Rosalía y la hipocondría moral

16 de marzo de 2026 00:30 h

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En un ensayo publicado por la editorial Anagrama en 2022, los filósofos Natalia Carrillo y Pau Luque resumían así el concepto de “hipocondría moral”: “la idea según la cual si nos sentimos culpables por los males y las enfermedades del mundo social y político es porque son en efecto culpa nuestra, a pesar de que muchas veces esté lejos de ser claro qué significa tal cosa. La hipocondría moral es, en pocas palabras, creer que sentir culpa nos convierte en culpables. Esta forma de falsa conciencia revela un desconcertante narcisismo patológico que mezcla una desmesurada presencia del yo y una brújula moral bien imantada”.

No deja de asombrarme un fenómeno curioso y recurrente: los referentes culturales conservadores pueden permitirse decir lo que quieran, soltar una barrabasada, incluso ganar puntos o nuevos seguidores haciéndose los cancelados o haciendo el burro. Mientras tanto, la izquierda trata a quien identifica como un referente cultural –progresista–, más veces que no, con suspicacia y sospecha, esperando un error o desliz para saltar a una yugular metafórica. Se da, con frecuencia, por polémicas artificiales o en las que quienes se implican tampoco tienen nada que ganar, ni que perder, ni que contribuir. Creo que lo ejemplifican algunas de las polémicas de los últimos meses en torno a declaraciones de Rosalía.

Hace unos meses, en una entrevista para Radio 3, Rosalía, preguntada sobre si era feminista, afirmó que se rodeaba de ideas feministas, pero no se consideraba moralmente lo suficientemente perfecta como para considerarse dentro de un 'ismo'. La reacción y el reproche fueron prácticamente inmediatos, incluida la crítica según la cual lo que subyacía a las palabras de la cantante era pura tendencia reaccionaria. Creo, en realidad, que tampoco decía nada ni muy descabellado ni especialmente grave. Lo relevante ahí es cómo entendemos el feminismo: como práctica, como identidad o como virtud.

En la década pasada, más o menos coincidiendo con el primer mandato de Trump, surgieron las críticas a una actitud pretendidamente progresista: en el inglés original, ‘virtue signalling’; en su adaptación al castellano, 'postureo ético'. Consistiría en entender la adscripción a causas morales o políticas como algo que sólo necesita una enunciación, o sea, decirlo, decir una cosa determinada, y a través de ese decirlo permite ganar puntos en un campo social donde imperan unos valores determinados. Cuando algunos críticos atacan lo 'woke', término un poco más batiburrillo, tienden a criticar en muchas ocasiones ese postureo ético, la reducción de la acción política o ética a un tuit, o un post en Instagram, o el botón de compartir de un artículo.

La otra cara de ese postureo ético implicaría que, como al enunciar esa postura se gana algo, de pronto, y al mismo tiempo también se reivindica la pertenencia a una comunidad concreta, se unen los conceptos de virtud e identidad. Como si una identidad fuera en sí misma virtuosa.

Yo soy feminista, desde luego, pero me parece más sincero lo que dijo en aquella entrevista Rosalía –su discurso sobre la imperfección– que el ejemplo de otras tantas personas que, a la par que se reivindican como feministas, se comportan con crueldad, malicia o violencia. Ser feminista no debería ser sólo creer en ciertas cosas, sino también llevarlas a la práctica; he visto a personas que no dudarían en decir que son 'muy feministas y mucho feministas' ejercer bastante violencia que de feminista no tenía nada o usar el feminismo como escudo instrumental para protegerse ante cualquier acusación.

La polémica se ha vuelto a repetir estos días en relación a otras palabras de Rosalía sobre diferenciar al artista de la obra en relación con Picasso. No puedo evitar pensar que vivimos en una exhibición pública de presuntas virtudes cuyas consecuencias más bien son, en muchas ocasiones, generar artistas o personajes públicos más cobardes, porque no posicionarse en absoluto, en nada, penaliza menos que posicionarse y equivocarse o no transmitir una formulación correcta.

Como en relación con la política institucional y sus referentes tenemos el ánimo alicaído, buscamos y pedimos de los referentes culturales una identificación que en otro tiempo tendríamos con agentes políticos, como nos pasa cuando vemos en Bad Bunny a un revolucionario.

Lo que no podemos hacer es convertir la discusión política y social en una conversación sobre lo buenos que somos, cada uno, o lo bueno que es un tercero, o lo malo que es comparado con nosotros: la medición de las virtudes de cada cual y el castigo o penitencia al error, a la manera cristiana, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Es una forma de articular el debate público extraordinariamente antipática; en un momento en el cual a la izquierda no le conviene nada hacer más estrecho y pequeño su círculo, menos le convendría aún a las coordenadas del progresismo parecerse a los confesores de nuevas iglesias virtuales.