Territorializar la diferencia: los peligros del nuevo arco chino
El Ayuntamiento de Madrid acaba de inaugurar en Usera un arco chino que lleva por título Two Cultures in Love. Un oso, símbolo de Madrid, y dos dragones, emblema de la cultura china, se encuentran bajo un mismo pórtico. La imagen pretende representar el abrazo entre dos culturas. Sin embargo, conviene preguntarse si estamos realmente ante un gesto de integración o ante algo más problemático: la delimitación simbólica y espacial de un gueto.
Un gueto no es necesariamente un barrio pobre ni un recinto cerrado por muros. En sociología, designa un espacio donde una comunidad queda concentrada y diferenciada del conjunto de la sociedad por fronteras físicas, sociales o culturales. Lo que lo define no es la preservación de una lengua, unas costumbres o unas tradiciones, sino la conversión de esas diferencias en una frontera que separa a quienes las comparten del espacio común de convivencia.
Eso es lo que invita a cuestionar el arco de Usera. Al señalar una entrada y conferir una identidad cultural específica a una zona de la ciudad, el monumento no solo celebra la presencia china en Madrid: contribuye a trazar una frontera simbólica entre un dentro y un fuera. Marca el inicio de un territorio donde la cultura china puede exhibirse, conservarse y reconocerse precisamente porque ha sido delimitada. La pregunta incómoda es si, bajo el lenguaje amable de la convivencia, no estamos institucionalizando en 2026 una forma de segregación: un espacio donde la diferencia se mantiene, pero con la condición de quedar contenida.
La paradoja es evidente. Se presenta como integración lo que también puede interpretarse como una distribución territorial de las diferencias. La ciudad afirma que todas las culturas tienen cabida, pero asignando a cada una su estética, su símbolo y su lugar. En vez de incorporar la diversidad al conjunto de la vida urbana, se corre el riesgo de convertirla en una singularidad geográfica: reconocible, visitable, incluso celebrada, pero separada simbólicamente de la comunidad.
Este tipo de arcos existe en otras ciudades del mundo, pero la mayoría fueron levantados hace décadas, en contextos históricos en los que la sensibilidad hacia la segregación y las políticas de integración era muy distinta. El Dragon Gate de San Francisco, por ejemplo, se inauguró en 1970; el arco de Vancouver, en 1987; y el de Londres, en 1986. Que Madrid construya ahora, en pleno siglo XXI, un arco que delimita un «Chinatown» resulta, cuando menos, llamativo: supone recuperar un modelo urbano concebido en otro contexto histórico, cuando todavía no éramos tan conscientes de las implicaciones de convertir las diferencias culturales en fronteras territoriales.
La aculturación (el proceso por el que dos grupos en contacto transforman sus prácticas y formas de vida) no implica que una cultura deba diluirse en otra. Como explicaba Fernando Ortiz en Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), la convivencia entre culturas puede generar mestizajes, préstamos y reelaboraciones sin que nadie renuncie a su origen. La integración consiste precisamente en eso: participar en una sociedad común sin tener que renunciar al origen propio. La segregación, en cambio, mantiene las diferencias a distancia, ya sea mediante barreras explícitas o a través de mecanismos simbólicos que confinan a las comunidades a un espacio propio.
El arco de Usera puede expresar una voluntad de acercamiento. Pero la integración no se construye levantando un portal en la entrada de un territorio culturalmente diferenciado. Se construye en las escuelas, los trabajos, los comercios, las asociaciones y las relaciones cotidianas.
Conviene recordar que el racismo no siempre nace de la hostilidad. A veces opera desde el desconocimiento: desde la idea bienintencionada de que la mejor forma de reconocer una cultura es asignarle un lugar propio. Pero cuando la integración necesita delimitar geográficamente la diferencia, corre el riesgo de convertirse en segregación disfrazada de convivencia.
Una ciudad verdaderamente plural no asigna a cada cultura un decorado propio. Hace posible que todas formen parte del mismo escenario.