¿Qué aporta el feminismo a la psicoterapia? “No supe lo que era una relación asimétrica hasta que mi psicóloga me lo explicó”
“El día que mi psicóloga me habló por primera vez en terapia de lo que era una relación asimétrica creí que me explotaba la cabeza, era justo lo que me estaba pasando”, recuerda Lena. “Muchas veces nos sabemos la teoría feminista, pero nos cuesta ponerla en práctica en nosotras mismas. Todo el trabajo que estoy haciendo con mi psicóloga sobre la culpa, la complacencia y la búsqueda de aprobación se habría quedado cojo sin entender que hay vivencias y normas sociales y culturales que nos perjudican por el hecho de ser mujer”, explica Teresa. “Soy una persona muy diferente a cuando empecé la terapia; he aprendido a comprender de dónde venían muchas de mis emociones y a darme cuenta de que una parte importante de mi sufrimiento no tenía que ver con mi orientación sexual, sino más bien con los años de rechazo, miedo y vergüenza”, reconoce Vicente.
Los anteriores son testimonios reales, con nombres figurados, de pacientes que, a través de una terapia psicológica con enfoque de género o afirmativo —especializada en el colectivo LGTBIAQ+—, han conseguido poner nombre a lo que les estaba pasando y empezar a abordarlo en toda su complejidad.
La psicología, igual que otras disciplinas, ha ido poco a poco incorporando la perspectiva de género a nivel teórico y práctico. Conceptos que parten de realidades estructurales complejas, atravesadas por el género y otros condicionantes interseccionales —la raza, el nivel socioeconómico, la corporalidad, la identidad, la orientación sexual— ayudan a comprender a las personas en todo su contexto y a aplicar soluciones más integrales.
María Huertas es psicóloga perinatal y profesora universitaria. Codirige Espacio Psinergia, un centro de psicoterapia integradora con perspectiva de género. Para ella, este enfoque es imprescindible en su trabajo diario: “La perspectiva de género no es un complemento ni una cuestión ideológica: es una herramienta clínica imprescindible”, afirma.
En muchas ocasiones, la psicóloga encuentra ahí las claves para entender a sus pacientes: “Aplicar una perspectiva de género significa entender que el sufrimiento psicológico no se construye únicamente desde la biología o la historia personal, sino también desde el contexto social en el que vivimos”, explica. Recurre al símil del árbol y del bosque para ejemplificarlo: “Para entender al paciente, que sería el árbol, tú necesitas ver todo el bosque”, asegura. La experta invita a abrir el foco y mirar al entorno: “Cada persona vive inmersa en un contexto familiar, económico, cultural y relacional que condiciona profundamente su bienestar. Si no entendemos ese contexto, corremos el riesgo de interpretar como un problema exclusivamente individual lo que también está siendo sostenido por factores sociales”, profundiza.
Una de sus pacientes, Teresa, llegó a su consulta con un problema de salud mental derivado de una situación de acoso laboral por parte de un superior. “Probablemente, no habría vivido esta experiencia si yo fuera hombre. Así que sí, creo que ser mujer ha condicionado mi experiencia concreta y su impacto en mi salud”, asegura. Lena tenía claro que buscaba una terapeuta mujer. “Lo prefería porque presupongo en nosotras esa perspectiva. Sé que esto no tiene por qué ser necesariamente así, pero, en mi experiencia, incluso las mujeres que no aplican la perspectiva de género de manera consciente tienen un punto de partida más accesible al relato de una mujer que un hombre. Si encima das con una profesional, como es mi caso, que conoce bien y te sabe explicar con paciencia cómo determinadas dinámicas relacionadas con el género están afectando a tu salud, es una salvación”, argumenta.
Salud mental y género
En el caso de Lena, su terapeuta la ha ido acompañando en sus diferentes etapas vitales, desde el día en que puso nombre al estado de su relación: “Llevaba con mi novio muchos años y, aunque las cosas iban bien en general, yo notaba que siempre cargaba con la responsabilidad de las tareas de casa o incluso las emocionales: abrir conversaciones incómodas o tener acuerdos de pareja”, continúa. Su psicóloga le explicó las asimetrías que suelen darse dentro de las relaciones heterosexuales, donde ellas cargan con la mayor parte de tareas –tanto de cuidados como de trabajos no remunerados, así como las emocionales–.
