El peligro de un 'ejército' con frío y bebés

Mujeres refugiadas en la frontera entre Bielorrusia y Polonia

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Miles de personas migrantes están atrapadas en la frontera entre Bielorrusia y Polonia. El régimen bielorruso exige al Gobierno polaco que las acoja y éste acusa a Bielorrusia de empujar e instrumentalizar a los migrantes.

Este martes la OTAN se ha pronunciado respaldando a su socio polaco, a cuyo territorio, perteneciente a la Unión Europea, quieren llegar esas personas de origen sirio, afgano o iraquí. Un número significativo lo ha conseguido, pero han sido expulsadas a través de devoluciones en caliente que, como denuncian organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional, incumplen los acuerdos de la Convención de Ginebra. Comprar sin matices el marco narrativo del Gobierno de ultraderecha polaco tiene grandes riesgos. Supone normalizar un discurso que deshumaniza a esas personas, que las concibe como arma arrojadiza y como amenaza.

Sí, estamos ante un pulso de carácter geoestratégico, con un país perteneciente a la órbita de Moscú y otro a la de Washington. Sí, el Gobierno de Bielorrusia ha permitido que migrantes lleguen a su país en aviones gestionados por agencias de viajes estatales que les prometen lo que no les van a dar y tras ello pretende deshacerse de ellos, empujándolos hacia Polonia. Pero también el Gobierno polaco los rechaza.

El cinismo del régimen bielorruso no borra el de otros países. El pulso que ha lanzado a Polonia no justifica el rechazo contundente a personas desprotegidas y en situación de alta vulnerabilidad, cuyo destino debe negociarse entre democracias y no dejarse en manos de gobiernos autoritarios como el de Bielorrusia o de ultraderecha como el de Polonia, conocido en toda la UE por no respetar los derechos fundamentales. No, no caben los maniqueísmos. Esta no es una historia de buenos y malos, sino una pugna que implica a Washington y Moscú, en la que la Unión Europea pierde si acepta el marco discursivo de su socio polaco, porque la deshumanización de las personas sin papeles por parte de las instituciones da de beber a la extrema derecha europea.

Varsovia considera que unos pocos miles de inmigrantes suponen la declaración de "una guerra híbrida" y afirma que el país vecino intenta "generar un incidente grave, preferiblemente donde se produzcan bajas y se dispare munición (real)". Tendría que aclarar si pretende con esta afirmación justificar un eventual ataque armado contra personas que han huido de países no seguros, del hambre y la desesperación, y a las que presenta como un ejército potencialmente invasor. De momento, ha creado una zona militarizada en un radio de tres kilómetros para impedir la atención médica y la presencia de cooperantes y de periodistas, algo que denuncian las ONG y que es contrario al derecho a la protección internacional de los migrantes.

El portavoz de Interior polaco ha acusado a Bielorrusia de instruir a los migrantes "sobre cómo usar a los niños para cruza la frontera. [Les dicen]: 'Lleva a los niños, bésalos, luce cansado y sucio'". Qué poca vergüenza tienen esas personas migrantes, que están cansadas, pasan hambre y frío -al menos ocho han muerto por hipotermia- tienen bebés y encima los besan. Tendrían que disimularlo un poco más.

No se puede aceptar ni trasmitir el mensaje de que un puñado de hombres, mujeres y niños son peligrosas armas potenciales a las que hay que rechazar con contundencia. Y sin embargo la OTAN ha empleado este martes el término acuñado por Polonia, 'ataque híbrido', para mostrar su apoyo a Varsovia, cuando esta acaba de desplegar diecisiete mil policías fronterizos reforzados con personal militar para patrullar la zona, una escenificación que inevitablemente estigmatiza la migración.

La presidenta de la Comisión Europea ha dicho que Bielorrusia debe dejar de poner en riesgo la vida de los inmigrantes. Y está muy bien que lo recuerde. Pero debería admitir que la propia Unión Europea también pone en riesgo la vida de las personas migrantes, impidiendo las rutas seguras, externalizando fronteras para que la gente muera lejos de nuestros territorios y de nuestras conciencias, dejando como única vía de escape las rutas más peligrosas, trazadas como tétricas yincanas.

La realidad es compleja y también se crea a través de definiciones. Las palabras pueden ayudar o herir. El lenguaje tiene que proteger a las personas que sufren maltrato y discriminación. La inmigración debe ser afrontada con medidas humanitarias, con políticas que ayuden a los países de origen, con medidas que frenen los conflictos armados. Pero en su lugar se apuesta por la exportación de armas que llegan a esas naciones de los que muchos huyen, por la militarización frente a la vulnerabilidad de quienes migran, por cárceles para personas sin papeles, por la justificación del uso de la violencia, por la institucionalización del racismo.

Entre tanta militarización y tan poca solidaridad ha surgido en Polonia el proyecto Luz Verde, que invita a colocar luces en las ventanas para marcar las viviendas donde los refugiados pueden encontrar ayuda discretamente sin ser entregados a la policía. También este martes, por encima del mensaje belicista, se han oído otras voces, procedentes del Parlamento europeo, que recuerdan que el enfoque humanitario debe estar por encima del miedo infundado. Que las personas vulnerables son víctimas, no un riesgo para la seguridad. Ese es el único camino. Y eso pasa, de momento, por poner encima de la mesa una solución inmediata para las personas atrapadas en esa frontera y por condenar la voluntad de criminalizarlas como si fueran un peligroso ejército armado invasor.

Mientras la Unión Europea no asuma públicamente y con contundencia que el racismo institucionalizado hace más daño que las personas migrantes, seguiremos avanzando puestos hacia una peligrosa y decadente deriva.

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