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De la fragilidad

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Me encuentro en la calle con mi vecino Andrés que, sin preámbulos, me habla de un compañero suyo de hospicio que en este momento está en la calle y pagaría lo que fuera por tener un sitio donde dormir. Entiendo, por lo que dice mi vecino, que esta persona dispone de dinero… pero lo que no tiene, probablemente, son las condiciones para poder alquilar una habitación cumpliendo con las normas que exigen los mercados y/o la legalidad actual. Andrés es un hombre jubilado hace más de una década, con evidentes signos de empezar a perder la memoria reciente, pero no la remota: compruebo que recuerda con nitidez su tiempo en la inclusa e incluso a quienes compartieron infancia con él. Su antiguo compañero andará también, por lo que me va contando, en una edad más cercana a los ochenta que a los sesenta.

¿Qué se tuerce en la vida de un ser humano para que acabe durmiendo en la calle? Las razones del sinhogarismo son múltiples, probablemente haya tantas como personas sin techo. Intuyo, porque he estado cerca de algunas de ellas, que el filo por el que caminamos las personas es extremadamente delgado. No hace falta más que encadenar un par o tres situaciones personales dramáticas y un poco de mala suerte para caer en el lado oscuro de la estadística. No es tan difícil, lo sé bien.

Por eso, cuando veo a los más soberbios dando lecciones de altitud de miras y meritocracia, pienso en que realmente son unos inconscientes: inconscientes e indocumentados. A poco recorrido que se tenga sobre el planeta, una vez pasada la primera infancia, debería una (o uno) tener capacidad suficiente para ponerse en el lugar de otros a quienes no les fue tan bien, por la razón que sea.

Nuestros políticos, más que nadie, deberían ser conscientes de que en cualquier momento cambian las tornas y puedes acabar, pongamos por caso, en el más absoluto ostracismo o incluso en Soto del Real. Pero también sabemos que es mucho pedir empatía y sensatez a quienes se sienten en la cresta de la ola. Tenemos “supermanes” y “superwomen” a mansalva. Muchos de ellos portan un gran altavoz patrocinado, además, por gente poderosa que les ríe las gracias, al menos mientras eso suponga prebendas y beneficios al margen. Es todo un disparate increíble más allá de Orión.

Yo repartiría un poco de vulnerabilidad entre esas gentes que tanto saben, tanto pueden y tanto valen, para que llegasen a comprender algo de lo que sucede en otros contextos menos favorecidos que el suyo. Repartiría también, ya puesta, un pellizco de ponderación y una pizca de bondad. Hablar de vulnerabilidades, sensatez y dulzura te sitúa, en esta coyuntura nuestra tan lunática, en el bando de los imbéciles de solemnidad, las Misioneras de la Caridad o el comunismo despiadado.

Yo no sé cómo ayudar en este momento al compañero de orfanato de Andrés, pero sí sé que es una tarea de todos y todas pensar en soluciones para quienes están en desventaja. Probablemente esa haya sido siempre nuestra tarea colectiva más elemental: proteger a quien está en necesidad. La política, como gobierno de los pueblos, tiene el mandato de ocuparse de esa labor. ¿En qué momento la ha olvidado?

¿Qué se tuerce en la vida de un ser humano para no sentir ese impulso ante la fragilidad ajena?

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