Aporofobia digital. Monetizando miseria
El reciente delito juzgado en Vigo con agravante de aporofobia, cometido por dos jóvenes que humillaron, escupieron, lanzaron monedas y agredieron a una persona sin hogar, terminó con seis meses de prisión para cada uno conmutados por un curso y una ridícula multa inferior a 2.000 euros que, transcurrido ya el plazo, todavía no ha sido atendida.
Con este pensamiento presente, encuentro un vídeo protagonizado por dos conocidísimos youtubers cuyos ingresos mensuales son 20.000 euros si no les va bien.
Graban en Lavapiés, presentado como uno de los barrios “más peligrosos de Madrid”, para realizar un supuesto reto viral interactuando con personas empobrecidas.
La puesta en escena resulta especialmente llamativa. Uno aparece disfrazado con peluca y gorra y teme ser reconocido. Resulta desconcertante que parezca asumir que personas migrantes y sin techo en Lavapiés dedican su tiempo a admirar reputados jugadores de Minecraft.
Una de las personas grabadas manifiesta enfadado que no autoriza salir. Los youtubers se ofenden ante la fobia a las cámaras de los vecinos, que dicen no entender. A pesar de ello, el hombre aparece reconocible y termina siendo protagonista de la miniatura del vídeo.
El retado despierta a una persona que dormita en un banco, le cuenta que supuestamente ha sido desahuciado y le pide un euro. El hombre responde que él está en la calle y no tiene recursos. Finalmente, el otro saca diez euros, dice que solo quieren mostrar la situación del barrio y se los da. En otros momentos, solo si hay interacción publicable, les dan cinco euros.
En el caso de Vigo se aludió repetidamente a la corta edad de los agresores: “eran inmaduros y habían interpretado la humillación como un juego”. Mentira.
Aquí hablamos de adultos de más de treinta años, profesionales de internet que conocen la repercusión de una imagen y las precauciones que exige grabar a personas vulnerables.
Resulta estomagante contemplar estas escenas envueltas en sonrisa, gamberrada y aparente inocencia.
Durante años hemos explicado a adolescentes que burlarse o molestar a alguien que duerme en la calle no es una broma sino un delito. Resulta desalentador tener que recordárselo a adultos millonarios, y ojalá lo hagan sus suscriptores y mecenas.
Hace algunos años, la ola reaccionaria parecía más fácilmente identificable con determinadas siglas o discursos. Hoy sorprenden los perfiles capaces de reproducir estas actitudes. Conductas antes rechazadas aparecen banalizadas como humor, juego o gamberrada.
La aporofobia es una conducta abyecta e intolerable en una sociedad civilizada. Monetizar esa basura no es justificable.
Pregunté hace poco a una persona sin hogar si denunciaría las agresiones que muchas personas en la calle soportan a diario. Respondió: «No creo que la cárcel vaya a mejorar a estos chicos. Los harán peores. Esos comportamientos se curan con educación».
Precisamente por eso resulta tan importante cimentar un contundente rechazo social frente a estas conductas y reflexionar públicamente sobre su trascendencia. Que ese contenido sea repudiado, no se consuma, no se celebre.
Para pasearse con seguridad privada, estos adolescentes de 33 deberían saber que el peligro en Lavapiés, en todo momento, estuvo únicamente en ellos.