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Nula propiedad

Pablo Baena

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Mi pareja y yo estamos buscando piso para comprar. Mi pareja y yo estamos buscando piso para comprar y, de repente, estas palabras parecen ser las grietas a través de las cuales nos deslizamos a una realidad paralela: la del scroll infinito, páginas web con nombres que parecen estafas, zulos con encanto, casas encantadas con fantasmas como okupas, asumir los muebles de los seres queridos de algún tipo y, en el fondo, la eterna lucha por la supervivencia que, a nuestra generación, en esta Una, Grande y Alquilada España, le ha tocado vivir.

En ocasiones, el pulgar cesa en su empeño de cabecear arriba y abajo y se detiene sobre una oferta. De forma casi milagrosa, por un instante, vemos un precio que nos podemos casi permitir endeudar y empezamos a salivar, como si hubiéramos visto un oasis al vagar por el desierto. Nos detenemos y parece detenerse también el mundo. ¿Es este el piso que buscamos?

Buena localización, acceso a transporte público, precio razonable (poniendo una vela a la imagen religiosa de la entidad financiera de turno), amueblado. Empezamos a comprender las apariciones marianas de los noventa. Aquello, diría Enrique Iglesias, sí que parece una experiencia religiosa, sentir que hipoteco si me compras.

Las palabras “Nuda propiedad” aparecen en pantalla como si fueran una puñalada. “¿Tú también, hijo mío?”, susurro ensangrentado al desconocido que me ha hecho tener fe durante dos segundos. Tenía truco, no es una aparición mariana, es un señor con bigote, una máquina de humo y una linterna por detrás.

La idea de nuestro próspero amigo es la siguiente: la casa no es realmente mía, es de mi pariente, que tiene el usufructo. Usted pague el piso ahora y espere a que mi familiar fallezca. Luego, podrá quedarse el piso y podrá ser feliz y comer perdices.

Ante tamañas muestras de cariño en el núcleo intrafamiliar, solo puedo quitarme el sombrero, parpadear varias veces y salir por la puerta a retomar el scroll infinito, al borrón multiforme de imágenes puntiagudas y cuadradas al que se han acostumbrado nuestros ojos.

Pero uno no puede evitar parar a preguntarse por el que diga: Sí, querido y próspero amigo, estoy conforme, tome aquí el dinero del piso y esperemos a que su familiar fallezca, pongámonos cómodo, ¿tiene usted un cigarrillo?

A lo que nos ha arrojado el liberalismo económico. La nueva pobreza ilustrada de la clase media convaleciente: esperar al fallecimiento de otra persona como motivo de alegría y jolgorio. Me da por recordar las palabras de Borges: “Cuando uno odia a alguien, uno piensa en el otro continuamente, y, en ese sentido, uno se convierte en su esclavo. Lo mismo ocurre cuando nos enamoramos”. Me imagino al comprador pensando en el dueño, acariciando la idea de que se le olvide el paraguas una noche tormentosa, de que salga a andar una tarde con 40 grados, de la aparición deseada de una enfermedad terminal, de un despiste de un camión en un cruce mal señalizado. Porque después de eso, habrá paz. Después de eso, una persona podría, incluso, empezar a vivir sola, en vez de vivir por dos.

Seguimos entre espejismos, con la esperanza de que alguno de ellos sea verdad.