Obituario
Antonio Tejero, el golpista contumaz
Que la muerte del ex teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina sea noticia se explica tan solo por su contumaz vocación golpista, que el 23 de febrero de 1981 estuvo a punto de devolver a nuestro país a sus tiempos más oscuros con el asalto al Congreso de los Diputados y la toma como rehenes del Gobierno en pleno y de los representantes de la voluntad popular. Su nombre se inscribe desde hoy en la historia no por sus actos de heroísmo o grandeza, sino por la infamia de sus acciones, de las que nunca se arrepintió.
España intentaba dejar atrás cuarenta años de dictadura cuando este atrabiliario militar, al mando de trescientos agentes de la Benemérita, se encaramó en la tribuna de oradores de la Cámara Baja –que en ese momento votaba la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo como presidente del Gobierno en sustitución de Adolfo Suárez– para vociferar su tristemente famoso “¡Quieto todo el mundo!” que puso en suspenso nuestra incipiente democracia.
Lo paradójico de su persona es que además de ejecutor del golpe, a la espera de que llegara la autoridad militar competente que se haría cargo de la situación, fue también el artífice de su fracaso, al negarse a que el general Alfonso Armada entrara en el hemiciclo para proponerse como presidente de un Gobierno de salvación nacional. Qué habría ocurrido si le hubiese permitido dirigirse a sus señorías es un ejercicio de historia contrafactual abierto a todas las hipótesis.
Un gobierno en el que el único militar sería el presidente no era lo que le habían dicho que ocurriría en las reuniones preparatorias en las que participó. Tejero estaba convencido de que la asonada daría paso a una Junta Militar que pondría fin a lo que los golpistas consideraban los males fundamentales de la España democrática: el terrorismo, que había señalado al Ejército y a las fuerzas de seguridad como objetivos prioritarios de sus atentados, y la sacrosanta unidad de la patria, a su entender en peligro por el desarrollo del Estado autonómico.
El general Armada –junto al general Milans del Bosch, condenados como cabezas de la rebelión militar– le ofreció un avión y dinero para que él y sus oficiales salieran del país y eludieran sus responsabilidades penales, algo que rechazó. Una afrenta a la que Tejero respondió diciendo que no había protagonizado semejante “campanazo” para que todo siguiera igual. Le habían dejado solo. Cuando en una de las sesiones de la vista oral el fiscal le preguntó si se sintió utilizado por el general Armada para su propósito de ser presidente del Gobierno, Tejero contestó: “Mi general, lo que yo quisiera es que alguien me explicara lo del 23F, porque yo no lo entiendo”. No mentía.
En la última jornada del proceso, durante el turno de última palabra para los acusados, Tejero se puso en pie y mirando al presidente del tribunal resumió su sentir por la traición de la que sentía que había sido víctima: “Quiero que mis últimas palabras en este proceso militar sean para manifestar a gran parte de los mandos de los ejércitos mi más profundo desprecio por su cobardía, su entreguismo, su traición a la patria…”. No tuvo tiempo de decir más porque el presidente le retiró la palabra y le ordenó salir de la sala mientras agitaba la campanilla reclamando orden a quienes aplaudían entre el público.
Tejero fue condenado a 30 años de reclusión por un delito de rebelión como jefe de las fuerzas rebeldes, nada que ver con los siete meses que otro tribunal militar le impuso en 1978 por la Operación Galaxia, una intentona golpista previa que sus promotores consiguieron hacer pasar por una charla de café. Tras cumplir la pena, fue adscrito a la dirección general de la Guardia Civil, una canonjía sin funciones concretas que le permitió preparar el asalto al Congreso porque nadie, aparentemente, se preocupó de vigilar sus andanzas.
Fue el último de los condenados en quedar en libertad condicional, en diciembre de 1996, tras quince años de reclusión, aunque para entonces hacía tres que disfrutaba del tercer grado penitenciario y acudía a prisión solo a dormir. Desde entonces, ha vivido en un discreto segundo plano, a medio camino entre Torre del Mar (Málaga) y Madrid, entre homenajes de nostálgicos del franquismo y esporádicas apariciones públicas, la última de ellas en octubre de 2019 para participar en entierro de los restos del dictador Franco en el cementerio de Mingorrubio tras su exhumación de la basílica del Valle de los Caídos.
Desde hoy, Antonio Tejero se incorpora a la historia del oprobio de nuestro país junto a otros correligionarios que intentaron subvertir la democracia por la fuerza de las armas, como los generales Miguel Primo de Rivera, José Sanjurjo y el propio Francisco Franco, el único que lo consiguió.