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La educación de nuestros hijos empieza en un libro

El exhaustivo informe sobre la pobreza educativa en España que Save the Children acaba de hacer público pone ante nuestros ojos una realidad que, aun siendo conocida (más o menos) por todos, no suele ser materia de profunda reflexión.

Alba Lajarin/ Save the Children

Alba Lajarin/ Save the Children

Soledad Puértolas, escritora, ha formado parte del patronato de la Biblioteca Nacional y del Instituto Cervantes y ocupa el sillón g de la Real Academia de la Lengua Española.

No soy socióloga y no tengo excesiva habilidad para interpretar datos. Es más, como muchas personas, siento hacia ellos un rechazo instintivo.

A no ser que, como suele decirse, los números hablen por sí mismos. En el informe de Save the Children “Iluminando el Futuro: Invertir en educación es luchar contra la pobreza infantil” se nos dan muchos datos. Es verdad que, por fortuna, el principio de universalidad de la educación está prácticamente garantizado, pero es a partir de ahí donde una serie de datos llaman nuestra atención. Entre otros: Las cifras relativas a las repeticiones de curso, las de fracaso escolar y de abandono escolar (que no es lo mismo), la del porcentaje de jóvenes, entre 15 y 29 años, que ni estudian ni trabajan.

Ciertamente, estos datos revelan graves problemas en el funcionamiento de nuestro sistema educativo. Uno cada tres escolares, cumplidos los 15 años, ha repetido curso al menos una vez. Alrededor del 30% de los estudiantes de secundario no obtiene el título de graduado escolar (fracaso escolar)… Después, se produce un abandono escolar del 23,6%… El porcentaje de jóvenes entre 15 y 19 que ni estudian ni trabajan es del 15,9%… Uno de cada 2 jóvenes menor de 25 años no desarrolla actividad laboral alguna … Comparamos estos datos con las correspondientes medias europeas: todos se encuentran por encima.

Es ahora cuando hay que bucear bajo las cifras, siempre tan impersonales. A estas alturas todos sabemos que una sociedad con una educación deficitaria está condenada a la inestabilidad, la fragilidad, la desigualdad, los conflictos. Lo sabemos, pero, al parecer, no somos capaces de encontrar o de buscar las soluciones.

Sabemos también que el principio de universalidad de la educación no acaba en la mera escolarización. Miremos un poco hacia el fondo: la provisión de libros y material escolar e, incluso, la misma alimentación del alumnado infantil, no está garantizada. En el informe están los datos para quien quiera más detalles.

Sí, sabemos que la falta de equidad educativa incide gravemente en la estrategia de lucha contra la pobreza infantil y que, aquí, en España, tenemos este problema. No vale negarlo. No somos, por supuesto, el único país que lo tiene. Pero es un asunto lo suficientemente importante como que cause, si no alarma, sí preocupación social. Hay que hablar de ello. Creo que todos los educadores, la mayoría de los cuales son perfectamente conscientes de las limitaciones que condicionan y dificultan su tarea y sufren por ello, agradecerían que el asunto se situara en el centro de nuestras discusiones.

Hablemos de la educación de los hijos. De los problemas de los niños y los adolescentes, de las familias, de los divorcios, de los trabajos a tiempo parcial, de la enseñanza de ética y ciudadanía, de una formación humanística, de la construcción de un criterio personal, del respeto a las opiniones y creencias de los demás, de la ayuda a los desfavorecidos, a los que no tienen dinero para comprarse los libros de texto o para pagar el comedor o para llevar la comida adecuada en la mochila, a los que padecen enfermedades crónicas u otro tipo de limitaciones, del tiempo libre, del ocio, de las aficiones, de la música, del teatro, de los cuentos, de la imaginación. Hablemos del amplio mundo al que se enfrentan, día a día, estudiantes y profesores. Seamos conscientes de ello.

Nos quejamos mucho de los hijos. Están viviendo una etapa crucial, están dando sus primeros pasos en el complicado mundo que los adultos han preparado para ellos. No basta con que se vayan adentrando en él (y sin caerse o, al menos, sin hacerse demasiado daño si se caen, ¡que les queden fuerzas y deseos de levantarse!), hay que proveerles de instrumentos para que traten de entenderlo o incluso transformarlo.

La educación carece entre nosotros del prestigio social adecuado. Eso es algo que todos deberíamos de esforzarnos por cambiar. Estamos hablando de aquello que, indiscutiblemente, más nos importa: nuestros hijos. Al hablar de nuestros hijos, hablamos de los hijos de los demás. Hablamos de los problemas del mundo. Esta es la sociedad que tenemos, está hecha de gente muy diferente entre sí, de diferentes religiones y culturas, diferentes niveles de renta, diferentes costumbres y criterios, diferentes prioridades. En la escuela, esta debería ser prioridad: perseguir la equidad educativa y que la equidad se sitúe cada vez más arriba, más cerca de unos baremos que respondan a una idea de justicia y humanidad.

Son palabras mayores, por supuesto. Pero son las palabras que no podemos olvidar.

La educación en el periodo de la infancia y de la adolescencia es, sin duda, uno de los grandes retos sociales de nuestra época. Y lo olvidamos. Lamentablemente, lo olvidamos.

Es una tarea de un día y otro y otro, muy lenta, muchas veces ingrata, que evoluciona y crece con nosotros, con nuestros hijos. Recordemos nuestra infancia y nuestra adolescencia, todo aquello que anhelábamos conocer y saber y entender, todos los sueños y deseos que albergábamos. Siguen estando ahí, los deseos, los sueños, la sed de conocimiento. En las niñas y en los niños que van diariamente a la escuela. Puede que alguien les trate de explicar un día cómo es la vida, puede que nunca lleguen a entenderla, puede que no necesiten explicaciones, que busquen otra cosa, sentido o arte o sueños. De eso se encargaría la educación: que elijan ellos, que sepan qué eligen y qué dejan de lado, qué buscan, qué persiguen, qué ideas les mueven, qué palabras mayores les inspiran.

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