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Silencio digital para escuchar un disco de vinilo

David Martínez Pradales

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Tras dos décadas de hiperconexión, donde cada experiencia era pública, rastreable y sujeta a escrutinio, estamos presenciando un lento giro hacia el silencio digital. Cada vez más, lo verdaderamente valioso es lo que se mantiene en privado.

El uso de redes sociales ha caído un 10% en los mercados desarrollados desde 2022, según un informe de Global Web Index para FT, y disminuyen los usuarios que publican contenido en ellas dejando paso franco a bots y piezas creadas por inteligencia artificial.

En España, según el último estudio de IAB Spain correspondiente a 2025, el 33% de los internautas ha abandonado alguna plataforma en el último año, sobre todo X (28%) y Facebook (15%), pero también Pinterest (15%) o LinkedIn (12%). Los motivos principales son la falta de uso, la pérdida de interés y el aburrimiento.

Muchos jóvenes se apresuran a borrar todas sus publicaciones en Instagram y dejan sus perfiles como un “lienzo en blanco” siguiendo la tendencia que la National Public Radio (NPR) bautizó como “Grid Zero”.

La motivación de usar redes digitales para “compartir mi opinión” ha caído a plomo en la última década. Quizás sea por miedo, por hartazgo ante el ruido humano, comercial y algorítmico, o por simple desinterés de ejercer como tertuliano las 24 horas del día sin cobrar por ello.

Las grandes plataformas están evolucionando hacia medios de consumo pasivo, más cercanos a la televisión que a una plaza pública. Los feeds se llenan de vídeos de desconocidos, contenido profesionalizado y piezas optimizadas algorítmicamente, mientras la interacción entre personas pierde peso.

Así, parece que estamos pasando de la obsesión por la no fricción a recuperar el gusto por lo tangible. Sirva como síntoma de esta tendencia el que marcas como Porsche o Hyundai vuelven a introducir botones físicos en sus coches sustituyendo a pantallas táctiles. El responsable de diseño de Volkswagen, Andreas Mindt, lo dejó bien claro: “Es un coche, no un teléfono móvil”.

El nuevo lujo es sentir la rugosidad de un botón en la piel o escuchar el roce de la aguja de un tocadiscos sobre los surcos de un disco de vinilo.

Hablando del mundo físico, la gente abandona las apps de citas para buscar conexiones humanas en entornos como gimnasios, clubes de lectura o actividades al aire libre. Una encuesta de Forbes Health/OnePoll apunta que casi un 80% de usuarios de estas celestinas virtuales se sienten agotados.

Y todo ello en un contexto laboral y social marcado por el vertiginoso desarrollo de la inteligencia artificial en el que, quizás (¿ojalá?), serán las huellas humanas las que aporten valor frente a lo sintético, lo robótico, lo pulido, lo estandarizado...lo aburrido, lo frío, lo estéril, la sofisticada copia.

Recuperar la intención, la búsqueda deliberada y la exposición a lo inesperado parece la forma más efectiva de resistir al aplanamiento cultural propiciado por los algoritmos. Nos hemos empequeñecido bajo la lupa de lo conveniente, de lo útil, de lo rápido, de lo rentable... En nada contribuye la tecnología a hacernos más buenos, compasivos o solidarios, características que definen lo que somos. Está en nuestra mano que esas virtudes impregnen también el uso de cada nuevo avance tecnológico.

Es hora de desplazar la cámara del móvil desde el encuadre de un selfie ensimismado al mundo que hay más allá de la pantalla. Solo ese gesto provocaría un escalofrío en la espalda de la élite de tecnócratas que se interesan más por colonizar Marte que por mejorar nuestro mundo que creen suyo.

Quizás, entonces, dedicaríamos menos tiempo a reflexionar sobre el nuevo panóptico digital o los límites de la inteligencia artificial y más a preguntarnos sobre la escasez de médicos en atención primaria o la precaria financiación de la universidad pública.