Unos zapatos y un salón de baile explican el desastre en Irán

4 de abril de 2026 22:23 h

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Unos zapatos y un salón de baile explican lo que EEUU ha hecho en Irán. Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, apareció fotografiado con unos zapatos que le quedaban grandes, los llevaba puestos porque es un empeño de Donald Trump que regala a sus colaboradores unos zapatos de la marca Florshein y que provoca que hasta el secretario de Estado no tenga el valor suficiente para decirle al presidente que le quedan grandes y ponérselos a pesar de todo. Si los máximos dirigentes de EEUU no se atreven a decirle al presidente que unos zapatos no son de talla se puede entender lo que puede ocurrir cuando propone que hay que tumbar a Irán del mismo modo que se sacó de Venezuela a Nicolás Maduro y nadie le dice que a lo mejor cierran el estrecho de Ormuz provocando una crisis inflacionista de dimensiones odiseicas. 

A la decadencia del genio pronto siguió la corrupción del gusto, decía el historiador Edward Gibbon en su libro sobre la caída del imperio romano. Porque lo que estamos viendo es la incapacidad de un imperio por aceptar que el final de su preeminencia ha llegado y gestiona su degeneración expresando de manera abigarrada todo lo que fue y ya no puede ser. Todos los excesos y alharacas del demente naranja se pueden resumir en la construcción de un salón de baile versallesco en la Casa Blanca destruyendo toda la simbología sobria que se pretendía cuando se construyó. La opulencia barroca de Trump identifica el final de un tiempo y los complejos de un macho emasculado. Unos zapatos y un salón de baile explican la resistencia de Irán. 

El odio a EEUU en Irán es primitivo. Quedó escrito en piedra después de la caída de Mossadegh y fue alimentado a lo largo de la historia contemporánea con los sucesivos intentos por injerir en la política persa no por el bien del pueblo sino para favorecer sus intereses imperialistas. Las protestas del pueblo iraní hacían prever que poco a poco la apertura se fuera imponiendo por la vía de los hechos, los jóvenes y las mujeres, incluso los comerciantes que han sido el apoyo central del régimen, estaban empujando de tal manera que era cuestión de tiempo que la situación fuera insostenible para el régimen de los ayatolás. Esa oportunidad ya ha desaparecido porque la intervención de Israel y EEUU, en la que han llegado a asesinar a más de 150 niños en una escuela en Minab, provocará un cierre nacionalista que anule ese movimiento aperturista que se atisbaba desde el pueblo. Una guerra como esta siempre favorece a quien tiene la fuerza interior para imponerse. 

La historia del siglo XX es la historia de líderes megalómanos demenciados que llevaron al mundo al desastre. Donald Trump es la excrecencia de nuestro tiempo de esa dinámica. Estamos inmersos en una dinámica tóxica geopolítica impulsada por hombres con la virilidad comprometida que necesitan invadir países del mismo modo que otros con menos poder se compran una moto de gran cilindrada. El gran problema de nuestro tiempo es la masculinidad desubicada y acomplejada que impulsa a la extrema derecha por no saber qué papel jugar en una sociedad donde sus gónadas ya no son la prioridad. 

La soberbia yanki le ha hecho creer que podría tumbar un Estado milenario como Irán, cuna de la civilización, lanzando unos cuantos misiles con un plan ideado por la Inteligencia Artificial. A día de hoy lo único que ha quedado demostrado es que la geografía es imbatible y con drones de 50.000 euros se ha conseguido poner en jaque a la economía del mundo. Es más fácil que caiga Trump con un colapso económico por la quiebra de su opinión pública que el régimen islamista de Irán. 

Ahora solo queda esperar cómo el criminal de guerra de Trump recula y sale de ahí dejando una región desestabilizada, con un régimen desatado y empoderado con unas consecuencias económicas y humanitarias difícilmente evaluables que pagaremos en Europa de una forma u otra. Dirá que ha ganado cuando huya y los siervos de todo el mundo lo aplaudirán como focas voxeras porque hay que recordar que este delirio solo ha sido posible con la cobardía y la complicidad de toda la derecha y la extrema derecha internacional. Ya nadie se acuerda de las mujeres de Irán ni de los homosexuales que se cuelgan de grúas que se usaron como justificación cínica de una intervención en la que los derechos humanos quedaron sepultados en los escombros de una escuela. Ya nadie se acuerda de esas mujeres porque nunca importaron.