Desde entonces, sigue en terapia con la misma profesional, que la ha ido acompañando en las diferentes etapas vitales, también con la llegada de la maternidad: “Me ayudó a comprender la ambivalencia materna, la culpa que siempre nos persigue a las mujeres o mi relación compleja con mi madre, que empeoró al nacer mis hijos”, enumera.
En su práctica diaria en consulta, María Huertas ve habitualmente situaciones derivadas de la desigualdad estructural relacionada con el género, según ella, especialmente en casos de salud mental perinatal –la que tiene que ver con el embarazo, parto, posparto y maternidad–. “En mujeres aparecen muy a menudo la sobrecarga de cuidados, la culpa cuando priorizan sus propias necesidades, la autoexigencia, la dificultad para poner límites, el agotamiento derivado de la doble jornada o el impacto que tienen las desigualdades en las relaciones de pareja”, explica.
Cuenta Lena que fue ese exactamente su caso cuando fue madre. “Tuve un posparto muy complicado, diría que rozando la depresión, pero afortunadamente mi psicóloga me ayudó a comprender lo que estaba pasando. Cuando mi chico se convirtió en padre tuvimos un desajuste tremendo y no parábamos de pelear. Estábamos agotados ambos, pero era yo quien asumía gran parte de la carga”, recuerda. Su novio, que también acudió a terapia de pareja con la misma psicóloga, reconoce que le costó entenderlo. “Al principio no lo veía, creía que mi novia y la psicóloga se habían aliado para echarme la culpa de todo. Poco a poco, fui entendiendo que efectivamente partíamos de una situación desigual, empecé a hacerme cargo de los cuidados y a reconocerle a ella toda la parte de sobrecarga mental que había estado soportando sin que yo me diera cuenta”, reconoce.
Es precisamente en este punto donde la psicóloga Marta Fernández asegura que la perspectiva de género es “muy necesaria, casi más para trabajar con hombres”. Lo argumenta así: “Yo tengo la sensación de que cada vez más mujeres identifican muchas cosas y eso hace que sea más fácil abordarlo cuando te lo cuentan. Pero cada vez hay más hombres en terapia, que es una cosa buenísima, y requiere aún más conciencia porque nos cuentan su punto de vista”, explica Fernández.
También María Huertas pone el foco en ellos: “El género nos atraviesa a todos y en hombres también observamos el efecto de los mandatos: dificultades para expresar vulnerabilidad, miedo a pedir ayuda, presión por responder a determinados ideales de masculinidad o problemas para identificar emociones. Todo ello tiene consecuencias directas sobre la ansiedad, la depresión, las relaciones de pareja o la vivencia de la ma-paternidad”, asegura.
Mirada interseccional
Para Andrea Mezquida, psicóloga experta en psicología afirmativa —la que se ocupa específicamente del colectivo LGTBIAQ+—, hay que aplicar una perspectiva feminista “a cualquier tipo de profesión”, aunque reconoce que en psicoterapia “tiene un papel fundamental”. Esta profesional propone aplicar una perspectiva “feminista e interseccional”: “Sirve para que le paciente entienda por qué tiene ciertos comportamientos en función de su socialización de género, de su clase social, de su raza o de sus capacidades cognitivas y motoras”, argumenta. Según ella, la psicología afirmativa “atiende problemas que a una persona heterosexual no le ocurren o, al menos, no por las mismas razones”. Ejemplos de ello serían la “discriminación social y laboral por orientación sexual o de género, el estrés de las minorías, el rechazo social o la violencia lgtbifóbica”, enumera.
