una misión: crear un lugar común de reencuentro. Podemos lo consideró una traición, pero Comunes e IU estuvieron de acuerdo. Al tiempo se sumaron también el resto de los partidos, destacadamente CHA, Compromís y Más Madrid, y el nuevo artefacto, que era solo una coalición electoral, se llamó Sumar.

A pesar de su contundente oposición al proyecto, Podemos aceptó ser parte de Sumar de cara a las elecciones de 2023. El liderazgo de Yolanda Díaz era tan indiscutible que logró agrupar a todas las fuerzas de izquierdas y recomponer una candidatura de unidad, que obtuvo el 12,33% y permitió revalidar el gobierno de coalición. No obstante, el experimento no duró mucho y las tensiones acumuladas hicieron saltar todo por los aires a las pocas semanas, destacadamente con Podemos saliéndose del espacio Sumar. Mientras tanto, para mayor confusión, Sumar se constituyó como partido propio; uno más que sumar al ya denso ecosistema.

En los últimos años, el espacio electoral se ha achicado y fragmentado aún más. Las encuestas más recientes para las próximas elecciones generales sitúan en promedio a Sumar en el 6% y a Podemos en el 4%, cifras que de confirmarse significarían la casi desaparición de ambas fuerzas debido al efecto de la ley electoral. Pero todavía podría ser peor, porque las elecciones autonómicas que salpican el camino hacia las generales no están pintando escenarios halagüeños.

En Extremadura se presentó una candidatura de unidad entre Podemos e Izquierda Unida que consiguió resistir con un 10,27%, aunque las derechas sumaron mayoría absoluta. Se trataba, sin embargo, de un caso excepcional de unidad construido por organizaciones que llevan años trabajando juntas sin demasiado conflicto. Era obvio que no se repetiría en otros contextos. El último ejemplo, el de Aragón, ha llevado a la desaparición a Podemos —menos del 1% del voto—, a IU a sus niveles tradicionales en la región —un 3%— y a CHA a aumentar hasta el 9,7%. ¿Qué pasará en Castilla y León y en Andalucía, que son las siguientes citas electorales? Probablemente, nada bueno para la izquierda.

A dónde vamos

Los acontecimientos descritos hasta aquí —la historia política reciente de nuestro país, en definitiva— han conducido a un ecosistema mucho más rico y complejo de la izquierda alternativa: allí conviven actores con identidades nacionales diversas, líderes carismáticos y militancias anónimas, partidos con estructura y partidos sin ella, inercias partidistas e institucionales, un sinfín de agravios cruzados acumulados, rendimientos electorales muy variados, tradiciones políticas distintas… Alinear los intereses de todos esos actores y que, además, coincidan con lo que dicta el sentido común —una candidatura de unidad que simplifique la decisión del votante y esquive los obstáculos de la ley electoral, y con un programa y líderes atractivos— es sumamente complicado.

Pero tiene mucha razón Gabriel Rufián cuando dice que algo hay que hacer. Él tiene muy buen olfato político, lo que explica por qué su figura ha cobrado impulso también fuera de Cataluña —nada fácil para un dirigente de una formación independentista—. Su forma de comunicar ha conectado con una demanda creciente entre el electorado de izquierdas, hastiado de las divisiones cainitas y necesitado de un discurso político firme, combativo y crítico pero también flexible y leal con el gobierno de coalición. Su propuesta de futuro comienza por el diálogo honesto, y me parece todo un acierto.

Por otro lado, los partidos que ahora conforman el espacio de Sumar —el propio Movimiento Sumar, IU, Comunes y Más Madrid— también han convocado a una reconstrucción de la alianza. Es otra buena señal, porque significa que se comparte el diagnóstico de que no es viable seguir como estamos.

Finalmente, sólo el partido Podemos parece insistir en no cambiar el rumbo y, como Ulises, siguen atados al mástil a fin de no escuchar las sirenas (de alarma). En Andalucía sus diputados —por cierto, magníficos— están solicitando un cambio de estrategia que les permita no tener que competir con IU-Sumar, pero la dirección marcada desde Madrid no se altera de momento. Quizás estén esperando a los últimos 100 metros, pero en ese agónico “mientras tanto” están perdiendo mucho músculo —como ha puesto de relieve Aragón—.

La buena noticia es que técnicamente se puede articular una candidatura unitaria. La mala noticia es que nadie sabe cómo hacerlo, y las condiciones que lo hicieron posible en el pasado —liderazgos muy fuertes y altamente legitimados— ya no existen. Así que mentirá quien diga que tiene la fórmula magistral que lo resuelva de manera sencilla: quienes se sienten en las mesas a debatir tendrán que darle una y mil vueltas a todas las opciones disponibles.

A esta dificultad organizativa se le superpone, además, un problema mucho más profundo y estructural: la recomposición de la izquierda no puede basarse únicamente en una mejor ingeniería interna si no es capaz de articular una respuesta material nítida a los dos grandes vectores de malestar social hoy en España. El primero es la crisis de la vivienda, que ya no es un problema sectorial ni coyuntural, sino un auténtico dispositivo de extracción de rentas que atraviesa a varias generaciones, bloquea los proyectos vitales de amplias capas sociales y se ha convertido en uno de los principales mecanismos de reproducción de la desigualdad. La izquierda alternativa no puede limitarse a gestionar mejor este conflicto que el PSOE: necesita ofrecer una narrativa clara de confrontación con el poder rentista —fondos, grandes propietarios y entramados financieros e inmobiliarios— y, sobre todo, una agenda reconocible de desmercantilización de la vivienda. Sin ese anclaje material, es muy difícil que una eventual recomposición organizativa sea percibida por la ciudadanía como algo distinto a una reordenación de siglas.

