Una paz que no sea la de la servidumbre
Cuando en 1995 entrevisté en Johannesburgo a Nelson Mandela para El País, le pregunté qué había sido decisivo en su opinión para que la minoría blanca supremacista de Suráfrica decidiera terminar con el apartheid y celebrar esas elecciones auténticamente democráticas que le habían llevado a él a la presidencia. Mandela no dudó: la presión internacional había sido crucial, las sanciones al régimen del apartheid habían terminado haciéndole la vida muy difícil a los supremacistas. Hasta el punto de que habían terminado arrojando la toalla y buscando una reconciliación razonable con la mayoría negra.
El pasado martes, el Gobierno de España cumplió con una obligación moral al proponer a la Unión Europea la ruptura de su acuerdo preferencial con el Estado de Israel. Ese acuerdo establece el respeto a los derechos humanos como condición sine qua non para su vigencia y no creo preciso extenderse demasiado en recordar que Israel lleva décadas violándolos en el trato que les da a los palestinos, los libaneses y cualquier otro que se oponga a su expansionismo. ¿Por qué no vale para Israel el criterio que ha valido para la Rusia de Putin?
Nuestro Gobierno fue más allá del deber moral con esa propuesta: señaló el único camino posible para conseguir un mínimo de paz justa en Oriente Próximo. Israel no abandonará el belicismo que se ha adueñado de su alma hasta que sus ciudadanos no sientan la reprobación internacional, empezando por la europea, en sus carteras, su participación en eventos culturales y deportivos, sus viajes al extranjero. Si no es así, seguirán pensando que tienen un cheque en blanco para extender manu militari sus fronteras al Litani y más allá, al Jordán y más allá.
La propuesta española, ya lo saben ustedes, no fue aprobada. Alemania volvió a interpretar el penoso papel de haber sido la ejecutora de la mayor barbarie del siglo XX, la Shoah, y, abochornada por ello, ser un cómplice berroqueño de la mayor barbarie del siglo XXI, el exterminio de los palestinos. Semejante esquizofrenia solo es superada por la del propio Israel, que practica con sus vecinos árabes la deshumanización que los nazis ejercieron con los judíos. Los árabes son una especie de animales malignos contra los que todo vale, desde el bombardeo de escuelas y hospitales hasta la ejecución en la horca.
De la actual insignificancia de la Unión Europea da muestra el que un personaje como Kaja Kallas sea nuestra alta representante de política internacional. El martes, Kallas ninguneó la propuesta española de sanciones a Israel diciendo que ello no detendría su colonización de Cisjordania. El argumento es una colosal majadería. ¿Qué podría, entonces, detenerla? ¿La inacción?
El mundo, según Kallas, es una jungla donde lo mejor para los europeos es hacer la vista gorda ante las tropelías de terceros porque condenarlas y sancionarlas no sirve para nada. Bueno, con una excepción: las tropelías de Rusia. Estas obsesionan a la estonia desde la cuna, estas sí que merecen un castigo fulminante. Pobre Europa, conducida por la estrechez mental y la doble moral de unos burócratas que se han quedado colgados en algo trasnochado: el atlantismo, la rusofobia y la admiración por el sionismo de la segunda mitad del siglo XX.
Como europeísta que soy, a mí me da mucha vergüenza esta Bruselas, que, el martes, solo fue capaz de aplicar sanciones a Irán por bloquear el estrecho de Ormuz. ¿No se han enterado nuestros burócratas de que Irán no comenzó la guerra actual? ¿Ignoran que, por ominoso que sea su régimen, Irán no disparó el primer misil el pasado 28 de febrero? ¿Nadie les ha contado que esta guerra la quería Netanyahu desde hace muchos años? ¿No saben que Netanyahu embarcó a Trump en el ataque a Irán diciéndole que sería cosa de pocos días y sin consecuencia alguna para la economía? ¿Dónde carajo se informa esta gente?
Los que mantenemos tanto la conciencia moral como el sentido práctico apoyamos sancionar a Israel para, entre otras cosas, ayudar a su pueblo a salir de una existencia en permanente estado de guerra, para empujarlo por el camino de la reconciliación. A nosotros, los que seguimos leyendo, nos toca recordar las muchas cosas importantes que dijo Albert Camus en su discurso de aceptación del Nobel en Estocolmo. Nos toca forjarnos “un arte de vivir para tiempos catastróficos” y, a la par, nos toca seguir trabajando para restaurar “una paz que no sea la de la servidumbre”. Ardua tarea, ya lo sé.