Uno de los pacientes de Andrea Mezquida es Vicente. A sus 41 años, ha tenido que tratarse de depresión y ansiedad por su historia vital, marcada por el hecho de pertenecer al colectivo LGTBIAQ+. “El origen de gran parte de mi sufrimiento fue el rechazo hacia mi propia identidad y orientación sexual. Inicialmente pensaba que era gay y más tarde comprendí que soy bisexual, pero ambos procesos estuvieron llenos de confusión porque sentía que no encajaba en una sociedad donde la heterosexualidad parecía ser la única opción válida”, explica. Por eso, buscó acompañamiento especializado.
La psicóloga atiende muchos casos como el de Vicente, lo que ella denomina “bifobia u homofobia interiorizada”: personas bisexuales u homosexuales que no terminan de aceptar que lo son, o “bifobia y homofobia externa”, cuando su entorno no los acepta. También trata habitualmente casos de transfobia y otras situaciones relacionadas con el hecho de pertenecer al colectivo LGTBIAQ+. Por eso utiliza herramientas específicas, basadas en la “auto reafirmación, la autoaceptación y la seguridad personal”. A Vicente, esas herramientas le han servido para empezar a mejorar, tal y como cuenta él mismo: “Con el tiempo y tras mucho trabajo de por medio, he comprendido que el problema nunca fue mi orientación sexual, sino haber crecido sintiendo que debía ocultarla o cambiarla para ser aceptado. Esa diferencia ha sido fundamental en mi proceso de recuperación”.
Minimización e infradiagnóstico por sesgos de género
Otra Andrea, en este caso paciente, también defiende la importancia de tratarse psicológicamente con un enfoque de género. Ella se define como feminista desde hace años, pero lamenta no haber encontrado todavía ninguna profesional que comprenda del todo el enfoque de género. “La primera psicóloga que tuve no supo entender el conflicto que me generaba como feminista reconocer que me moría porque no conseguía tener hijos”, recuerda. Ahora ha cambiado de terapeuta y, aunque la nueva profesional entiende un poco más las cuestiones de género, “tampoco lo hace de manera muy específica”: “Por ejemplo, le molesta mucho cuando generalizo y le digo ‘yo como mujer’ o ‘él como hombre’, pero para mí es importante hacer ese tipo de referencias, que muchas veces explican muchas cosas”, asegura.
Para Lena, que lleva años tratándose en diferentes etapas vitales, su primer contacto con la psicología también fue frustrante: “Acudí a consulta con un cuadro complejo, con mucho malestar y agobio, y todo lo que conseguí fue un diagnóstico rápido de ansiedad y una receta para comprar ansiolíticos”. Ni profundizar en las causas, ni hacer más pruebas ni un seguimiento consistente. “Me dijeron que no hacía falta nada más, que me veían muy nerviosa y que probase con esas pastillas”, cuenta.
Es en este punto de los sesgos donde se detiene María Teresa Ruiz Cantero, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública en la Universidad de Alicante y experta en enfoque de género en la medicina. Según ella, históricamente ha habido “minimización e incredulidad” de los síntomas de las mujeres en salud mental. “Tiende a diagnosticarse todo como ansiedad, como consta hasta en un 70% de las historias clínicas de atención primaria. Con el paso del tiempo y distintas pruebas, estos síntomas acaban diagnosticándose como otras patologías, pero la consecuencia para las mujeres es una hiperprescripción de fármacos”, denuncia.
La psicóloga María Huertas defiende las aportaciones del feminismo a la psicología, entre otras cosas para terminar con esa mirada sesgada en salud mental: “El feminismo ha permitido visibilizar sesgos en la investigación, desarrollar mejores herramientas para comprender la salud de las mujeres, estudiar el impacto de la distribución desigual de los cuidados y analizar cómo los mandatos de género afectan tanto a mujeres como a hombres”, asegura. Y añade una última idea: “Una de sus grandes aportaciones ha sido devolver el contexto a la comprensión de la salud mental. Durante mucho tiempo, especialmente cuando hablamos del sufrimiento de las mujeres, la psicología y la psiquiatría tendieron a descontextualizar el malestar y a buscar la explicación únicamente en el individuo. El feminismo ha contribuido a cuestionar esa mirada reduccionista”, concluye.