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La Unión Europea ante el desafío de Trump en Groenlandia

17 de enero de 2026 22:49 h

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El evidente fracaso de la reunión que mantuvieron, el miércoles 14, los ministros de asuntos exteriores de Groenlandia, Vivian Motzfeldt, y de Dinamarca Lars Lokke Rasmussen, a petición propia, con el vicepresidente de EEUU, JD Vance y el secretario de Estado, Marco Rubio, anunciado por la patética expresión a su término de los representantes groenlandés y danés: “profundo desacuerdo”… “Trump tiene el deseo de conquistar Groenlandia”…, certifican el fracaso de cualquier opción de diálogo y acuerdo con la administración del presidente Donald Trump respecto a su pretensión de hacerse “por las buenas o por las malas” con el dominio de la isla ártica. Es de suponer que Motzfeldt y Rasmussen iban a negociar, proponer concesiones para explotar recursos minerales —todo el mundo supone que es eso lo que quiere Trump— o una mayor colaboración militar, pero nada de esto ha sido suficiente. Si el presidente estadounidense ha dejado claro que no aceptará nada que no sea el dominio total de la isla, es porque su ambición va más allá de quedarse con sus riquezas naturales. Solo la anexión le permitiría dominar completamente Groenlandia —que en caso de independencia podría buscar ofertas económicas en otros países—, controlar su zona económica exclusiva, las rutas de acceso al Ártico, y —sobre todo — reclamar una zona de plataforma territorial extendida en ese océano de cerca de 900.000 kilómetros cuadrados, incluida parte de la cordillera submarina de Lomonósov que también reclama Rusia, donde podría haber ingentes cantidades de minerales y petróleo.

La reacción de Copenhague ha sido un rechazo firme al intento de suprimir la soberanía danesa, en tanto los groenlandeses quieran conservarla, como es el caso en palabras recientes de su primer ministro, además de hacer una petición de respaldo a sus socios europeos. Pero la respuesta de la Unión Europea ha sido contemporizadora y débil. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen ha tardado dos semanas en hacer una declaración afirmando que Groenlandia puede “contar con nosotros política y económicamente”, pero sin criticar a EEUU. Podría haber anunciado el posible empleo del instrumento anticoerción, aprobado en 2023 con vistas a China, que permite acciones económicas muy contundentes, pero de eso ni se habla. El presidente francés, Emmanuel Macron, ha mostrado su rechazo con gran firmeza… retórica, para concluir con la valiente decisión… de crear un consulado en la isla (!). Ha habido muchas reuniones de dirigentes europeos para estudiar planes y medidas, que han acabado con la decisión de enviar a la isla algunos pequeños contingentes militares para que hagan allí ciertas maniobras disuasivas, no se sabe contra quién, porque según los servicios de inteligencia daneses desde hace diez años no se ha visto por allí ningún barco chino.

El envío de tropas europeas es puramente simbólico, lo que coloquialmente se llama mostrar bandera. Alemania, por ejemplo, ha enviado 13 efectivos, Finlandia 2. Por supuesto, ninguno de los contingentes, incluso los más numerosos, tienen por misión enfrentarse a una hipotética – e improbable – acción militar estadounidense, sino más bien dar una señal de solidaridad, más bien poco enérgica, a los daneses y también ante los propios ciudadanos europeos que asisten asombrados a la pasividad de sus líderes. Su misión, si es que se puede llamar así dado su escaso volumen y capacidades, es reforzar la defensa de Groenlandia y, en general, de la zona ártica, ante la preocupación mostrada por Trump en estos aspectos. Por supuesto la OTAN podría hacer mucho más en la zona si fuera necesario - que no lo es, al menos por ahora – como poner en marcha un plan específico, un Artic Sentry similar al Baltic Sentry, que se aprobó en Helsinki hace ahora un año para proteger el flanco norte, en relación con la guerra en Ucrania, y algunos aliados han ofrecido ya esta posibilidad a Washington. Pero Trump no quiere ninguna ayuda, al contrario, ha anunciado nuevos aranceles para los países que hayan desplegado tropas en la isla que empezarán en el 10%, para subir al 25% en junio. 

