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¿Qué sientes?

Víctor Meliá de Alba

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Hace unos años estaba con Raquel visitando una exposición en el Museo Nacional Reina Sofía. Al salir de ella y bajar por las escaleras nos cruzamos con un grupo de visitantes cuando uno de ellos dijo, o así lo recuerdo: «Me abruma no sentirme abrumado». Aquello llamó mi atención y desde entonces me pregunto por mi propio nivel de «abrumación» en según qué circunstancias. Yo también he sospechado que, en alguna ocasión, no me he sentido lo suficientemente abrumado, como si eso rompiese cierto equilibrio individual o social.

¿Será que nos hemos vuelto insensibles?

Recuerdo que, cuando era pequeño, me sentí profundamente impactado por las imágenes que llegaban desde algunos países de África, cuando aún se hablaba de «tercer mundo» en lugar de «países en desarrollo». Con el tiempo hemos ido perfeccionando el uso de eufemismos. Esas imágenes correspondían a la hambruna extrema, a cuerpos esqueléticos con la tripa hinchada y ojos saltones, a voluntarios y profesionales de la salud midiendo el diámetro de sus brazos con una cinta que siempre llegaba al rojo en una escala que indicaba el grado de desnutrición y la falta de peso corporal. En aquel momento se hablaba del coste que implicaría acabar con el hambre, del poco dinero al día necesario para modificar la fisionomía de esos cuerpos.

Hoy, sin embargo, puedo exponerme libre y voluntariamente a imágenes, si cabe, aún más atroces, violentas y crueles casi sin inmutarme. A veces echo de menos esa sensación de congoja, de asfixia vital causada por la contemplación del sufrimiento de otros.

En otra ocasión, esta vez en el Museo Guggenheim de Bilbao, visitaba una exposición dedicada al expresionismo abstracto norteamericano en la que se mostraba el mural que Jackson Pollock pintó por encargo de Peggy Guggenheim, en una de las últimas oportunidades de ver dicho cuadro fuera de EEUU. Sentado en el único banco de la sala, a unos 10 metros del cuadro, trataba de concentrarme en sus formas, en sus colores, en su contexto histórico, en la mirada del propio Pollock al contemplar su obra. El problema fue sentir los ojos de la vigilante de la sala. Al parecer mi actitud no era «lo normal», demasiado contemplativo y atento quizá. Parecía incómoda al verme allí sentado con el único propósito de disfrutar de ese momento. Otro grupo de visitantes entró en la misma sala y, sin dejar de hablar entre ellos ni prestar atención a los cuadros se fueron a la voz de «Esta ya la hemos visto, ¿nos vamos?». Por si no ha quedado claro, no dedicaron ni un segundo a entender lo que estaban viendo.

Reconozco que todo aquello me desconectó del momento, aunque me esfuerzo por mantener viva la pintura.

Dado que hoy podemos comprar golosinas por TikTok a las 5 de la madrugada o un cepillo de dientes de 2 euros por Amazon para que nos llegue al día siguiente, dado que hoy prestamos poca atención al mundo que nos rodea, a la alineación de todos los planetas del Sistema Solar; dado que hoy vivimos sin afectación y a la vez expectantes por el devenir de los acontecimientos, quizá sea un buen momento para detenernos y mirar.

El filósofo catalán Josep Maria Esquirol, en El respeto o la mirada atenta (2006), dice que «el ciudadano conectado se siente muy informado, casi solo por el hecho de que tiene disponible tan enorme cantidad de información que, además, se actualiza día a día. Pero incluso aquí hay algo que falla. ¿Acaso no es evidente que no es lo mismo una información elaborada y pensada que un dato? ¿Hemos olvidado ya que el juicio necesita de maduración y que no es lo mismo disponer de información que tener juicio? Además, como tenemos tanta información, parece como si ya no hubiera que pensar, que ya todo estuviese dado y establecido».

Quiero sentirme abrumado. Quiero que el torrente de información no me impida el pensamiento y el sentimiento. 

También lo quiero para ti.