Donde se esconde el valor
Donde se esconde el valor
—La cárcel será tu destino. Traerás la ruina a esta familia y nadie podrá ayudarte cuando enfermes en prisión —dijo mi padre al verme sacar la radio del desván.
Su voz me llevó a tiempo atrás, cuando la palabra libertad quedó convertida en sus antónimos, cuando llegaron ellos con sus informes que advertían del peligro de una educación para todos, cuando se declaró antagónicas a eficiencia y democracia.
Sí, todo comenzó entonces.
Hoy muchos piensan que la sociedad es una empresa y que, si los jefes no se eligen y las corporaciones ganan más y más dinero, por qué razón hemos de elegir a los gobernantes. Son los convencidos de que la vida no merece la pena sin dinero.
—El bien común no existe. Solo los mercados pueden igualar al ser humano —argumentaban en sus despachos.
—Los pobres son culpables de su pobreza y siempre habrá pobres —repetían en los mítines.
—¡Trabajos forzados para los pobres! —respondían gritando las masas enfurecidas.
Casi sin darnos cuenta la verdad resultó ser un incordio. Sí, todo comenzó entonces.
Un futuro con esfuerzo que, hasta entonces nos esperaba a todos en cada esquina, fue tildado de molesto, antiguo, aburrido. La comodidad nos ganó la partida. Ese fue el principio del fin, también el fin de los principios. El comienzo de la nueva Edad Media.
Próxima queda ya la hora en la que se adueñen del agua de los arroyos y nos la vendan a precio variable: según les convenga. Hora de pagar por respirar un aire limpio el fin de semana, de costear cada paseo por aceras y caminos, de una educación impartida en recintos guardería para niños pobres, de transformarnos en los esclavos más agradecidos del mercado libre; de que pensar sea un acto deplorable, satánico, contrarrevolucionario.
Sí, también se adueñaron de la palabra revolución.
Llegará esa hora si no nos atrevemos a escuchar a Platón, a Aristóteles, a Séneca, a Sócrates, a Marco Aurelio y a los demás subversivos. Escucharlos cada noche en nuestra cita con la vieja radio de ondas clandestinas. Escucharlos hasta reencontrar a nuestra esencia como seres humanos; escucharlos a riesgo de perder la hacienda, la reputación y, por supuesto, también la vida.