Con esto, el presidente estadounidense deja claro que su problema no es la seguridad y los estados europeos que han enviado tropas salen de su ambigüedad para caer en el ridículo. Aunque Trump había alegado la defensa de la isla como la razón más importante de su ambición, no era difícil entender que ese no era su objetivo. Además de una posible mayor implicación de la OTAN si fuera necesaria, el tratado defensivo bilateral que EEUU firmó con Dinamarca en 1951 —revisado en 2004 y 2023— permite a la potencia americana establecer todas las bases y efectivos militares que desee para defender la isla y proteger las rutas de navegación, sin límites. La base espacial de Pituffik, ha sido ampliada varias veces, incluso Dinamarca ha tolerado armas nucleares en la isla —en 1968 hubo un grave accidente que produjo contaminación radiactiva—, y ha sido EEUU el que ha reducido voluntariamente su presencia militar de casi 10.000 efectivos, durante la guerra fría, en 17 bases, a menos de 300 en una, en la actualidad.

Trump no va a tratar de obtener la isla por la fuerza. Esa amenaza es solo un intento de intimidación, como lo es su insistencia en que no admite nada que no sea que la isla este bajo su dominio, o la imposición de nuevos aranceles a todos los que se opongan a su deseo de incorporarla a la soberanía de EEUU. Va a emplear todos los instrumentos de coacción de los que dispone para lograr sus propósitos, pero no va a llevar a cabo ninguna acción militar —y mucho menos letal— porque supondría el fin de la Alianza Atlántica, y aunque no siente ninguna simpatía por ella no es probable que quiera llegar tan lejos. Eso sería, además, un golpe —tal vez definitivo— a la cooperación con Europa, a la que necesita para vencer en su pugna con China, aunque no la respeta porque la ve débil y desunida. Pero, en cualquier caso, solamente la amenaza de emplear la fuerza contra otro aliado, constituye ya una violencia inaceptable y debería ser suficiente para que se convocara una cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN en la que se requiriera a EEUU el absoluto respeto a la letra y al espíritu de la Alianza, o —en caso contrario— su abandono de la organización, y de las bases e instalaciones que tiene o utiliza en el continente. Algo que, por supuesto, nadie en Europa quiere hacer.

Parece que algunos dirigentes europeos —atlantistas empedernidos— están pensando que esta crisis es temporal y que, si la Alianza Atlántica aguanta, aunque sea maltrecha, cuando el mandato de Trump termine, las cosas pueden volver a ser como eran. Pero va a ser que no, la relación entre ambas orillas del Atlántico ya nunca volverá a ser la misma. Por tres razones: la primera es que para que eso suceda faltan tres largos años y, vista la actitud del presidente estadounidense hacia la Unión Europea, reflejada claramente en su estrategia de Seguridad Nacional, en este tiempo pueden pasar muchas cosas que empeoren la relación EEUU- Europa hasta extremos insoportables; la segunda, porque su sucesor puede ser su vicepresidente J.D. Vance, cuya hostilidad hacia la UE y su sistema político es aún mayor, como expresó sin pudor en su intervención en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en febrero de 2025, y si es elegido podría tener dos mandatos, es decir nos iríamos a 2037; la tercera —y tal vez la más importante— porque lo que está pasando pone en evidencia que es posible y, por tanto, que puede repetirse. O, dicho de otra forma, que no se puede fiar incondicionalmente la defensa de Europa a una potencia externa sobre la que no tenemos ningún control y que en cualquier momento puede dejar de ser fiable, incluso ser hostil, dejándonos solos e inermes. Esto ya se sabía desde el fin de la guerra fría, y por tanto del interés vital compartido, pero muchos se negaron a verlo por comodidad, por desconfianza hacia sus vecinos, o por razones ideológicas.

