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Feijóo elemental

Francisco Rodríguez Sánchez

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Precisamente en estas fechas se cumplen 46 años de la moción de censura presentada por Felipe González y defendida por Alfonso Guerra. Los números no daban para que la moción pudiera prosperar, tal como le sucede ahora mismo al señor Feijóo, pero aun así el señor González tuvo el valor de presentarla.

La moción de censura en España, acorde con la Ley Fundamental de Bonn, debe ser constructiva, para evitar mayorías negativas, unidas para derribar un gobierno, pero desunidas para presentar una alternativa.

La censura al Gobierno supone, por un lado, exponer las razones por las que el gobierno merece ser sustituido y por otro lado, más importante, la exposición minuciosa y detallada del programa del candidato a la Presidencia.

Es aquí donde aparece la dificultad que tiene el señor Feijóo.

La moción de censura es una oportunidad de oro para el candidato, debido a que es él quien maneja los tiempos para desgranar su programa. La moción presentada en 1980 no prosperó, como era de esperar y así lo hizo ver Felipe González al inicio de la misma.

Sin embargo, las capacidades oratorias de Felipe González como candidato y de Alfonso Guerra como portavoz parlamentario, dieron lugar a la presentación de un programa cargado de credibilidad que influyó en la opinión pública, dando origen a que dos años después el Partido Socialista ganara las elecciones con amplia mayoría.

La losa de la dificultad del señor Feijóo adquiere en este paso un peso insoportable.

Porque la dificultad del señor Feijóo es el propio señor Feijóo.

El señor García-Margallo, además de otros varones del Partido Popular que no se han atrevido a expresarlo, se teme lo peor y sugiere un “candidato neutro”. Evidentemente, ningún candidato puede ser neutro como tampoco lo son los jueces (*). Lo que viene a decir el señor García-Margallo es la presentación de un candidato que tenga la mínima capacidad oratoria y un mínimo poder de convicción.

Igual que el inglés, la capacidad oratoria es incompatible con Feijóo y prácticamente con casi todo el arco parlamentario de la derecha.

Lejos han quedado Rodríguez de Miñón, Lavilla, Fraga, Carrillo, Boyer y los anteriormente indicados Felipe González y Alfonso Guerra.

Hoy, más allá de Pedro Sánchez, Gabriel Rufián, Aitor Esteban y el pausado estilo de Mertxe Aizpurua, solo se aprecia un terreno vacío de oradores.

Lo que se plantea como necesaria dimisión del señor Feijóo para buscar un candidato “neutro” (tradúzcase como “competente y cualificado”), es meta imposible dentro de la torpeza del actual Partido Popular.

Tuvo el Partido Popular la fortuna de contar con la persona más preparada, cualificada y competente, capaz de representar a España en inglés, italiano, francés, alemán avanzado y español. Probablemente también gallego, pero de esto no tengo constancia.

Su experiencia como vicepresidenta del Gobierno de España y ministra de la Presidencia, ministra de Administraciones Territoriales, portavoz del Gobierno, fue desperdiciada por el partido. Y cabe añadir la Presidencia de la Generalitat de Cataluña en su CV.

Me refiero, ya lo habrán adivinado, a Soraya Sáenz de Santamaría, elegida por los militantes y retirada posteriormente por los compromisarios. Qué pena de PP de Ayuso.

Alberto Núñez Feijóo, si es coherente, debería presentar su dimisión ante la persona que fácticamente dirige el Partido Popular (Díaz Ayuso) antes de que sus ocurrencias vayan a más. Los españoles nos merecemos un Partido Popular serio y coherente y el PP nos debe un intento de recuperación de la política seria, que vele por nuestros intereses y se olvide de la vacuidad, insultos, bulos y falacias con que nos obsequia en el Congreso y en las ruedas de prensa. ¿Y de lo nuestro qué?, se preguntan los españoles.

(*) No querría desperdiciar el espacio que me queda sin apuntar al Consejo General del Poder Judicial. Tiene razón el CGPJ al decir que no hay “lawfare” en España. Lo que hay es una gran desconfianza en los jueces y una tremenda sensación de inseguridad jurídica.

La inseguridad jurídica no es un fenómeno reciente. Hace más de treinta años que es notoria. En el año 2000, el Indicé de Seguridad Jurídica del Instituto Juan de Mariana, calificaba a España como uno de los países de la Unión Europea con mayor deterioro institucional.

Siempre recordaremos a los jueces García Castellón, Hurtado, Alaya, Salvador Alba, Presencia y un largo etcétera, sin olvidar la lucidez del ínclito juez Peinado.