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Reivindicado el principio de la fraternidad

Álvaro Pereda

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Siempre se ha dicho que los principios de la Revolución Francesa sentaron las bases de los estados democráticos modernos, entre los que se incluye la fraternidad. Y hoy, ¿quién reivindica la fraternidad?

El lema de la Revolución Francesa “Liberté, Egalité, Fraternité” está formado por tres principios que, como normas o ideas fundamentales que rigen el pensamiento o la conducta, deberían ser tomados como pilares fundamentales en la conducta de cualquier grupo, comunidad, sociedad o nación para que todos sus miembros puedan vivir bien y ser felices.

Además, estos tres principios no podrían estar mejor escogidos, ya que su concepto es lo suficientemente amplio como para abarcar otros principios y valores y porque, interpretándolos de manera conjunta, son capaces por sí solos (junto con el principio de la justicia) de regir las acciones que debería tomar una sociedad para conseguir los objetivos antes mencionados.

Y me gustaría detenerme en el punto de la interpretación conjunta, pues de otro modo no creo que pueda conseguirse la sociedad que buscamos. Hoy en día, muchos políticos hacen referencias y grandes discursos en defensa de la libertad o la igualdad y, depende de quién los pronuncie, hablan claramente de cosas totalmente distintas. Estas diferencias se deben precisamente a los principios que matizan o hacen contrapeso a los mencionados.

Si el único principio que rigiese en una sociedad fuese la libertad, sin los principios de igualdad y fraternidad haciendo contrapeso, cabría la interpretación por parte de cada individuo de poder realizar acciones que perjudican gravemente al vecino sin ningún tipo de consecuencia, el más fuerte aplastaría al chico, sería la ley de la selva, el sálvese quien pueda.

Por otro lado, la igualdad interpretada de manera aislada podría llevar a la homogeneidad, a la falta de iniciativa y a la imposibilidad de satisfacer deseos o apetencias personales.

Pero ni siquiera la libertad y la igualdad conjuntamente garantizan una sociedad feliz y cohesionada si no tomamos como referencia la fraternidad. Esta situación puede dar y da lugar a la prevalencia extrema de la competitividad frente a la cooperación. Es precisamente en una situación de crisis global como la que estamos viviendo, en la que se observa que la competitividad no funciona. Como ejemplo, si dos laboratorios, con las mismas capacidades y medios, colaboran entre sí para lograr la vacuna conseguirán antes el resultado satisfactorio que en el supuesto de que compitan, con los consecuentes beneficios para toda la sociedad.

Y más aún, el hecho de que existan libertad e igualdad sin fraternidad puede dar y da lugar al enfrentamiento entre posiciones distantes, a no dialogar, a no escuchar opiniones que no nos gustan, a faltar al respeto a quien piensa diferente y, en consecuencia, a crear un clima de rencor y odio que es la mejor garantía para que una sociedad se resquebraje.

Pero incluso el principio de la justicia se puede interpretar de distinta manera si lo incluimos conjuntamente con la fraternidad o no. En el primer caso, siempre dará lugar a la interpretación de la justicia como la reparación de la persona perjudicada, por supuesto, pero agregando la reinserción de la persona que ha cometido el daño. En el segundo caso, la justicia sin fraternidad, puede dar lugar al revanchismo y al ojo por ojo, con las nefastas consecuencias que ello conlleva.

Pues bien, a pesar de la importancia del principio de la fraternidad para mantener la cohesión social, nadie a nivel institucional lo reivindica de manera explícita, aunque, por suerte, sí hay muchos ejemplos de personas que sí lo ejercen. Es más, ni siquiera figura en la Constitución Española como uno de los principios (o valores superiores, empleando la misma nomenclatura) propugnados para su ordenamiento jurídico, que son la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

Como conclusión, reivindico la fraternidad como principio que guíe nuestra conducta a nivel de sociedad y que se incluya en el artículo 1 de la Constitución como uno de los valores superiores de nuestro ordenamiento jurídico. Y reivindico también que valores que emanan de este principio como la cooperación, el entendimiento o el respeto sean la base de las acciones cotidianas de todos y cada uno de nosotros y de todas las instituciones del Estado y de los partidos políticos, pues es la única forma de garantizar, junto con la libertad y la igualdad, la cohesión y el bienestar de nuestra sociedad.