Ahora algunos sacan a la luz el artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea (TUE), que podría ser invocado por Dinamarca para recabar la solidaridad —también militar— de sus socios. Este artículo es un trasunto del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, la cláusula de defensa mutua. Su redacción es prácticamente idéntica, y convierte de iure a la UE en una alianza defensiva, incluso si el texto contiene una referencia a la responsabilidad de la OTAN en la defensa colectiva de Europa —cuya inclusión fue una exigencia de Reino Unido y otros gobiernos atlantistas en Maastricht—, que no minora en absoluto la obligación mutua adquirida por los Estados miembros. La diferencia entre ambos, es que la Alianza Atlántica creó una estructura militar —la OTAN— para hacer realidad la defensa colectiva, totalmente dirigida por EEUU, que ponía la mayor parte de la fuerza, y la UE nunca ha emprendido la tarea de poner en marcha su propia estructura militar para tener los instrumentos que hicieran efectivo ese compromiso. Si la capacidad común de defensa colectiva europea se hubiera empezado a crear hace tres décadas, cuando el escenario estratégico en Europa había cambiado radicalmente y se aprobó el TUE, ahora no tendríamos que ponernos de rodillas para que Trump sea bueno, no nos abandone ni coaccione a un aliado europeo, ni estaríamos temblando ante Putin, que desprecia —con razón— lo que los europeos podamos decir o hacer.

¿Va a conseguir la actitud de Trump, su hostilidad hacia la UE, su amenaza a Groenlandia, que cambie esta pasividad y se aborde en serio de una vez la construcción de una defensa común europea autónoma y suficiente? Probablemente, no, al menos mientras perdure la guerra en Ucrania y la hipotética amenaza rusa sobre Europa, que muchos creen —o dicen creer— que no se puede afrontar sin el concurso de EEUU, por más que esa amenaza sea claramente inverosímil a la luz de la capacidad económica, industrial, demográfica y militar de Rusia, excepto en lo que se refiere a armas nucleares. La tendencia a aceptar lo que sea, con tal de que Trump no abandone a Europa, no cambiará ni siquiera cuando termine la guerra, porque lo más probable es que la situación de tensión se mantenga, si no se abandona la actitud belicista en favor de un acuerdo amplio de seguridad compartida en el continente, y habrá países —bálticos, nórdicos, Polonia, etc.— que seguirán confiando exclusivamente en EEUU para su defensa, aunque eso suponga acatar sin límites las órdenes de su amo y señor.

La única posibilidad que parece factible es que algunos países europeos, los que tengan menos reticencias a compartir su soberanía y más confianza mutua, se decidan a crear una Unión Europea de Defensa, poniendo en común sus capacidades militares y adquiriendo, entre todos, aquellas que sean imprescindibles y aún no posean, o no en el grado necesario. Solo la suma de los presupuestos de defensa actuales de Alemania, España, Francia e Italia, supera en un 50% al de guerra de Rusia, que no va a poder mantenerlo mucho tiempo, y Francia dispone de suficiente fuerza nuclear para disuadir cualquier agresión. Tampoco les falta la capacidad tecnológica, aunque haya que acudir a algunos equipos o componentes externos como hacen todos, también EEUU. Es posible hacerlo fuera del marco de los tratados de la UE, sin resultar incompatible, recordemos una vez más que la moneda común se inició también fuera de los tratados y ahora forma parte de ellos, incluso su aceptación es obligatoria para los países que se incorporen a la Unión, aunque algunos Estados miembros aún no la hayan adoptado.

Hay que hacerlo, y además cuanto antes. Porque la dependencia militar conduce a una sumisión política —como se está viendo estas semanas—, y esta a su vez a una subordinación comercial y económica, que se ha traducido, en este caso, en la exigencia de un incremento exagerado de los presupuestos militares —en detrimento del gasto social— y en la imposición de los aranceles que Trump ha decidido unilateralmente, además de obligarnos a comprarle energía más cara y a invertir en su país. Hemos elegido a nuestros gobernantes —entre otras cosas y es tal vez la más importante— para que nos defiendan, no solo de Putin, también de Trump y de cualquiera que intente coaccionarnos, dinamitar la forma política y social que hemos adoptado, limitar nuestra voluntad para decidir lo que queremos ser y cómo queremos afrontar nuestro futuro. Tenemos que exigirles determinación y coraje, porque nuestra libertad y nuestra dignidad no admiten un sometimiento que, aunque se escude en el realismo o en la conveniencia coyuntural, suele ser consecuencia de la debilidad y del miedo al riesgo.