Opinión y blogs

Sobre este blog

Esa culpa no es tuya, es del patriarcado

Nagore Navarrete

0

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Esto era lo que rezaba mi abuela. Y su madre. Y la madre de su madre. Y yo también lo recé. Y seguramente muchas mujeres. Quizás ya no tantas. Por suerte, ya no tantas. Pero su impacto sigue vivo. Habitamos en una sociedad que, entre otras emociones desagradables, se maneja por la culpa. La culpa canaliza. La culpa aliena. Te hace pensar que cometes errores cuando no lo son, y te invita a “rectificar”. Es decir, volver a donde tienes que estar, mujer. Al cuidado de todas, todos y todes. Menos de ti.

Por lo enseñado y lo aprendido, la culpa no aparece solo cuando hacemos daño a alguien. Aparece cuando decimos que no. Cuando no llegamos a todo. Cuando colgamos una llamada. Cuando descansamos. Cuando no queremos ser madres. Cuando sí queremos serlo, pero estamos agotadas. Cuando no lo haces perfecto. Cuando decimos basta a los cuidados a diestro y siniestro. Y cuando pasa todo esto, dos simples palabras empiezan a resonar en nosotras: egoísta e insuficiente. No es casualidad. Lo escucho a diario en consulta.

La culpa es el superglu del patriarcado. Así, no hace falta que nadie nos vigile porque ya lo hacemos nosotras solas. No hace falta señalar nada si basta con que sintamos que estamos fallando. Un plan sin fisuras. Es un mecanismo perfecto: sigiloso y eficaz.

El catolicismo nos inyectó que el pecado habita en nosotras, y aunque hoy no esté tan presente, su lógica todavía permanece. La culpa se ha actualizado. Ya no se llama pecado, se llama egoísmo. Insuficiencia. De esos barros, estos lodos. Porque cuando una mujer se mueve del lugar asignado, algo dentro le susurra que está haciendo algo mal. Esas creencias instauradas. Y muy rentables. Porque, ¿quién gana cuando tú te sientes culpable?

Pero también estamos asistiendo a algo nuevo. El feminismo ha puesto palabras donde antes solo había culpa masiva. Lo que sentíamos (y aún sentimos) como fallo individual era (y es) un el resultado estructural de una sociedad. Y por fin, se está convirtiendo el maldito “soy yo que no puedo con todo” en un “nadie puede con todo, y está bien”. Y ese desplazamiento es revolucionario.

Ahora nos estamos levantando. Responsabilidad no es sumisión. Cuidarse no es egoísmo. Descansar no es fracasar. Disfrutar no es pecado. Limitar no es abandonar. No llegar no es insuficiencia.

La culpa no se ha ido, pero la estamos cuestionando. Y es desde ahí, desde donde nace cualquier cambio.