El segundo vector, aun más determinante en el medio plazo, es la crisis ecosocial. La izquierda alternativa nació políticamente al calor de una crisis financiera y de un ciclo de austeridad, pero el próximo ciclo político estará marcado por límites materiales mucho más duros: energía, agua, clima, territorio, dependencia exterior y encarecimiento estructural de insumos básicos. Esto tiene consecuencias directas sobre empleo, precios, vivienda, movilidad y servicios públicos. Sin una propuesta creíble de transición ecosocial que asuma explícitamente los conflictos distributivos que esa transición implica —quién paga, quién pierde rentas, quién gana seguridad material—, el espacio de la izquierda corre el riesgo de quedar atrapado entre un progresismo gestor de la escasez y una extrema derecha que capitaliza el malestar social mediante respuestas autoritarias. La recomposición del espacio no es, por tanto, sólo una cuestión de reglas internas o de liderazgos más o menos carismáticos, sino de capacidad para construir un proyecto político que afronte de forma explícita el choque entre rentismo, crisis ecológica y deterioro de las condiciones materiales de vida de la mayoría social. Sin ese horizonte material, la unidad será frágil; con él, la arquitectura organizativa adquiere sentido estratégico.

No más borrones y cuentas nuevas

Un lastre que aparece a menudo en la izquierda —sobre todo en momentos críticos— es la pulsión por querer comenzar de cero. Muy vinculada con el adanismo, esta pulsión conduce a despreciar todo lo sucedido antes y a idealizar lo que está por venir. Está actitud acaba no sólo desaprovechando un capital político acumulado enorme sino que, necesariamente, lleva a repetir errores pasados. Está tentación debería evitarse esta vez. En su lugar, podríamos aceptar que, en tanto seres humanos, nuestros actos siempre tienen impurezas, que cometemos errores y que no siempre acertamos; y que la clave no es el reinicio permanente, sino aprender de los fallos y perfeccionar y adaptar nuestros instrumentos a los distintos contextos. Por ejemplo, para la época que viene no es buena idea empezar apuntando a quién no debe estar; sería más fructífero cambiar el foco hacia qué se quiere conseguir.

Como hemos vivido una época de liderazgos fuertes, existe también la tentación de que ahora se quiera prescindir de ellos. En realidad, sería un esfuerzo inútil: los liderazgos carismáticos siempre han sido fundamentales, pero más aun en esta sociedad contemporánea tan altamente mediatizada. Una organización clásica con un liderazgo gris al frente podrá defender un “suelo electoral”, pero difícilmente resultará suficientemente atractiva para aspirar a mucho más. Por el contrario, los liderazgos carismáticos permiten ampliar el alcance y conseguir la identificación emocional de la gente —que es la clave de la política actual—, pero son altamente vulnerables si carecen de una organización sólida que les respalde. Lo lógico sería conjugar una estructura orgánica lo más sólida posible con una selección inteligente de candidatos —una selección pensada para la identificación emocional con la gente, no según currículums o credenciales tecnocráticas—. Insisto: no hay que comenzar desde cero siempre. Obsérvese por ejemplo que algunas de las referencias más relevantes de la izquierda occidental de la última década—Jeremy Corbyn, Bernie Sanders o Jean Luc Melenchon— han sido y son “políticos profesionales”, es decir, gente que lleva toda la vida en política.

Por otro lado, articular y organizar el ecosistema de izquierdas en un país plurinacional como España es un reto hercúleo. Y especialmente difícil es hacerlo en condiciones de declive electoral, cuando todos los partidos quieren jugar como defensas y no como delanteros. Las experiencias de Unidas Podemos y de Sumar son buenos contraejemplos, ya que ninguna de ellas se dotó de estructuras de gobernanza, es decir, de un mínimo conjunto de reglas compartidas de funcionamiento que sirvieran para que todos estuvieran cómodos. Al contrario, ambas experiencias hicieron recaer la cohesión interna del espacio en la fuerza de sus liderazgos principales. Pero al desgastarse esos liderazgos —y eso acaba pasando siempre—, toda la cohesión se tambaleaba. Es mucho más razonable construir unas instituciones republicanas que permitan que cada fuerza aporte su parte, sin sentirse agraviadas injustamente por el resto y, sobre todo, permitiendo que cualquier asunto pueda ser discutido democráticamente. Al fin y al cabo, los líderes, por muy carismáticos que sean, deben tener un “demos” al que rendir cuentas.

Quizás se consiga. Yo soy optimista, aunque solo sea porque creo que todos conocen que la alternativa es un gobierno reaccionario que hará de nuestro país un sitio mucho peor. En un contexto de crisis ecosocial y con Estados Unidos mutando de régimen hacia uno profundamente autoritario en el interior y descarnadamente imperialista en el exterior, ese cambio de gobierno en España no es un asunto menor. Y creo firmemente en que no todo está perdido: hay indicadores de sobra que señalan que hay hueco suficiente para recomponer y ganar. Por eso necesitamos que estas conversaciones de la izquierda, todas las que hagan falta, salgan bien. De nuevo: no sobra nadie. El futuro de nuestras hijas depende en gran medida de estas conversaciones y de las decisiones que se tomen de ahora en adelante. Buen trabajo y buena suerte.